El portafolio que Wall Street no entiende

Por Segio Martínez

sergio.martinez@fucaicolombia.org

La chagra como sistema económico

El bacurí

Doña Leonor me recibió con una pregunta antes de saludar.

—¿No has probado el bacurí? Prueba el bacurí de mi chagra.

Llevaba botas de caucho, una camiseta manga larga raída, gorra y el machete en la mano. Tendría entre cincuenta y sesenta años, era la matriarca de una familia tikuna sobre el río Amazonas, en el Trapecio, y tenía esa hospitalidad pragmática de la gente que prefiere a quien hace cosas antes que a quien habla mucho. Era —es— una mujer que aprovecha cualquier visita institucional para gestionar algo: una semilla, una herramienta, una conversación útil para sus sistemas productivos. No era ingenuidad; era oficio.

Caminamos cuarenta minutos por las ondulaciones de selva que bordean el río hasta llegar a su chagra de la isla. Yo iba detrás de ella, como casi siempre voy en estas visitas, porque cuando uno camina detrás del dueño de la chagra puede preguntarle por cada planta, por cada origen, por cada uso. Esa es buena parte del oficio en FUCAI: caminar detrás y preguntar bien.

No sabía entonces lo que estaba a punto de ver. Yo estaba en quinto semestre de finanzas. Acababa de dar Markowitz.

Ochenta y cuatro razones para no llamarla huerta

La chagra de doña Leonor es lo que un ojo no entrenado llamaría desorden.

Yuca brava y yuca dulce. Plátano, piña, chontaduro, copoazú, bacurí. Cinco variedades de ají —solo cinco variedades de ají, en una sola chagra—. Maderables jóvenes y maderables viejos. Plantas medicinales que ella nombraba una por una con su uso preciso: esta para el estreñimiento, esta para la migraña, esta para que las mujeres que no han podido queden embarazadas. De esa última nos contó tres o cuatro casos, con nombres y con hijos contados, mientras le pedía al yerno que bajara un fruto del árbol de al lado para que probáramos.

En dos o tres minutos probamos cinco productos distintos. En el recorrido completo, doña Leonor mencionó ochenta y cuatro especies, productos o variedades distintas. Maderables, frutales, pancoger, medicinales, espirituales. Ochenta y cuatro.

Nada estaba sembrado al azar. Cada planta tenía una razón. Algunas obedecían a la asociatividad —ciertos cultivos crecen mejor juntos—. Otras a la sucesionalidad —lo que viene después de lo que se cosecha, lo que prepara el suelo para lo siguiente—. Otras a la lógica espiritual del territorio. Y algunas, me dijo riendo, estaban ahí para esconder los frutos de los ladrones, sembradas detrás de plantas que el ladrón no reconocería como señal. Había barreras vivas, plantas que atraen insectos para distraerlos de las productivas, plantas que ayudan a otras a crecer, plantas que compiten entre sí y conviene mantener separadas.

Cuando le pregunté por una castaña joven que asomaba entre los árboles, me dijo:

—Esa lleva diez años. Apenas ahora va a dar.

Y otro árbol más alto, esta vez maderable, era para la casa de su hijo. Otro para los nietos.

—Esos no los voy a ver yo —me dijo—. Pero me gusta sembrar.

Un discurso que se pueda comer

La directora de FUCAI tiene una frase que repite cuando nos pide que hagamos bien el trabajo. Le dice al equipo: quiero un discurso que se pueda comer; dejen que las plantas hablen por mí, dejen que los frutos hablen por mí. La frase no es suya —ella lo aclara cada vez—. Se la dijo, hace años, un abuelo del pueblo okaina, en una conversación que la marcó.

La frase parece poética. Es teoría.

Lo que el abuelo okaina estaba diciendo es que un argumento sobre el territorio no se sostiene en abstracciones. Se sostiene en lo que crece. Si la economía de un pueblo funciona, los frutos lo dicen. Si no funciona, los frutos también. La autoridad analítica no está del lado de quien tiene el vocabulario más sofisticado, sino del lado de quien tiene las plantas más sanas.

Doña Leonor, esa tarde, me estaba dando un discurso que se podía comer. Bajaba el bacurí, partía el copoazú, repartía cinco variedades de ají, mostraba la castaña que iba a tardar diez años más. No me estaba ilustrando una tesis: me estaba dando los datos primarios. Los frutos hablaban por ella. Yo era el que tenía que aprender a oírlos.

Lo que Markowitz no me enseñó en el quinto semestre

Aquí me toca decir algo desde mi formación financiera, que aprendí primero en la universidad y luego tuve que reaprender en el territorio.

Harry Markowitz publicó en 1952 una idea elegante: que el riesgo de un conjunto de activos no es la suma de los riesgos individuales, porque la correlación entre ellos importa. Si uno arma una canasta donde no todo cae al mismo tiempo, reduce la varianza del portafolio sin sacrificar retorno esperado. A eso se le llama la frontera eficiente, y es la base —confesa o no— de casi todo lo que se enseña en finanzas. Le valió el Nobel en 1990, con razón.

Sobre esa intuición Ray Dalio construyó después su All Weather: un portafolio diseñado para resistir cualquier escenario macroeconómico mediante diversificación cruzada y paridad de riesgo. La idea de fondo —que ningún modelo puede predecir el futuro y que, por tanto, hay que construir portafolios que funcionen en escenarios distintos al mismo tiempo— es una intuición profunda y operativamente útil. Millones de pensiones están mejor diversificadas hoy gracias a ese trabajo. No es poca cosa.

Y sin embargo, doña Leonor opera en otra liga.

Primero, porque su chagra no diversifica para reducir varianza alrededor de un retorno esperado. Diversifica para sostener vida —la suya, la de su familia, la del suelo, la de las generaciones que vienen—. Markowitz optimiza un escalar; Leonor compone un sistema. Ambas cosas son difíciles. Pero no son la misma cosa.

Segundo, porque la chagra incluye activos que la teoría de portafolios no sabe modelar. ¿En qué casilla del balance va la planta que atrae insectos para proteger a otra? ¿Cómo se valora un activo cuya función es esconder a los demás del ladrón? ¿Cuál es el retorno esperado del árbol de bacurí cuya razón de estar ahí es ofrecer fruto al visitante para que la conversación arranque bien? La teoría llama a estos activos «no transables» y los excluye. Doña Leonor los siembra en el centro.

Tercero, y más serio, porque el horizonte temporal es incomparable. La castaña de diez años no es una inversión de largo plazo en el sentido financiero. El maderable para los nietos no tiene tasa de descuento aplicable —¿a qué tasa se descuenta una madera que uno no va a cortar?—. La frontera eficiente supone un horizonte definido por el inversionista. La chagra opera en un horizonte definido por una nieta que todavía no ha nacido.


Doña Leonor no leyó a Markowitz. Pero su chagra contiene preguntas que la teoría financiera moderna todavía no ha sabido formular.

El dato que cierra el argumento técnico

El investigador brasileño Alvori Cristo dos Santos midió, en un estudio sobre cuarenta y cinco chagras amazónicas en territorios donde trabaja FUCAI, la eficiencia energética del sistema. Los resultados son difíciles de discutir: por cada caloría invertida, una chagra retorna entre doce y quince calorías. La agricultura extensiva industrial, en estudios comparables, retorna alrededor de tres y media.

Si uno tradujera esto al lenguaje financiero, diría que la chagra tiene un ROI energético cuatro veces superior. Pero esa traducción es tramposa, porque el ROI mide retorno sobre inversión en un horizonte cerrado y la chagra opera en un horizonte abierto. Lo que el dato dice, sin necesidad de traducción, es más simple: el sistema económico que llamamos moderno es energéticamente menos eficiente que el sistema económico que llamamos atrasado.

Conviene detenerse en esa frase. No es un punto retórico. Y es, también, un discurso que se puede comer: doce calorías de comida real por cada caloría puesta. Los frutos, otra vez, hablando por sí mismos.

Lo que la chagra le enseña a quien construye portafolios

Si uno se toma en serio lo que la chagra está diciendo, las consecuencias para el oficio financiero no son menores.

Primero: pensar en activos atrayentes. No todos los activos del portafolio están ahí por su retorno esperado. Algunos están ahí para proteger a otros, para distraer riesgo, para sostener confianza. La teoría moderna no tiene buen vocabulario para esto, pero quien gestiona portafolios reales —incluyendo los de cooperación internacional, los de fondos comunitarios, los de inversión de impacto— sabe que existen. Conviene reconocerlos.

Segundo: pensar en sucesionalidad, no solo en diversificación. Lo que viene después de cada cosecha importa tanto como lo que se cosecha. Un portafolio que solo piensa horizontes simultáneos pierde la dimensión del relevo —la del activo que prepara el terreno para el siguiente—. La chagra lo sabe. La planeación financiera trimestral, no.

Tercero: pensar en horizontes que excedan al inversionista. La castaña de diez años no es para Leonor. El maderable para los nietos no es para los nietos: es para los hijos de los nietos —es la casa bajo cuyo techo vivirán—. Hay decisiones económicas cuya función objetivo legítima incluye personas que aún no existen. La economía dominante llama a esto «altruismo intergeneracional» y lo trata como anomalía. Las economías indígenas lo tratan como punto de partida.

Lo que la chagra le enseña a un país

Y si uno se toma todavía más en serio lo que la chagra está diciendo, las consecuencias salen del estado financiero y entran en el presupuesto nacional. Porque la política pública colombiana —y buena parte de la política pública de cooperación internacional que llega al territorio— sufre exactamente las mismas limitaciones que el portafolio de Wall Street. Tres son las que duelen más.

La primera es que un país no se puede medir por un solo número. El PIB suma flujos monetarios, y eso lo hace bien. Pero medir el bienestar de un país solo por su PIB es lo mismo que medir un portafolio solo por su retorno esperado: optimizar un escalar, ignorar la composición. La chagra de doña Leonor no se puede expresar en un solo número sin perder lo que la hace funcionar. Un país tampoco. Sobre indicadores alternativos —los que sí miden lo que el PIB ignora— habrá que volver más adelante en esta serie.

La segunda es el horizonte. La planeación cuatrienal —que es la que define lo que se construye, lo que se financia y lo que se abandona en Colombia— es para la política pública lo que el rebalanceo trimestral es para el inversionista: un horizonte cómodo para quien gestiona, demasiado corto para lo que se está gestionando. Un país que toma decisiones territoriales en horizontes de cuatro años no puede planear un bosque que tarda cien en madurar, ni una economía indígena que tarda generaciones en consolidarse, ni una transición energética que requiere décadas. Doña Leonor siembra una castaña que no la va a ver dar fruto. Un Estado que no pueda hacer lo mismo —comprometerse con frutos que no va a cosechar— no está gestionando un país: está gestionando un mandato.

La tercera es la traducción de la naturaleza a hoja de cálculo. Cada vez que la política pública intenta incorporar la naturaleza al modelo financiero —valorando un bosque por sus servicios ecosistémicos, contabilizando el suelo como capital natural, vendiendo el carbono almacenado como crédito compensable—, repite el mismo error de tipo: convierte un sistema en un activo. La intención puede ser legítima, y a veces los resultados también. Pero la lógica es la misma que sacó a doña Leonor de su chagra: traducir el territorio a un lenguaje que quien decide entiende, al precio de perder lo que ese territorio era. El caso más conocido —los créditos de carbono mal diseñados, que terminan vendidos a empresas de energía, aviación o automotriz que necesitan compensar emisiones para seguir operando— merece su propia pieza más adelante. Aquí basta con decir lo siguiente: cuando un sistema vivo se traduce a un activo financiero para que pueda existir en la planeación pública, lo que no quepa en la traducción se pierde. Y lo que no cabe es, casi siempre, lo importante.


Las botas, el machete y los celadores

Aquella tarde, mientras seguíamos caminando por la chagra de la isla, llegaron los celadores de una cadena hotelera que tenía en concesión la tierra. Le dijeron a doña Leonor que se fuera. Que no podía estar allí. Que la concesión era de la cadena.

Sus abuelos y tatarabuelos habían cultivado esa tierra. La castaña que ahora iba a dar fruto la había sembrado ella misma diez años antes. Los maderables para los nietos llevaban más tiempo. La cadena hotelera llegó después.

Los celadores que la sacaron eran indígenas también.

Esa imagen es la que más me cuesta sostener cuando pienso en esta pieza. No por dramatismo. Por lo que dice del estado actual del problema: el reduccionismo financiero ya no necesita venir de fuera. Ha logrado meterse en la cadena de mando hasta el punto en que un indígena con uniforme saca a una matriarca tikuna de la tierra donde sembró maderables para sus nietos.

Aquí no era cuestión de la frontera eficiente, ni del All Weather, ni de ningún modelo financiero específico. Era cuestión de un Estado que tradujo el territorio a hoja de cálculo y se olvidó del resto. La concesión, en el papel, estaba en regla. El portafolio del fondo hotelero, en el modelo, estaba optimizado. Y allí no había ningún fruto que pudiera hablar por la concesión.

El bacurí, otra vez

Antes de que llegaran los celadores, doña Leonor había bajado un bacurí del árbol y me lo había dado.

Lo abrí ahí mismo. Era dulce, denso, con esa textura que sabe a fruto que no salió de cadena de frío. No estaba en ningún índice. No tenía precio de cierre. Su retorno no se podía anualizar.

Era un discurso que se podía comer.

Fue, con todo, el argumento mejor diseñado que probé ese semestre.

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