La periferia como centro: el corazón del futuro
Por: Ruth Consuelo Chaparro
En muchas partes del mundo, la historia se ha contado desde las ciudades grandes, desde los palacios del poder, desde las universidades que miran los mapas desde arriba. Allí se dibujan los centros: lugares donde se concentran la riqueza, las decisiones y las palabras que pretenden explicar el mundo.
Danzas y cultura de indígenas del Amazonas
Pero en los bordes de esos mapas —en los desiertos, en las selvas, en los ríos y en los caminos donde el polvo y la lluvia se mezclan con la memoria— habitan pueblos que han aprendido a mirar la vida de otra manera. Desde allí, desde lo que durante siglos se llamó periferia, también se piensa el mundo.
Podríamos imaginar esta historia como una conversación alrededor del fuego. Un fuego sencillo, como los que acompañan las noches en la Amazonía, en las sabanas de la Orinoquia, en las tulpas del Cauca, en las enramadas del desierto de la Guajira, en la aguas del pacífico o en las arenas del caribe. Allí se sientan filósofos, antropólogos, líderes comunitarios y caminantes de los territorios. No hablan desde cátedras ni desde escritorios. Hablan como quien comparte una historia que vale la pena escuchar.
El filósofo latinoamericano Enrique Dussel levanta la mirada y dice que las grandes preguntas sobre la justicia y la dignidad humana no nacen en los palacios del poder. Nacen en lo que él llamó la exterioridad: el lugar donde viven quienes han sido olvidados por el sistema. Allí, dice, la historia se vuelve más clara.
Boaventura de Sousa Santos escucha y agrega que el mundo ha vivido demasiado tiempo creyendo que solo existe una forma de conocimiento. Pero en los pueblos del sur, en las comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes, existen saberes que el mundo moderno no ha querido escuchar. Él los llama epistemologías del sur, conocimientos que nacen de la experiencia de cuidar la vida, la tierra y la comunidad.
El antropólogo Arturo Escobar, que ha caminado muchos territorios de América Latina, interviene con una idea sencilla: en esos lugares que el desarrollo llamó atrasados, en realidad se están gestando otras maneras de vivir. No son restos del pasado. Son semillas de futuro.
Pueblo Piapoco- Vichada
Si uno escucha con atención esta conversación, comienza a entender algo profundo. Lo que el centro llamó periferia tal vez era simplemente un lugar que nunca se detuvo a mirar.
En ese momento, desde el territorio, entra también otra voz en la conversación: la de Adán Martínez, filósofo, pedagogo y uno de los pensadores que ha contribuido a construir la plataforma conceptual de la Fundación Caminos de Identidad, FUCAI.
Adán suele decir que los pueblos indígenas nunca se sintieron periferia. Esa palabra fue inventada por quienes miraban el mundo desde lejos. Para las comunidades, el centro siempre ha sido el territorio donde se cuida la vida.
Desde su experiencia acompañando procesos en la Amazonía, la Orinoquia y La Guajira, propone una idea que parece simple pero cambia muchas cosas: cuando la periferia se coloca en el centro, cambia la manera de entender el desarrollo, el conocimiento y la esperanza. De pronto, lo que antes se llamaba atraso aparece como sabiduría. Lo que parecía marginal se revela como esencial. Y lo que parecía pequeño comienza a mostrar su verdadera grandeza.
Una voz inesperada se suma también a esta conversación. Desde Roma, el Papa Francisco ha repetido muchas veces una idea que dialoga profundamente con estas reflexiones. Él dice:
“La realidad se comprende mejor desde las periferias”.
Papa francisco
Con esta afirmación, el Papa propone algo más que una mirada pastoral. Propone una clave para entender el mundo. Las periferias —geográficas, sociales, culturales o espirituales— no son solo lugares donde falta algo. Son lugares donde la realidad se revela con mayor claridad, donde se ven las heridas del mundo, pero también las semillas de esperanza.
Para Francisco, mirar desde las periferias significa escuchar a quienes han sido invisibilizados, reconocer la dignidad de los pueblos olvidados y descubrir que muchas de las respuestas que el mundo necesita nacen lejos de los centros de poder.
En el trabajo cotidiano de FUCAI esta idea se vuelve práctica. Los proyectos no nacen en escritorios distantes ni en oficinas donde los mapas se miran desde arriba. Nacen en las conversaciones con las comunidades, en las asambleas, en los recorridos por el territorio, en las historias que cuentan los mayores y en los sueños que tienen los jóvenes.
Cuando una comunidad decide recuperar sus chagras, fortalecer la danza tradicional o sembrar árboles para el futuro de los niños, la periferia deja de ser un borde y se convierte en centro de vida.
Chagra- Amazonas
En muchos territorios amazónicos, por ejemplo, la chagra no es solo una huerta. Es una escuela abierta donde se aprende a sembrar, a observar los ciclos de la luna, a cuidar la tierra y a compartir el alimento. Allí los niños escuchan a los mayores y descubren que cada planta tiene su tiempo y su lugar.
Algo parecido ocurre con la danza y el juego tradicional. No son simples actividades culturales. Son caminos para fortalecer la identidad, la alegría y el sentido de pertenencia. Cuando un niño aprende una danza ancestral, no solo mueve el cuerpo. También aprende quién es y de dónde viene.
El trabajo de FUCAI ha permitido reconocer algunas señales claras de cuando la periferia comienza a ocupar su lugar como centro.
Una señal aparece cuando las comunidades participan en las decisiones y no solo reciben proyectos diseñados desde afuera.
Otra señal se ve cuando los saberes tradicionales se convierten en guía para las acciones, cuando las prácticas agrícolas, las historias de los mayores y las formas de organización comunitaria orientan el camino.
También se nota cuando las mujeres, los jóvenes y las autoridades tradicionales fortalecen su liderazgo y asumen responsabilidades en los procesos.
Lideresa en Vichada
Se reconoce cuando la identidad cultural se vuelve una fuente de orgullo y no algo que debe esconderse.
Y se hace evidente cuando las iniciativas económicas —como la artesanía, los productos de la tierra o el turismo comunitario— generan ingresos sin romper la relación con la cultura y el territorio.
Cuando estas cosas ocurren, algo cambia profundamente. Las comunidades dejan de ser vistas como receptoras de ayuda y comienzan a ser reconocidas como creadoras de conocimiento y de futuro.
Tal vez el mundo moderno necesita volver a escuchar esas voces. En tiempos de crisis ambiental, desigualdad y pérdida de sentido, muchas respuestas pueden estar en los territorios donde todavía se sabe cuidar la tierra, compartir el alimento y escuchar el ritmo de los ríos.
En esos lugares que durante mucho tiempo aparecieron en los mapas como periferias, existen pueblos que han sostenido la vida durante siglos.
Y quizá la enseñanza más importante sea esta: el verdadero centro no siempre está donde se concentra el poder, sino donde las comunidades aprenden cada día a cuidar la vida y a compartirla.

