Donde el desierto empezó a confiar

Por Daniela Ballesteros

daniela.ballesteros@fucaicolombia.org

En La Guajira aprendí que el viento no solo levanta arena; también levanta memorias. Lo he visto soplar sobre las rancherías, cosquillear los cactus y arrastrar palabras antiguas que todavía resisten en wayuunaiki. El desierto parece vacío para quien no sabe escucharlo; pero aquí cada silencio tiene espesor, como si guardara voces que esperan el momento justo para volver.

Cuando llegué haciendo parte del equipo todavía no entendía ese ritmo. Tampoco entendía que el desierto no se camina: el desierto se aprende.

Fue entonces cuando conocí de verdad al equipo de Fucai. A Libardo —el mismo del que hablé cuando escribí sobre agricultura en el desierto—, un hombre que siembra profundo. A Ermelinda, mujer wayuu de carácter fuerte y palabra directa, durante años sostuvo procesos con la determinación de quien sabe exactamente hacia dónde quiere llegar. Y conocí a Luis José Redondo.

Mochilas wayuu

Pero la historia de Luis José no empezó conmigo. Ni con un contrato. Empezó mucho antes, en su casa.

Cuando la Fundación llegó a La Guajira comenzó trabajando con autoridades indígenas. Una de las primeras comunidades fue Tawaya. Allí vivía Luis José. La autoridad tradicional era su abuelo, quien había delegado la representación en su hija: la madre de Luis José. Una mujer líder, recia, con la palabra bien puesta.

Ella empezó a asistir a los talleres.

Y cuando regresaba a casa no traía solo notas: traía historias. Hablaba de garantía de derechos, de interlocución con el Estado, de cómo las autoridades podían hacerse escuchar sin dejar de ser quienes eran. Luis José escuchaba. Primero en silencio. Luego con preguntas. Después con una curiosidad que parecía no tener descanso.

Su historia tenía además una particularidad: Luis José creció entre dos orillas. Su madre era wayuu, heredera de una línea de autoridad y palabra. Su padre, en cambio, no lo era. No pertenecía al pueblo wayuu. Quizá por eso Luis José aprendió desde muy temprano a habitar ese espacio intermedio, esa frontera silenciosa donde se aprende a escuchar dos mundos a la vez.

Hasta que un día le pidió a su madre que lo llevara a los talleres.

Tenía trece años cuando empezó a sentarse en las asambleas. Observaba. Ayudaba. Preguntaba. Entre chistes decía que algún día sería parte del equipo. No pedía empleo; pedía lugar.

El tiempo pasó. El trabajo creció. Las actividades se multiplicaron. El equipo necesitaba ampliarse. Ruth, nuestra directora, les preguntó a Libardo y a Ermelinda:

—¿Quién creen que puede entrar?

Pensaron en varios nombres. Dieron vueltas. Y fue Ermelinda quien lo dijo con una naturalidad que solo tienen las certezas:

—¿Y qué opinan de ese muchacho, Luis José? El que viene desde los trece.

Ruth decidió confiar.

Cuando Luis José terminó el colegio habló con ella. Había que esperar: aún no cumplía la mayoría de edad. Luis José aguardó como se aguarda la lluvia en tiempos de sequía. Llegó su cumpleaños. Llegó la cédula. Y finalmente llegó su día.

Ranchería Wayuu

Así comenzó otra historia.

Luis José tuvo que aprender a caminar como Fucai. A respirar como Fucai. A moverse como Fucai. Pero en ese proceso ocurrió algo más profundo: él también nos enseñó a nosotros.

Nos enseñó a los alijuna de Fucai a caminar el desierto como wayuu. A leer huellas que no vemos. A escuchar lo que se dice en voz baja. A entender el wayuunaiki más allá de las palabras. Y también a lograr que los wayuu entendieran nuestras ideas, que no siempre han sido fáciles de explicar.

Empezó haciendo peso y talla en los niños. Repartiendo agua en carrotanques por comunidades dispersas. Visitando tejedoras. Recorriendo territorios. Conociendo autoridades de distintas zonas de La Guajira.

Fue creciendo en ese camino sin darse cuenta.

Hasta aquel día, en una de las rancherías de Manaure.

Estaba con Mónica, una profesional del equipo, realizando mediciones nutricionales. Clasificaban resultados cuando escucharon murmullos en wayuunaiki. Mónica supo que algo ocurría y miró a Luis José. Él agudizó el oído, como quien escucha un secreto antiguo.

Elena y su madre

—Hay una niña —dijo en voz baja—. No la trajeron. Dicen que necesita ayuda.

Las mujeres señalaron el camino.

Luis José y Mónica tomaron el tallímetro y la báscula y caminaron hasta la casa que les indicaron. La puerta estaba caída. El viento entraba sin pedir permiso.

La madre salió con el cabello desordenado y un machete en la mano.

—Aquí no entran los alijuna. Aquí los queremos fuera.

Luis José le dijo que habían llegado para ayudar. Que a la comunidad y a ellos les preocupaba el estado de salud de su hija. Le pidió que por favor permitiera pesarla y medirla.

La madre accedió con recelo.

Sin embargo, los números arrojaron lo que nadie quiere escuchar: desnutrición aguda severa.

Elena tenía dos años y seis meses. Su cuerpo pequeño, frágil como una rama en sequía, revelaba una urgencia que dolía.

Activar la ruta médica fue casi tan difícil como salvarla.

La madre de Elena conocía demasiado bien la distancia. Había visto procesos inconclusos. Instituciones que llegaban como nubes espesas y se iban sin dejar lluvia. Hospitales donde nadie explicaba nada. Donde el español era pared y no puente. La palabra alijuna no era insulto: era recuerdo.

Fue entonces cuando entendí algo que el desierto enseña lentamente: el desierto no siempre rechaza. A veces protege. A veces ha sido herido demasiadas veces. La desconfianza no nace del capricho; nace de la herida.

Y, sin embargo, insistieron.

No con imposiciones.
No con formularios.
No con amenazas.

Luis José habló en su lengua. Se sentó sin prisa. La miró a los ojos. No habló como funcionario. Habló como nieto de autoridad. Como hijo de una mujer wayuu que había aprendido a nombrar derechos. Como el muchacho que creció escuchando talleres desde los trece años.

No era un alijuna que llegaba. Era puente.

Elena fue trasladada al hospital y luego al centro de recuperación nutricional en Manaure. Fueron meses de seguimiento constante: llamadas, visitas, acompañamiento.

Luis José y Mónica desde el primer momento avisaron a las entidades competentes, pero nunca llegaron. Aquí la burocracia suele ser puntual en la ausencia.

Hicieron lo que casi nunca se hace: Permanecer.

Elena regresó con peso, con fuerza, con risa.

El tiempo —que en el desierto parece inmóvil pero todo lo transforma— nos trajo otra escena. Iniciamos un proceso de empoderamiento a través del tejido wayuu. No como actividad productiva aislada, sino como recuperación de memoria.

En la cosmovisión wayuu, tejer es ordenar el mundo. Cada figura es un pensamiento y cada color, el eco de un sueño.

La madre de Elena no sabía tejer. En su casa la tradición se estaba apagando lentamente. Pero algo había cambiado. Tal vez la constancia. Tal vez haber visto a su hija regresar de la fragilidad. Tal vez comprender que esta vez nadie desaparecería sin despedirse.

Fue de las primeras en sumarse.

Hoy participa activamente en los círculos de palabra y domina las fichas técnicas en un diálogo natural entre el wayuunaiki y el español. Se ha convertido en una de las tejedoras más destacadas. No solo por la calidad de sus mochilas, sino por su disposición a enseñar. Cuando otra mujer se equivoca en un patrón, ella no corrige: acompaña.

A veces Luis José nos acompaña a los encuentros con las tejedoras. Apenas la ve, bromea con ella. Le pregunta si hoy lo va a sacar con machete.

Ella sonríe, baja la mirada y le rodea el hombro con el brazo. Dice que ya es hora de olvidar el pasado. Se ríen fuerte.

Hay gestos que dicen más que los discursos.

Detrás de cada mochila que ella teje hay una historia que no se ve. Hay una madre que casi pierde a su hija y que hoy la observa caminar bajo el sol. Hay una tradición que estuvo a punto de extinguirse y que ahora vuelve a respirarse.

Cuando alguien adquiere una mochila wayuu en La Tienda Fucai, no compra solo un producto; Se lleva una memoria restaurada, un vínculo que aprendió a reconstruirse.

En La Guajira el viento levanta arena, sí. Pero también levanta recuerdos. Y a veces, cuando uno permanece lo suficiente, y deja que el viento le enseñe el ritmo de esa tierra, el desierto termina por confiar.

Al final, en esta lenta pedagogía del territorio, una niña vive, una madre crea y un joven que un día pidió lugar hoy traduce la posibilidad más difícil de todas: la reconciliación.



El nombre de la niña fue cambiado para proteger su identidad. Ilustración recreada a partir de una fotografía real de las personas involucradas.

Tejedora,niña y Luis Jose

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