La tierra se comulga en el fogón: De la selva al desierto
Por: Daniela Ballesteros
Las geografías de Colombia parecen haber sido creadas por dos dioses distintos, o quizás por el mismo dios en dos momentos opuestos de su inspiración.
Por un lado, la Amazonía: un imperio de sombras húmedas, ríos de cauce lento y una vegetación donde el aire no solo se respira, sino que se bebe. Por el otro, La Guajira: el reino del sol rotundo, del viento que esculpe los cardones y del polvo dorado donde la tierra parece guardar el silencio original de los tiempos.
Cualquiera pensaría que nada une al verdor desbordado de la selva con el rigor solar del desierto. Sin embargo, tras años de quitarme los zapatos bajo las enramadas y caminar las rutas de la periferia, he descubierto que en ambos extremos ocurre el mismo prodigio: la gente se sienta alrededor del fuego a recordar quién es, de dónde viene...
En las fechas institucionales como el Día Mundial de la Alimentación, el mundo suele convocarnos desde las cifras lejanas, los indicadores de desnutrición o los discursos técnicos sobre la "seguridad alimentaria". Pero en la chagra amazónica y en la ranchería Wayuu, la comida nunca es una simple suma de calorías ni una mercancía empaquetada. Comer es un acto sagrado de memoria, un acuerdo tácito entre los abuelos, la tierra y las niñas y niños que apenas aprenden a pisarla.
En la Amazonía, junto al río que murmura en la penumbra, el fogón de la chagra es una escuela viva. Allí, bajo el humo que ahuyenta a los insectos y perfuma la yuca amarga, las mujeres no solo cocinan: gobiernan el tiempo. Transforman la raíz en alimento a través de un saber milenario de balayes y exprimidores, mientras hablan a sus hijos en su lengua propia. El calor de esas brasas es el espacio donde la infancia aprende que la selva no es un recurso que se explota, sino una casa que se cuida.
Cuando viajo hacia el norte, donde el bosque se desvanece y el horizonte se abre al mar Caribe, encuentro la misma escena bajo otra luz. Bajo las enramadas de La Guajira, alrededor del fogón donde borbotea el maíz, el chivo o el kapeshuna (frijol guajiro), las madres y abuelas traman la resistencia cotidiana. En ese fogón se interpreta el sueño de la noche anterior, se conversan los asuntos comunitarios y se transmite la fórmula para que el alimento rinda cuando la sequía decide prolongarse.
En ambos rincones, el fogón cumple la misma función primordial: “es la primera plaza pública”. Allí donde la presencia institucional a menudo llega tarde o fragmentada en frías jornadas de pesaje, las comunidades mantienen encendida la llama de su propia gobernanza. La nutrición no comienza en la báscula; inicia en la confianza que se teje al compartir la mesa y la palabra.
El mundo urbano vivimos hoy sumido en la angustia del cambio climático y la escasez hídrica, buscando tecnologías complejas para salvar un planeta que ha agotado. Bastaría, sin embargo, con sentarse a escuchar a quienes han habitado los extremos geográficos durante siglos.
La chagra amazónica es una lección magistral de equilibrio agroforestal. Las comunidades no destruyen el monte para imponer monocultivos; siembran en estratos, imitando el orden de la selva. La chagra alimenta a la familia, restaura el suelo y deja que la selva siga siendo selva. Es la abundancia sabia: tomar lo necesario para que el ciclo del agua no se rompa.En La Guajira, la lección es sobre la memoria de la sed. Las semillas nativas no son simples insumos agrícolas: son cápsulas de tiempo que recuerdan cómo germinar con apenas unas gotas de rocío. Mientras la agricultura industrial colapsa ante las sequías prolongadas, las huertas tradicionales demuestran que la verdadera sostenibilidad radica en la adaptación cultural y el respeto por el agua.
El agua en el desierto y la abundancia en la selva nos enseñan lo mismo: la soberanía alimentaria de la niñez no se resuelve con paquetes asistenciales ni respuestas de coyuntura traídas desde las capitales, sino restableciendo los sistemas hídricos, rescatando las semillas propias y fortaleciendo el saber de las madres y sabedoras locales.
Cuando comencé a caminar los territorios de los wayuu, magütá y tikuna, se me transformó la mirada. Nos han acostumbrado a ver a la Amazonía y a La Guajira a través del prisma del déficit, como lugares lejanos marcados únicamente por la carencia. ¡Qué profundo error!
En FUCAI hemos aprendido que en esos márgenes geográficos habita el centro de las respuestas que la sociedad necesita. Cuando acompañamos a una familia en el seguimiento nutricional de sus hijos, cuando escuchamos a las tejedoras o cuando apoyamos la recuperación de una huerta, no estamos llevando "desarrollo": estamos siendo testigos de un acto ininterrumpido de dignidad y autonomía.
Este Día Mundial de la Alimentación, mi invitación no es a mirar la mesa desde la culpa o la lástima del observador externo, sino desde la humildad de quien aprende. Frente a la crisis climática global y la homogeneización del plato, la selva y el desierto nos recuerdan que la salud y el futuro de un pueblo se miden en la fuerza de sus semillas, el cuidado de sus niños y la llama encendida de su fogón.
Porque un pueblo que conserva el adn de su tierra y la dignidad de su mesa, es un pueblo que jamás perderá su identidad.
