07 Uusya', Pa'kya: dar y recibir
VICHADA · CAUCA · LA GUAJIRA
Temporada II · La educación encendió el fogón
Álvaro Rodríguez Rueda
Cofundador y coordinador del Área de Educación de FUCAI
15 de octubre de 2026 · 10 min de lectura
Tres experiencias de educación propia con jóvenes y adultos · Orinoquía, Norte del Cauca y La Guajira · FUCAI
Todavía llevo la huella de la emoción de las personas jóvenes y adultas cuando, después de tantos años de vida, logran escribir su nombre. No es solo cuestión de letras, sílabas, palabras… Es re-representarse en un documento, ser parte de una decisión de la comunidad, re-hacer un trámite sin depender de otro. La firma, tan pequeña, abre la ventana de existir con mayor autonomía y sentir que la palabra propia y escrita también tiene lugar en su existencia y que existe en el mundo letrado.
Durante mucho tiempo, la educación de adultos fue pensada como una versión reducida de la escuela de los niños. Se suponía que quien no sabía leer o escribir no sabía nada, o que el joven tempranamente excluido de la escolaridad ya no tenía oportunidad. Pero en las comunidades campesinas e indígenas hemos encontrado lo contrario: personas con profundos conocimientos sobre la tierra, la salud, la historia y el territorio. Jóvenes deseosos para hacer una vida de la que les queda mucho por aprender. El reto que nos planteaban ellos no era llenar un vacío, sino poner esos saberes en diálogo con otros conocimientos necesarios para responder a su contexto y para desenvolverse en la vida nacional. Así nació, con el esfuerzo y compromiso que surge de interactuar con nuestras gentes, una manera distinta de enseñar que siguen muchos por diferentes caminos: partir de lo que la gente ya sabía y articular esos saberes con la lectura, la escritura y las matemáticas como herramientas para comprender, interactuar con otros y transformar su realidad.
Esa orientación tomó forma en el programa A Crecer, que surgió desde 2002 de una oferta de la Fundación Alcaraván para jóvenes y adultos de Arauca y en cuyo desarrollo participó FUCAI. El aprendizaje planteado y desarrollado no se organizó en materias aisladas, sino alrededor de asuntos importantes para la vida (ejes) que se abordaron en los diferentes niveles (semestres) del programa: la producción sostenible, el cuidado de los recursos naturales, la economía solidaria, la salud, la participación, el territorio, la familia, la cultura y la historia, entre otros. En cada tema se integraban el lenguaje, las matemáticas y las ciencias. Leer podía ayudar a comprender una práctica agrícola; hacer cuentas, organizar una iniciativa comunitaria; y escribir, presentar una propuesta o defender un derecho. Para la estructuración del programa, pudimos contar con el apoyo para una investigación previa en donde saberes productivos, naturales, sociales, políticos aportados por diferentes actores del territorio fueron fundamentales para estructurar el currículo.
Ecopetrol apoyó también su llegada al Magdalena Medio, en donde fue fundamental incorporar los procesos políticos, sociales y culturales que estaban en curso con la orientación del padre De Roux.
La experiencia llamó la atención del Ministerio de Educación quien apoyó la adaptación de este modelo educativo desde la Orinoquía hacia el Caribe, el Pacífico, la región Andina y la Amazonía. Para cada región, orientamos una adaptación que respondiera a sus diversidades, algo poco usual en estos programas de cobertura nacional.
Solo entre 2016 y 2022, la fase de menor extensión del programa y de la que se tienen estadísticas oficiales, se registran más de 111.000 personas atendidas. Detrás de esa cifra hubo mujeres que pudieron leer una fórmula médica, campesinos que llevaron mejor sus cuentas, autoridades que firmaron decisiones colectivas y personas mayores que orgullosas contaban que iban a su programa.
Lo aprendido en los procesos campesinos alimentó la educación de jóvenes y adultos en comunidades indígenas, y viceversa. En el norte del Cauca, se hizo en el marco de la construcción del sistema educativo propio que lideraba Marcos Yule, investigador incansable de su cultura, quien dentro de sus tantas enseñanzas y consejos nos enseñó en dos palabras: Uusya’, dar u ofrecer el don que uno tiene, y Pa’kya, recibir el don del otro. Y con ello, cómo cambiar el lugar del orientador, quien ya no era quien llegaba con todas las respuestas, sino alguien que compartía lo que sabía mientras aprendía de la comunidad. Educarse es ofrecer y recibir, enseñar y dejarse enseñar. Los conocimientos indígenas y campesinos no aparecían como complementos de una propuesta elaborada desde afuera, sino como una de sus raíces principales.
Desde 2010, la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca impulsó su Escuela Indígena Intercultural de Jóvenes y Adultos. Acompañamos, de la mano de Marcos, la orientación y la elaboración de materiales y estrategias educativas construidas por comuneros, maestros del resguardo de Huellas Caloto y especialistas indígenas de la zona. Los temas nacían de la vida nasa: la salud, la armonía con la naturaleza, la economía comunitaria, el derecho propio, la espiritualidad y el territorio.
El trabajo seguía un camino de identidad: mirar los problemas, discutir sus causas y proponer alternativas para actuar. En cada momento también se integraban allí la lectura, la escritura, las matemáticas y las ciencias. En 2013, el Ministerio de Educación validó la experiencia como modelo educativo. Pero su mayor logro fue cuando la Asociación de Cabildos continuó desarrollándose de manera autónoma, fortaleciendo sus procesos de educación propia.
Años después, con comunidades wayuu, y con el generoso apoyo de la Fundación Promigas y con la visión solidaria de Julio Martín, su director, empeñado en contrarrestar las profundas desigualdades educativas de la región Caribe, volvimos a comprobar que alfabetizar no consiste en seguir una cartilla paso a paso. La mayoría de los participantes tenía el wayuunaiki como primera lengua y el español como segunda. Junto con maestros wayuu como Ángel Barrios y Octavio Ponce, traductores e intelectuales indígenas infatigables y con el concurso de sabedoras(es) y maestras(os) se desarrolló ya desde la palabra, la conversación y el territorio una propuesta de alfabetización posfreireana: Tü´´ü wanüikükat (nuestra palabra).
En un primer encuentro (sesión) de ocho horas una vez por semana, las personas (que siendo familia ya se conocían) representaron en la arena del piso de su ranchería los días de la semana y votaron por el día de encuentro colocando piedritas en la casilla del día. Luego del acuerdo, la representación en la arena la llevaron a un cartel de días de la semana y las cantidades votadas. En otra actividad dibujaron el mapa de la comunidad en la arena, lo llevaron a un gráfico y comenzaron a escribir el nombre del lugar. Estos mapas se fueron guardando y constituyeron un diagnóstico de la comunidad y llevaron a acciones varias. Así dialogaban la memoria y el cuaderno, la lengua propia y el español, el conteo concreto y su representación matemática.
Mirando hacia atrás, comprendo que la educación de adultos es un espacio de encuentro donde las personas comparten, un intercambio entre pares que saben y aprenden unos de otros, entre personas que ofrecen y reciben, un proyecto de comunidad. Las comunidades aportan conocimientos que la escuela muchas veces ha ignorado; los maestros indígenas y mestizos aportan su experiencia; los intelectuales y sabedores que orientamos también somos transformados.
“Educarse es dar el don que uno tiene y estar dispuesto a recibir el don del otro.”
Gracias, Marcos Yule, compañero y amigo. Tu legado nos acompaña siempre.
