17 De voluntaria a profesional de campo

AMAZONAS · LA GUAJIRA · CAUCA · VICHADA

Temporada IV ·Cocinando el cuidado de los niños y las niñas

Camila Sanint Salazar

Exintegrante del equipo técnico de FUCAI en La Guajira (2017–2023).


Seis años aprendiendo a caminar el desierto wayuu con dignidad· La Guajira

En enero del 2023, en uno de los que serían mis últimos viajes a La Guajira, la comunidad de Orrosko, en la zona costera de Manaure, nos recibió con la noticia de que una planta de flor de jamaica había florecido. «Ustedes nos dieron las semillas», nos dijo una de las mujeres de la comunidad mientras nos mostraba en una olla hirviendo una infusión de flores. El cielo parecía que venía cargado de agua, algo cada vez menos común en el desierto.

En octubre del 2017 viajé por primera vez al territorio que se iba a convertir en parte de mi paisaje por los siguientes seis años: el desierto de La Guajira. Con las botas aún intactas y recién egresada de la Universidad Autónoma de Barcelona, tuve la fortuna de participar en la construcción de la enramada-escuela de la comunidad de Ciruelos, en la zona rural de Riohacha. Para mí todo era nuevo y extraordinario. Tenía la teoría aprendida de lo que era el trabajo comunitario, pero no alcanzaba a imaginar que todo lo que iba a vivir no estaba escrito en los libros, estaba empezando a formar parte de un aula viva que atravesaba todo el país y que caminaba, entonces, hacía más de 20 años.

Mis inicios fueron como voluntaria en el equipo de La Guajira. Lo primero que me encargaron fue una línea de base de la misma comunidad donde construimos la escuela. Recogimos datos y los digitalizamos, para luego, como parte central del trabajo, llevarlos a la comunidad, presentarlos y pensar conjuntamente en soluciones duraderas. Aquella comunidad estaba lejos, yo pensaba que, seguramente, no íbamos a regresar, pero es que FUCAI llega donde nadie llega. No solo volvimos, sino que fuimos a compartirles los datos construyendo un observatorio comunitario propio; un Ayaawata, una herramienta creada para hablar un lenguaje común entre la comunidad y las entidades, partiendo de la manera como la comunidad entendía y narraba su territorio. En La Guajira los Awayatas se hacían con tejido wayuu y yotojoro.

Todos los meses llegábamos al desierto después de haber estado en la oficina de Bogotá planeando nuestra entrada. En el centro neurálgico de la fundación se hacía posible que esta red, a veces invisible, fuera creciendo alrededor del territorio, detrás de eso había muchas manos imprescindibles. Gracias a mis compañeros aprendí de formulación de proyectos, comunicación, contabilidad, logística y de los múltiples engranajes que sostienen una fundación. Entendí que la autonomía de la que hablaba FUCAI también empezaba por nosotros: por ser capaces de comprender el proceso en su conjunto y asumirlo con responsabilidad.

La misión y la visión se aprenden desde adentro, desde los cambios que se generan en uno también, Ruth hablaba de autoridad moral. La preparación en la oficina era impecable, mientras diseñábamos talleres de fortalecimiento comunitario, nosotros emprendíamos una pequeña organización financiera autogestionada con los compañeros de la oficina. Mientras preparábamos el taller de planes de vida, nosotros hacíamos nuestro propio plan de vida.

¿Cómo íbamos a hablar de la calidad de un tejido si no sabíamos tejer? Entonces aprendimos a tejer. Y así con todos los ejes temáticos que trabajábamos. En el desierto pasaba lo mismo, atravesábamos el desierto con la mirada, los pies y el corazón. Caminábamos hasta el pozo de agua para poder entender lo que significaba hacer ese trayecto bajo el sol, así podíamos defender ante quien fuera necesario la importancia de construir más pozos.

De la mano del equipo local conocí una parte pequeña del majestuoso desierto de La Guajira, pero eso sí, la conocí desde adentro. En FUCAI nunca se camina solo y en el desierto menos, allá se camina siguiendo las huellas en la arena para entender el objetivo del trayecto; un proceso largo y duradero y que no tenía fin hasta que la dignidad se hiciera costumbre.

Las noches en el desierto eran infinitas, no por las casi once horas de oscuridad, sino por la inmensidad que se alcanzaba a percibir en ese silencio eterno. Dormir en el hotel mil estrellas era un privilegio. Las arepas del desayuno, el chinchorro, los baños nocturnos y la brisa de las comunidades cercanas al mar hacían de nuestro trabajo un lugar privilegiado. Lo que más me gustaba a mí era compartir los espacios, entre nosotros y con la comunidad. Entre el equipo nos decíamos «compañeros», nominativo que aún ahora, a pesar de no trabajar juntos, seguimos usando, porque fuimos compañeros y compartimos muchas cosas. Luis José nos contaba mitos wayuu todas las noches acostado en un chinchorro, era la voz de la memoria y la resistencia wayuu, a él también lo vimos crecer y él me vio crecer a mí. Libardo abría camino. En su comunidad él sembraba, cuidaba a sus chivos, fortalecía los procesos para después mostrarnos cómo lo había hecho y así poderlo replicar en otras comunidades. Mis compañeros me enseñaron a caminar por el desierto, sobre dignidad y también sobre las sombras que escondía uno de los territorios más olvidados del país.

Los días el cronograma que salía a veces eran largos y estaban llenos de realidad. El cronograma que salía A veces todo lo planeado se tenía que adaptar a los ritmos del desierto y lo que iba aconteciendo. Un carro varado en el camino, una comunidad sin agua o cualquier eventualidad que podía pasar nos recordaba la importancia de estar presentes.

En el año 2021 decidí emprender un nuevo camino académico, cursar una maestría que pudiera complementar con mi experiencia en el territorio. Durante dos años debatí desde la comodidad de las sillas de un aula sobre trabajo comunitario, Investigación Acción Participativa y teorías de desarrollo, mientras cada quince días, en el desierto, las trabajaba. Sin embargo, en los libros siempre se olvidan de eso que se puede palpar. En FUCAI aprendí a medir resultados de los proyectos con miradas en los ojos, con maneras de caminar de una tejedora orgullosa después de vender su producto en el mercado internacional, y con las voces directas de los protagonistas de los proyectos.

Hoy, después de casi diez años de la primera vez que pisé el desierto, puedo decir que por más que ya no esté en el equipo de FUCAI, hay una parte de mí que camina acompañada de cactus, de todos los niños que conocí, los que están y los que ya no están, de desierto, de montañas, de territorio vivo y de todos mis compañeros y maestros.

“FUCAI es muchas personas juntas haciendo cosas pequeñas para que se pueda convertir en algo grande.”

FUCAI es entender que en el desierto, una flor sí hace primavera.

 
Siguiente
Siguiente

16 La niña de la caja de cartón