16 La niña de la caja de cartón

AMAZONAS · LA GUAJIRA · CAUCA · VICHADA

Temporada IV ·Cocinando el cuidado de los niños y las niñas

Zulma Rodríguez

Comunicadora social y periodista · Veeduría Ciudadana a la Sentencia T-302.


Una niña dentro de una caja de cartón cambió mi destino.

Era el año 2014 y poco o nada sabía de La Guajira, más allá de mi conocimiento vago sobre sus artesanías y de las compras que hacíamos los turistas que llegábamos a Santa Marta y encontrábamos, por docenas, las mochilas «wayuu» que se vendían como originales en los puestos de mercado del centro de la ciudad.

Pero lo que me tocó aprender de La Guajira lo aprendí a la fuerza: con calor, con dolor y hasta con amenazas a mi propia vida. Allí entendí que existe otra Colombia, una que no se menciona en los consejos de redacción, en los cócteles de farándula y que, por supuesto, no está bordada en ninguna de las «mochilas chiviadas» que caen en las manos de los turistas.

Ese año conocí a Ruth Consuelo Chaparro y a la Fundación Caminos de Identidad —FUCAI— a través de quien era mi jefe en ese entonces, Guillermo Prieto, más conocido como «Pirry», con quien trabajaba en un programa de investigación llamado Especiales Pirry. En ese momento, La Guajira no era noticia y mucho menos lo era la situación de los niños y niñas que morían por docenas, enterrados bajo el ardiente sol del desierto.

El trabajo de investigación que se me asignó en el consejo de redacción de esa semana consistía en investigar si lo que se decía sobre la muerte de los niños wayuu en La Guajira era real o simplemente una cifra inflada que pretendía generar un titular amarillista en uno de los principales programas de investigación de Colombia.

No obstante, la realidad era mucho más impactante que las cifras que podían leerse en los reportes presentados por las entidades de salud. Eso lo entendí dentro de las comunidades, donde una realidad desconocida golpeaba mi mundo citadino y me hacía consciente de un privilegio que no tenían los niños y niñas de La Guajira.

Yo me había convertido en madre en el año 2010 y tenía muy presente el desarrollo normal de una niña. Casi podía adivinar la edad, e incluso los meses de vida de un niño, con solo mirarlo. Mi hija me había dado esa enseñanza durante esos primeros cuatro años de su vida. Por eso, nunca olvidaré a la pequeña Yomaira* en la comunidad de Perruatpa*, en Riohacha.

Recuerdo que me bajé de la confortable camioneta con aire acondicionado y sentí el ímpetu del clima golpeándome con fuerza. La abrasadora arena reflejaba los rayos del sol, que brillaba sin impedimento bajo el claro cielo azul de La Guajira.

Poco a poco me fui acercando a la enramada, donde se recortaba la silueta de una mujer desgastada que intentaba alejar las moscas que merodeaban alrededor de una caja de cartón ubicada junto a sus pies.

“Yo no conocía el hambre. Las imágenes de los niños en África que veíamos en las noticias eran la única referencia que tenía.”

Finalmente, al llegar a la enramada, me di cuenta de que aquella caja, que la madre resguardaba con amor, contenía a una pequeña niña que, sentada, apenas podía sostener el peso de su cabeza.

Inmediatamente supuse, por el tamaño de la bebé y por el esfuerzo que hacía para equilibrar su peso, que se trataba de una niña de tan solo cuatro o cinco meses de edad y que la caja le servía de soporte mientras lograba desarrollar la fuerza suficiente en el cuello, como normalmente ocurre con los niños a esa temprana edad.

Cuando finalmente logré acercarme a su madre y preguntarle, gracias a la ayuda de una guía e intérprete, cuántos meses tenía la pequeña, ella me respondió con dulzura, pero también con firmeza, que su hija tenía 16 meses: un año y cuatro meses.

Esa imagen la tengo tatuada en el corazón.

Aquella niña me mostraba, a través de su cuerpo, lo que el hambre puede hacerles a los niños; lo que el abandono puede hacerle a una madre y lo que la desigualdad puede hacerle a un país.

Ese año entendí también que mi labor como periodista debía ir más allá de la investigación, más allá de la farándula y más allá de los ratings por los que compiten los medios de comunicación.

Durante varios años, mi trabajo se concentró no solo en los resultados laborales, sino también en comprender un país y buscar los caminos que produjeran resultados y condujeran al cambio.

Finalmente, en 2020, cuando la pandemia cerraba las puertas del mundo, la Fundación Caminos de Identidad me abría las puertas de su organización y me hacía parte del equipo que hoy trabaja en La Guajira por la restitución de los derechos de las niñas y los niños que, como Yomaira*, luchan por mantenerse con vida.

Agradezco profundamente a Ruth por haber confiado en mí y por enseñarme que lo que se promete se cumple; que este trabajo, más allá de contribuir al cumplimiento de los sueños familiares y personales, es también una oportunidad para servir a un país a través de los proyectos que desarrollamos.

Hace ya seis años que, cada día al levantarme, siento que estoy en el lugar que me corresponde: aportando, desde el servicio y el trabajo, a las comunidades que nos acogen con amor y que nos permiten, junto a ellas, construir un camino más justo, más equitativo, pero, sobre todo, más humano.

“Yo no conocía el hambre. Las imágenes de los niños en África que veíamos en las noticias eran la única referencia que tenía”

 

*Se cambia el nombre de la niña y la comunidad para preservar la intimidad de la familia. El caso fue reportado de inmediato a Bienestar Familiar zonal Riohacha (año 2014).

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