Un año de trabajo con la niñez piapoco en el Resguardo Saracure Río Cadá

Por: Fernando Acosta

Entre junio de 2025 y mayo de 2026, la Fundación Caminos de Identidad — FUCAI acompañó a 42 comunidades indígenas del municipio de Cumaribo, en el Vichada, en un proceso que articula nutrición, prevención social, identidad cultural y cuidado del territorio. Este artículo resume los avances, los aprendizajes y los retos de ese primer año.

El territorio y su gente

El Resguardo Indígena Saracure Río Cadá se extiende en el municipio de Cumaribo, departamento del Vichada, en los Llanos Orientales. Allí vive el pueblo Piapoco, distribuido en 42 comunidades separadas por largas distancias, caminos que el invierno vuelve intransitables y suelos ácidos —de acidez aproximada de 4,6— que condicionan buena parte de lo que se puede sembrar.

El proyecto acompaña a 242 niñas y niños menores de seis años, 721 mayores de esa edad, 70 padres, madres y docentes, y 42 autoridades indígenas locales. Busca contribuir al bienestar integral y a la pervivencia física y cultural de la niñez piapoco. Cuenta con el respaldo de Kindermissionswerk 'Die Sternsinger' y cubre tres años, de los cuales este informe reporta el primero.

El Resguardo Saracure Río Cadá agrupa 42 comunidades en Cumaribo, Vichada

Cuatro componentes, una sola apuesta

El proyecto organiza sus acciones en cuatro componentes que responden a problemas identificados por las propias comunidades: seguridad alimentaria y nutrición; prevención social con adolescentes y jóvenes; identidad cultural, recreación y deporte; y educación ambiental y cuidado del territorio. Cada actividad parte de un problema concreto y aporta a un indicador con línea de base y meta.

La metodología es la que orienta el trabajo de FUCAI —ver, juzgar, actuar y celebrar juntos— y se traduce en talleres comunitarios, mapas de problemas, matrices de priorización, planes de acción y visitas familiares.

La comida empieza en la semilla

La meta del primer año era mejorar 20 huertas familiares. Se mejoraron 102: el interés de las familias desbordó la programación y obligó a ampliar el acompañamiento. La cifra representa el 510 % de la meta anual y el 170 % de la prevista para los tres años.

FUCAI entregó siete especies —fríjol guajiro, ahuyama valluna, sapote, cilantro, sandía, naranja y mandarina— para probar cuáles se adaptaban a los suelos del resguardo. El fríjol, la ahuyama, la sandía y el cilantro respondieron mejor, y el hallazgo más útil fue que el fríjol guajiro produce de forma permanente por más de un año.

Las huertas dejaron de ser solo espacios productivos: niñas, niños y jóvenes participaron en la siembra y el reconocimiento de semillas, y los cultivos se conectaron con los conucos comunitarios llamados UNUMA.

El segundo frente fue el seguimiento nutricional. Se tomó peso y talla a 230 niñas y niños menores de cinco años y once meses, el 95 % de los 242 previstos; la cobertura fue parcial porque en el primer semestre hubo que capacitar primero al equipo comunitario. Se identificaron 6 casos de desnutrición o malnutrición, todos acompañados y remitidos al ICBF, al servicio de salud de Cumaribo y al programa Mil Días. Después no aparecieron casos nuevos.

230 niñas y niños con seguimiento nutricional; 6 casos acompañados y remitidos.

Prevenir sin señalar a las niñas

En prevención social se realizaron 20 actividades de formación, cuatro en cada una de las cinco zonas, con adolescentes, familias, docentes y autoridades. Los contenidos se ampliaron durante la ejecución para incorporar equidad de género, discriminación hacia las niñas, prevención del reclutamiento forzado e inclusión de niños con discapacidad.

Se identificaron 10 casos de niñas y adolescentes embarazadas, siete de ellas vinculadas al colegio de secundaria administrado por Educación Contratada. El proyecto abordó la situación desde el diálogo familiar y el proyecto de vida, evitando el señalamiento de las adolescentes. De ahí surgió el resultado más significativo del componente: un protocolo de permanencia educativa definido con directivos y docentes, que transforma una respuesta institucional que antes conducía casi automáticamente a la deserción.

Identidad, juego y tiempo libre

Las jornadas culturales sumaron 215 encuentros, con acompañamiento de sabedores, sabedoras y artesanas. En artesanías se trabajó la fibra de cumare, el torcido de cabuya y la elaboración de catumares, cebucanes, mapiris y canastos; en danza se fortalecieron el tsaze, el carrizo y el baile del cacho de venado.

En recreación y deporte se realizaron 360 actividades, cerca de seis mensuales por sector frente a las cuatro previstas: juegos propios piapoco —maweniche, waluma siemi, sissack, tau tau, sarandas y trompos— junto con fútbol, microfútbol, voleibol y tiro con arco, en diez centros educativos. En un territorio con riesgo de reclutamiento de jóvenes, estas jornadas cumplen una función protectora que va más allá de lo deportivo.

El equipo local también se formó: dos talleres presenciales en Bogotá, en junio de 2025 y febrero de 2026, más sesiones virtuales. Las cinco gestoras pasaron de un papel operativo a funciones de orientación, registro, seguimiento y articulación comunitaria.

Sembrar palmas es sembrar futuro

El componente ambiental se propuso sembrar 30.000 palmas en tres años. Aprovechando el tiempo de lluvias, niñas, niños, jóvenes, familias y gestoras sembraron 9.611 en el primer año: el 96 % de la meta anual y el 32 % de la trianual. Las especies —ceje o seje, cucurita, manaca, chontaduro y moriche— tienen valor alimentario, cultural y ecológico.

La reforestación no terminó con la siembra: hubo conteo de plántulas, abono, control de hormiga arriera, reposición de las palmas que no sobrevivieron y limpieza de zonas verdes y caminos. Muchas familias asumieron el cuidado de las palmas próximas a sus huertas.

El resultado con mayor retraso está en este mismo componente: el material educativo ambiental con enfoque intercultural, previsto para 22 escuelas, sigue en preparación. Concretar su entrega es una tarea prioritaria del segundo año.

215 jornadas culturales acompañadas por sabedores y sabedoras.

Lo que enseñó el primer año

La lógica del proyecto se confirmó en la práctica. Huertas y seguimiento nutricional funcionan como un mismo proceso: la huerta muestra qué se siembra y el monitoreo permite ver cómo se refleja en el crecimiento de los niños. La cultura, la recreación y el deporte no son actividades complementarias, sino entornos protectores. Y los talleres mostraron que la desnutrición, la violencia intrafamiliar y el embarazo adolescente son problemas conectados que exigen corresponsabilidad entre familia, escuela, autoridad y comunidad.

Lo que no funcionó plenamente fue la medición: los indicadores de reducción porcentual de desnutrición, embarazo adolescente, matrimonio infantil y violencia intrafamiliar requieren más tiempo y mediciones comparables. El primer año avanzó más en instalar capacidades y construir rutas que en medir cambios.

Los retos que quedan abiertos

La dificultad más preocupante fue la presencia de grupos armados ilegales en el resguardo desde mayo de 2025, con riesgo de reclutamiento de jóvenes e incluso de niños. Obligó a posponer actividades, revisar condiciones de seguridad y limitar desplazamientos. A ello se suman las lluvias, el mal estado de los caminos y la dispersión de las 42 comunidades.

Los objetivos generales no se vieron afectados: los ajustes fueron operativos. Las prioridades del segundo año están definidas: fortalecer el monitoreo nutricional y los registros por comunidad, edad y sexo; actualizar el censo de menores de cinco años; entregar el material educativo ambiental; consolidar el protocolo de permanencia educativa; y ampliar las huertas a por lo menos 50 familias más.

La conclusión del primer año es que los objetivos y las actividades del proyecto son pertinentes y valorados tanto por las niñas y los niños como por sus familias. La comunidad no ha sido destinataria de un programa: ha sido protagonista de un proceso.

9.611 palmas sembradas con participación de niñas, niños, jóvenes y familias.

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