El fuego no es el enemigo. El enemigo es la desmemoria
Por Segio Martínez
sergio.martinez@fucaicolombia.org
Día Mundial de la Prevención de Incendios Forestales
Todos los años nos sorprende
El 18 de agosto se conmemoró el Día Mundial de la Prevención de Incendios Forestales. La fecha nació en 2007, en un congreso en Valencia donde un grupo de especialistas firmó una declaración muy sensata que decía, en resumen, que era mejor evitar los incendios que apagarlos. Diecinueve años después seguimos apagándolos. Y seguimos, cada enero, sorprendiéndonos muchísimo.
Porque esa es la especialidad nacional: la sorpresa. Todos los años el país descubre, con la cara de asombro de quien encuentra un perro en una veterinaria, que en temporada seca hace calor, que el pasto seco arde y que los bomberos no tienen con qué. Y todos los años se declara una emergencia, se prenden los helicópteros, se convoca una rueda de prensa y se anuncia que esta vez sí. Luego llueve. Y con la lluvia se apaga el fuego y, sobre todo, se apaga la conversación.
Vale la pena, entonces, aprovechar la efeméride para algo distinto que la conmemoración. Vale la pena mirar los datos.
¿Qué tan grande es el problema, en números?
Empecemos por el dato que más se repite y menos se entiende.
95 %
de los incendios de cobertura vegetal en Colombia tienen origen humano (IDEAM, citado por la UNGRD)
Conviene leerlo bien, porque casi siempre se lee mal. No dice que el 95 % de los incendios sean obra de pirómanos sueltos. Dice que el fuego, en este país, no cae del cielo. Detrás de la cifra hay una lista bastante concreta: potreros que se limpian, lotes que alguien quiere convertir en pasto para ganado, apertura de vías donde no debería haberlas, economías ilegales que necesitan territorio despejado, y una cantidad nada despreciable de descuidos. El fuego colombiano no es un fenómeno meteorológico. Es una decisión, o una negligencia, y casi siempre tiene dueño.
Los números del último ciclo hablan por sí solos:
En enero de 2024 el Gobierno declaró desastre nacional mediante el Decreto 0037. El 23 de julio de 2026 lo volvió a declarar, esta vez por doce meses, mediante el Decreto 802. Entre el 16 de junio y el 6 de agosto de 2026 se registraron 438 incendios en 191 municipios, y Tolima concentró 140 de ellos.
En la Amazonía, además, deforestación e incendio no son dos problemas: son dos tiempos del mismo verbo. Primero se tumba el bosque, luego se deja secar, después arde. El fuego no abre la frontera agrícola. La sella.
¿Y lo que viene?
Aquí está la parte incómoda. El IDEAM ya confirmó condiciones de El Niño para 2026, con más del 95 % de probabilidad de que se fortalezca en el segundo semestre y un 63 % de probabilidad de que alcance categoría muy fuerte entre noviembre de 2026 y enero de 2027.
Traducido del lenguaje de los boletines: la temporada seca que arranca en diciembre puede ser tan dura como la de 2024, o peor. Y esta vez nadie podrá decir que no le avisaron. El pronóstico está publicado, con fecha y con porcentaje.
El problema no es que no sepamos. Es que no tenemos con qué
Colombia tiene un sistema de alertas que funciona razonablemente bien. Lo que tiene después de la alerta es más discutible.
329
de los 1.103 municipios del país no tienen cuerpo de bomberos
Y en los municipios que sí lo tienen, la Procuraduría General de la Nación advirtió que alrededor del 62 % de los que contratan el servicio lo hacen por menos de 100 millones de pesos al año, una cifra que no alcanza ni para los pagos laborales mínimos. Los municipios de categoría 5 y 6, que son justamente los rurales, los remotos, los que tienen bosque, firman esos contratos en enero y febrero y quedan a la buena de Dios el resto del año.
De modo que el mapa del riesgo y el mapa de la capacidad de respuesta son, en Colombia, casi exactamente inversos. Donde más arde es donde menos hay con qué apagar. No es mala suerte: es una decisión presupuestal tomada muchas veces, año tras año, por gente que después sale a lamentarse en televisión.
A eso se suma un factor que ningún manual de prevención resuelve: en varias regiones los grupos armados usan el fuego como herramienta de control territorial y bloquean el paso de quienes van a apagarlo. Y quienes denuncian pagan caro. Según Global Witness, Colombia registró 48 asesinatos o desapariciones de personas defensoras del ambiente en 2024, y encabezó por tercer año consecutivo la lista mundial. Se puede discutir mucho sobre política forestal. Eso no se discute.
El agua también se quema
Hay una idea muy arraigada de que los incendios son un problema del campo y las ciudades lo miran por televisión. Bogotá aprendió que no.
En enero de 2024 el fuego llegó a 1,5 kilómetros de la laguna de Chingaza, el sistema que surte cerca del 70 % del agua de la capital. Tres meses después, el 11 de abril, empezó un racionamiento que duró un año exacto, hasta el 12 de abril de 2025. Ocho millones de personas descubrieron de golpe que el páramo no es un paisaje bonito: es la llave del lavamanos.
Y lo que quema al páramo, además, lo cambia. El retamo espinoso, una planta invasora que llegó de Europa, tiene semillas aceitosas que arden con facilidad y rebrotan después del fuego. Cada incendio la favorece. Cada rebrote alimenta el siguiente incendio. Es un círculo perfecto, y trabaja en contra nuestra.
El Trapecio: el dato que desmonta la intuición.
Uno esperaría que la Amazonía colombiana fuera el corazón del fuego. En parte lo es, pero no donde uno cree. Los focos de calor se concentran en Meta, Guaviare y Caquetá, el llamado arco de deforestación, allí donde la ganadería extensiva y el acaparamiento de tierras empujan la frontera. El departamento de Amazonas es, de manera sistemática, uno de los de menor actividad de fuego de todo el bioma.
Eso no significa que en el Trapecio no pase nada. Significa que allí el riesgo tiene otra cara, y que medirlo solo con mapas de calor lo vuelve invisible.
82 %
cayó el caudal del río Amazonas en la estación Nazareth, cerca de Leticia, entre abril y septiembre de 2024
Leticia y Puerto Nariño declararon calamidad pública. Las comunidades del Trapecio lo advirtieron antes que cualquier boletín oficial: nunca habían visto una sequía de esa magnitud. Cuando baja el río, baja todo lo demás. El transporte, el pescado, el agua para beber, las cosechas, la posibilidad misma de que un equipo de socorro llegue a tiempo a alguna parte.
Y un bosque húmedo que se seca deja de comportarse como bosque húmedo. Pierde su defensa natural contra el fuego: lo que antes no prendía, prende. Ahí el peligro no es el megaincendio anunciado con antelación en los mapas nacionales, sino la chispa pequeña en un territorio que este año no está preparado para recibirla, y que además queda a horas de navegación del cuerpo de bomberos más cercano.
La prohibición es la respuesta fácil. Y no apaga nada
Cada temporada seca aparece alguien proponiendo prohibir. Prohibir todo, prohibir ya, prohibir con multas ejemplares. Suena impecable en una rueda de prensa.
El problema es que las prohibiciones caen donde hay quién las reciba: en la vereda con vía de acceso, en el finquero pequeño, en quien tiene cédula, dirección y algo que perder. No caen sobre el que abre tres mil hectáreas para meter ganado en una zona donde el Estado no entra, porque ese no consulta la norma ni contesta la citación. Colombia ya tipificó la deforestación como delito en la Ley 2111 de 2021, con penas de cinco a doce años. La deforestación subió igual. El papel no apaga.
La evidencia apunta en otra dirección, y es contundente. Un estudio publicado en 2026 en Humanities and Social Sciences Communications analizó veinte años de datos en Brasil y comparó territorios que contaban con brigadas de manejo del fuego frente a territorios que nunca las tuvieron. El resultado: 22,7 % menos focos activos donde hubo brigadas, y 12,3 % más donde no las hubo. La diferencia no la hizo una norma más dura. La hizo gente entrenada, con equipo y con salario, viviendo en el sitio.
Eso tiene nombre técnico, manejo integrado del fuego, y consiste en algo bastante poco espectacular: detectar temprano, reducir el material seco acumulado, abrir cortafuegos, tener a quién llamar y que ese alguien tenga con qué responder. En Colombia ya empieza a haber camino: un proyecto de ley en curso (PL 557 de 2025), diálogos técnicos en Leticia y un intercambio internacional de mujeres bomberas forestales realizado en Puerto Carreño en 2025.
El fuego no es el enemigo. Lleva milenios en estas sabanas y en estos ecosistemas, y hay paisajes que sin él no saben vivir. El enemigo es la desmemoria: la costumbre de descubrir cada enero, con genuino asombro, que llevamos doce meses sin hacer nada.
El pronóstico de El Niño ya está publicado. La fecha de la próxima temporada seca también. Esta vez la sorpresa no nos va a servir de excusa.
Fuentes: IDEAM · UNGRD · Procuraduría General de la Nación · Global Witness · Falleiro et al. (2026), Humanities and Social Sciences Communications.
