Habitar el fin del mundo Pueblos indígenas y la Totalidad que se agrieta
Por: Ruth Consuelo Chaparro
Este domingo 9 de agosto el calendario repite, como lo hace desde 1994, la fecha que Naciones Unidas reservó para los pueblos indígenas del planeta. La conmemoración institucional de 2026 se traslada al lunes 10, y este año honra a las parteras indígenas: las mujeres que reciben con las manos el primer aliento de la vida. Conviene detenerse en esa imagen antes de hablar de bosques, de hectáreas y de grados centígrados, porque quien recibe la vida al nacer y quien la defiende en el territorio ejercen, en el fondo, el mismo oficio. Es el criterio que la modernidad occidental extravió hace más de quinientos años y que el planeta, ya sin margen de espera, nos obliga a recordar: la vida humana y no humana como medida de todo lo demás, y no la acumulación como medida de la vida. Lo urgente de recordarlo tiene fecha: 2024 fue, según la ONU, el año más caliente jamás registrado, el primero en superar 1,5 °C sobre el nivel preindustrial, y 2023, 2024 y 2025 se anotan ya como los tres años más calurosos de la historia conocida. El tiempo no avisa; se acelera.
Miremos el mapa al revés. No el que Europa dibujó con el norte arriba y a sí misma en el centro, sino el que se traza desde la periferia que nunca dejó de existir aunque se la haya llamado "descubierta". Puesto así, boca abajo, con Abya Yala en el centro y Colombia en su corazón —entre dos océanos, con nieves perpetuas a pocas horas del mar Caribe, con la Amazonía comenzando donde termina la Sabana—, el planeta entero se reordena. Desde ahí habla otra razón: no la que redujo al distinto a objeto de conquista, sino la que lo escucha como exterioridad, como un mundo que existía antes de ser nombrado por quien llegó a nombrarlo y que sigue existiendo después, pese a los siglos de encubrimiento. Esa es la primera tarea de esta crónica: no describir a los pueblos indígenas desde el centro que los volvió periferia, sino dejar que la periferia —que aquí, felizmente, es también nuestro centro— hable de sí misma.
El territorio, para las comunidades indígenas, no es un recurso ni una superficie catastral: es cuerpo, memoria y ley. En la Sierra Nevada de Santa Marta, los pueblos Kogui, Wiwa, Arhuaco y Kankuamo llaman a esto la Ley de Origen: un ordenamiento anterior a cualquier Estado, que traza una frontera espiritual —la Línea Negra— entre los picos nevados y el mar, y que ordena cuidar cada punto de ese círculo porque el daño en uno repercute en todos. En 2026, una resolución del Gobierno colombiano volvió a reconocer esa frontera ancestral frente a la minería y los hidrocarburos, y los cuatro pueblos lo dijeron con una sola frase: proteger la Sierra es proteger la vida. No es una metáfora poética para consumo ajeno. Es, literalmente, una cosmovisión que antecede y excede la categoría moderna de "medio ambiente", porque no separa lo humano de lo que lo rodea: el territorio no se posee, se habita como se habita un cuerpo, y un cuerpo enfermo enferma a quien lo habita.
Al otro extremo del mismo país, en la aridez de La Guajira, el pueblo Wayúu ha habitado durante siglos un territorio que la lluvia visita poco y que el cambio climático ha vuelto todavía más esquivo. Sus rancherías dispersas, separadas unas de otras a propósito, no son ausencia de planeación: son la forma exacta de habitar un desierto sin agotarlo, la misma lógica que sostiene los jagüeyes —pozos ancestrales de agua de lluvia— frente a un clima cada vez más extremo. Cuando esa lógica se rompe por sequías más largas y más frecuentes, el resultado no es abstracto: niñas y niños wayúu han muerto por desnutrición asociada a la falta de agua y de alimento, mientras el Estado colombiano llega tarde una y otra vez. Ahí el cambio climático deja de ser un debate de cumbres internacionales y se convierte en lo que verdaderamente es: una injusticia que castiga primero a quienes menos lo causaron y que saben, mejor que nadie, cómo se convive con un territorio difícil.
Y sin embargo, ese saber territorial —tan ajeno a la Totalidad que hoy arde y se derrite— resulta ser, con los datos en la mano, la tecnología de supervivencia más eficaz que tiene el planeta. Los pueblos indígenas son más de 476 millones de personas en 90 países: apenas el 6% de la humanidad, portadora de 5.000 culturas distintas y de la mayoría de las 7.000 lenguas que aún se hablan en el mundo. Ese 6% custodia hoy cerca del 80% de la biodiversidad que le queda al planeta, aunque son propietarios legales de menos del 11% de esas tierras.
80% de la biodiversidad terrestre que le queda al planeta la custodian los pueblos indígenas, con derechos legales sobre menos del 11% de esas tierras
En sus bosques, suelos y raíces se acumulan alrededor de 300.000 millones de toneladas de carbono: una cifra que no dice nada hasta que se traduce así —el futuro climático de todos depende, en una proporción enorme, de que unos pocos sigan viviendo como han vivido siempre—. La Totalidad que quema combustibles fósiles con el argumento del progreso ha delegado, sin saberlo ni agradecerlo, su última reserva de tiempo en quienes nunca aceptó como interlocutores.
Colombia, decíamos, en el centro del mapa invertido. En este país, 959 resguardos indígenas cubren hoy 35 millones de hectáreas: el 30,6% del territorio continental, casi un tercio del mapa nacional en manos de quienes históricamente el mapa quiso borrar. En la Amazonía colombiana, 64 pueblos gobiernan 25 millones de hectáreas donde, según el IDEAM, se conserva el 98% de la cobertura boscosa original. Contraste necesario: en 2024 el país perdió 107.000 hectáreas de bosque, 68.000 de ellas en la Amazonía, donde se concentraron 22 de los 28 focos nacionales de deforestación, casi siempre fuera de los territorios indígenas, casi siempre donde la Totalidad extractiva encontró tierra sin guardia. Estudios recientes en la región muestran que los territorios indígenas almacenan más carbono forestal que los parques naturales sin comunidades y que las zonas sin ninguna protección. La conclusión incomoda a quien todavía piensa la conservación sin sus habitantes: no hay más selva donde el Estado puso una cerca; hay más selva donde un pueblo puso su Ley de Origen.
Ese cuidado tiene un precio que la crónica no puede callar. Entre 2014 y 2024, 70 guardias indígenas fueron asesinados en Colombia por defender su territorio, y 241 líderes indígenas perdieron la vida en el mismo periodo. El pueblo Siona, guardián de 57.000 hectáreas de selva en el Putumayo, pasó de tener cerca de 2.578 integrantes a comienzos de siglo a apenas 633 hacia 2017, cercado por la minería ilegal, los cultivos de uso ilícito y los grupos armados que se disputan su selva precisamente porque la selva sigue en pie. No se trata de un daño colateral: es la prueba de que cuidar la vida, en la Totalidad que la convierte en mercancía, sigue siendo un acto de resistencia que cuesta cuerpos. La ética de la liberación de la que hablaron los pensadores latinoamericanos del siglo pasado no era una abstracción de aula: era, y sigue siendo, la defensa concreta de quien produce y reproduce la vida frente a un sistema que la calcula en toneladas de mineral o en hectáreas de monocultivo.
El cambio climático, se dice, es implacable y acelerado. Lo es, en efecto, para la Totalidad que lo produjo: para el modelo que convirtió el territorio en insumo y al tiempo en una línea recta hacia más consumo. Pero los pueblos que hoy conmemoramos no habitan ese tiempo lineal, sino uno circular, el de la chagra que se siembra y se cosecha y se vuelve a sembrar, el del jagüey que se llena y se vacía y se vuelve a llenar, el de la Línea Negra que no empieza ni termina sino que envuelve. Frente a la modernidad que se agota en su propia velocidad, proponen —sin pedir permiso, porque llevan haciéndolo milenios— una transmodernidad posible: no volver atrás, no rechazar en bloque lo que la ciencia climática advierte con toda razón, sino incorporar lo válido de ambos mundos en un proyecto que ninguno de los dos podría sostener solo. No hay ambientalismo suficiente sin los pueblos que ya sabían cómo se cuida un río. No hay saber ancestral suficiente sin el reconocimiento legal, la financiación y la seguridad que hoy se les niega.
Por eso esta fecha no debería cerrarse con un homenaje, sino abrirse con una tarea. Reconocer a las parteras indígenas, como pide el lema de este año, es reconocer que la vida se sostiene con las manos, en el nacimiento y en el territorio, y que ambos gestos —traer un cuerpo al mundo, cuidar el cuerpo del mundo— son, en el fondo, el mismo acto de resistencia frente a un sistema que ha decidido que todo, incluida la vida, tiene un precio. El 9 de agosto de 2026, con el planeta más caliente que en cualquier año registrado, la pregunta no es qué pueden enseñarnos los pueblos indígenas sobre el territorio. La pregunta, más incómoda y más urgente, es si la Totalidad que los ha ignorado durante quinientos años está todavía a tiempo de escuchar.
