Un mundial que nos jugó por dentro
Por: Ruth Consuelo Chaparro
Terminó el Mundial. España le ganó a Argentina 1 a 0, con un gol de Ferrán Torres en el tiempo extra, y levantó su segunda estrella. Argentina terminó con 10 jugadores por la expulsión de Enzo Fernández, y aun así la Albiceleste de Messi se fue con la cabeza en alto. Fue la final de un torneo con 48 países, el más grande de la historia, organizado entre Estados Unidos, México y Canadá.
Pero un mundial es mucho más que un partido. Es uno de los poquísimos momentos en que casi todo el planeta mira hacia el mismo lugar al mismo tiempo. Países con idiomas distintos, culturas distintas, intereses políticos enfrentados y desigualdades enormes se sientan a jugar bajo las mismas reglas. Enemigos poderosos se saludan en una cancha. Es, en pequeñito, una foto de cómo funciona —y cómo no funciona— la humanidad.
Yo lo viví desde adentro. Jugué una pequeña polla con fines sociales, para apoyar a un grupo de deporte en Cartagena acompañado por los jesuitas. Había que pronosticar quién ganaría, y para eso tuve que elegir entre banderas: Afganistán, Cabo Verde, Sudáfrica, Egipto, México, Uruguay, Paraguay, Colombia, Argentina, España, Alemania, Austria, Francia, Países Bajos. Y descubrí que elegir no era fácil, porque dentro de uno también se juega un partido: hay afectos, desafectos, viejos amores y viejos rencores metidos en cada bandera. Al final quedé de primero en la polla, porque cada en cada pronóstico asumí el mayor riesgo y eso me llevó al primer lugar. Pero lo que más me quedó no fue ganar, sino todo lo que se movió por dentro mientras escogía.
Porque el fútbol va más allá del fútbol. Mueve ríos de hinchas, ríos de emociones y también ríos de dinero. Marcas como Adidas y muchas otras ganan fortunas. La FIFA repartió este año un récord de 871 millones de dólares entre las 48 selecciones, y el campeón se llevó 51 millones de dólares. Detrás de la fiesta hay un negocio gigantesco.
Cuando se rompen las reglas del juego
Aquí conviene detenerse, porque el mundo real no siempre juega tan limpio como esos 22 jugadores en la cancha. En un partido de fútbol, cuando alguien empuja, agarra o patea al otro, el árbitro pita la falta y todos aceptan la sanción. Pero en el juego de las naciones las reglas se rompen a cada rato y casi nadie las cobra. La lucha por controlar territorios, por quedarse con el petróleo, el gas y los minerales, empuja a los países poderosos a invadir, a bombardear, a saltarse los acuerdos que ellos mismos firmaron. Y en ese juego brutal los que pierden no son los futbolistas: son la gente común, la sociedad civil, y —lo más doloroso— miles de niños y niñas inocentes que pagan con su vida una disputa que ni entienden ni empezaron.
¿Y dónde están los árbitros? Los organismos multilaterales —la ONU y tantos otros que deberían hacer respetar las reglas del mundo— muchas veces se parecen a un árbitro sin VAR: ven la falta, o intuyen que algo pasó, pero no logran verificarla a tiempo, no consiguen sancionarla, y el partido sigue como si nada. Su debilidad para identificar quién rompió las reglas, y para hacer que las cumpla, deja a los más débiles sin protección. En el fútbol, una mano en el área se revisa en video y se cobra penal. En la vida real, hay faltas gravísimas que quedan sin pitar.
La sombra ambiental
Hay otra sombra que casi nadie mira: la ambiental. Como las sedes estaban regadas por tres países enormes, hubo que volar miles de kilómetros de una ciudad a otra. Por eso los expertos calculan que este Mundial dejó una huella de carbono de unos 7.8 millones de toneladas de dióxido de carbono, según la plataforma Greenly —otros estudios la ubican en al menos nueve millones de toneladas, casi el doble del promedio de los mundiales entre 2010 y 2022—. Lo más llamativo: cerca del 85% de esa contaminación vino de los viajes entre las 16 sedes, sobre todo por avión.
Todo esto en medio de un cambio climático que ya se sentía en la cancha: hizo tanto calor que hubo que meter pausas de hidratación… que, por supuesto, se aprovecharon para más publicidad. La contradicción completa en un solo gesto. Y también hay que decirlo sin adornos: en las tribunas y en las calles corrieron ríos de alcohol para celebrar triunfos y ahogar derrotas. El fútbol saca lo mejor de nosotros —la alegría compartida, el abrazo con un desconocido— y también lo que menos nos gusta mirar.
El partido que se juega por dentro
Entonces uno vuelve a la vida de todos los días con una pregunta dando vueltas. Si el mundo entero es capaz de organizarse, ponerse de acuerdo en unas reglas y mirar hacia el mismo lado durante más de un mes… ¿por qué no lo hacemos con las cosas que de verdad duelen? Ojalá algún día la humanidad grite con una sola voz: ¡gooool contra el hambre! ¡gooool contra la desigualdad! Y que ese día hayamos cambiado, por fin, las balas y los golpes por la palabra.
Quizás todo empiece por dentro. Así como en la cancha del mundo se juega esa disputa de poder, dentro de cada uno de nosotros también se juega un partido: entre nuestras luces y nuestras sombras, entre lo que queremos ser y lo que a veces somos. Vivir es aprender a jugar ese partido interior sin dejar de disfrutar, sin dejar de fluir, buscando el equilibrio en medio de las contradicciones. Pero buscar equilibrio no significa quedarse quieto ni lavarse las manos: no podemos renunciar a la responsabilidad de construir un mundo mejor. Ese es el verdadero campeonato, y se juega todos los días.
Al final del partido pasó algo que resume todo: Messi abrazó al joven Lamine Yamal. El que se despide y el que empieza. El fútbol, como la vida, es eso: alguien entrega la posta y otro la recibe, mientras el mundo, por un rato, se olvida de pelear. Ojalá aprendamos a jugar así todo el año.
