Del informe al territorio
Por: María Alejandra Soto
En mis últimas clases de bachillerato durante el encierro y a través de una pantalla, el enfoque de las ciencias sociales me estaba interesando. Dejando de lado la medicina (carrera que había dicho que iba a estudiar desde que tenía 11 años). Me inscribí en la carrera de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. A lo largo de toda la formación académica que aprendí, recuerdo las largas clases donde se ahondaba en las formas de analizar fenómenos sociales, esto mediante cifras, indicadores, estadísticas y demás. Temas como la globalización, la educación occidental, los derechos humanos y todas las problemáticas que acontecen en los diversos contextos sociales, políticos y económicos.
En comunidad ribereña en Amazonas
Pero había algo que se repetía en cada una de las clases, “el indicador de pobreza es…” “Su cifra PIB está en…” “Los datos de violencia y conflicto armado son…” , todo se analizaba desde las cifras (no es para menos), escribiendo desde un computador los análisis coyunturales. Sin embargo, mi primera experiencia con las comunidades indígenas en el Amazonas, me mostró algo que iba a ser difícil comprender desde las aulas, las computadoras y los informes. La experiencia cotidiana de quienes viven estas realidades.
En una de esas diapositivas eternas que pasaba alguno de los profesores que nos enseñaba globalización, explicaba cómo este fenómeno genera una integración a nivel mundial sobre aspectos políticos, sociales, económicos y culturales. Aunque no es un fenómeno nuevo, sí se ha visto maximizado por las nuevas tecnologías y la masificación de la información. Algo que me pasó por la cabeza en ese momento, es ¿qué pasará con las identidades culturales? Aunque esta idea se fue con la misma rapidez con la que llegó. Con mi salida al campo volvió a sonar en mi cabeza.
En las diversas socializaciones de proyecto que tuvimos en las comunidades de la Asociación de Cabildos Indígenas del Trapecio Amazónico (ACITAM) resonaba bastante la misma cuestión al interior de las malocas “estamos ante la pérdida de nuestra cultura, nuestros niños ya no hablan tikuna (la lengua que más se habla en la región), algunos no saben ni prender un fogón a leña y otros están conectados constantemente a sus celulares… Algunos padres prefieren celebrarle los 15 años a las niñas antes que la pelazón (ritual que simboliza la transición entre la niñez y la pubertad)” Pero la que más resonó en mí fue lo que contaba una mujer “La única sabedora que sabía la forma en que se hacían las ollas y demás alfarería en barro y arcilla, ya había fallecido y a ninguno de su comunidad se le compartió este conocimiento”
Pude entender lo que había leído en diversos libros, artículos y papers durante cinco años: todas estas cifras tienen un rostro, una historia, una familia que busca el sustento diario, una abuela que va con su nieto a la chagra, una comunidad que lucha contra las influencias que se ven a través de una pantalla y les hace creer que lo valioso viene de afuera. Entre uno de los procesos que más me llamó la atención, porque era una manera diferente a la convencional (por lo menos a lo que había aprendido en la academia) era el tema educativo. Venía con la idea de que la educación era únicamente una herramienta para adquirir conocimientos que eventualmente van a servirle al individuo para desarrollarse en sociedad (y aunque de manera muy escueta y sencilla eso es) dentro de los territorios, la educación adquiere una construcción mucho más rica, no es solo un recurso que se enfoca en el individuo, sino que es una manera de mantener y preservar el conocimiento ancestral de manera colectiva frente a las nuevas generaciones. El Sistema de Educación Propia le brindó a las comunidades el reconocimiento de toda la sabiduría que ya tenían, así como la posibilidad de transmitirlo bajo la estructura que ellos hagan. De hecho, Colombia se convirtió en el primer país de América Latina en brindar de manera formal un Sistema de Educación Propia a las comunidades indígenas. Observar la manera en que las comunidades realmente estaban preocupadas por su cultura y que ello se traducía en esfuerzos colectivos fue ver la teoría aplicada con todas las complejidades de la realidad.
Creo que como politólogos estamos muy acostumbrados a mirar desde los informes las realidades sociales y culturales. Y aunque, por ser una carrera de carácter humanístico, se enseña el carácter sensible antes que el análisis cuantitativo, eso no siempre nos hace conscientes de las complejidades de las estructuras e interacciones que se construyen en sociedad. Aún recuerdo, un ejercicio en clase, muy peculiar, que buscaba romper el hielo entre nosotros diciendo en voz alta lo que se consideraba incorrecto socialmente, pero que nosotros creíamos como cierto. La idea del ejercicio era dejar la autocensura, y recuerdo vívidamente el comentario de un compañero (que por cierto, estábamos en sexto semestre de la carrera) “el pobre es pobre porque quiere”.
Más allá de la evidente falta de atención que había prestado mi compañero ante las clases de los tres años anteriores, lo que más sorprendía era que este profesional con carente sensibilidad social iba a salir al mundo laboral, a ejercer, a escribir informes, a escribir papers y todo desde una pobre capacidad de percibir y empatizar con las complicadas realidades sociales. Considero que esta salida de campo reforzó lo que me había llevado desde un principio a estudiar y posteriormente ejercer esta carrera profesional, la sensibilidad, emotividad y receptividad a comprender a profundidad cómo viven las personas de nuestro país, cómo se levantan los martes y viernes a vender sus productos en Leticia, cómo levantan el machete para mantener y cuidar su chagra, cómo luchan por mantener las tradiciones que han llevado ejerciendo hace años. A pesar de que este enfoque humanista se ha venido perdiendo (en parte por querer acercarse al análisis cuantitativo) es fundamental que como científicos sociales sigamos alimentando esta perceptibilidad del día a día de la gente.
Esta experiencia a campo me brindó la oportunidad, no solo de conocer estas realidades sociales, sino también de conocer a mujeres maravillosas, que se levantan a cocinar a las tres de la mañana para la comida comunitaria, así como a los hombres que con toda su fuerza levantan los pesados motores de agua por esas lomas resbalosas, y que entre ambos cuidan su chagra con tanto cariño. La proactividad de la juventud también me sorprendió, buscando espacios para practicar sus bailes tradicionales y seguir manteniendo viva su cultura.
Aunque los resguardos indígenas padecen de complicadas situaciones como la violencia intrafamiliar, embarazo adolescente y demás (problemáticas que cabe decir, también suceden en nuestras grandes ciudades) en parte causadas por un histórico abandono estatal. Son personas que se caracterizan por su amabilidad, cordialidad y generosidad. Aún hoy, 10 días después, conservó pulpa del copoazú que me regalaron. Hoy, cuando leo un informe o preparo una nueva salida al territorio, ya no veo solo cifras o rutas: veo el rostro de la mujer que perdió a la única sabedora, el motor de agua subiendo la loma, la pulpa de copoazú que aún no se acaba. El territorio no contradice la teoría: la complementa, la cuestiona y, sobre todo, la humaniza. Y esa humanización es la que sigo llevando conmigo, informe tras informe, viaje tras viaje.
