03 La selva enseña, la palabra endulza y el agua fortalece

AMAZONAS

Temporada II · La educación encendió el fogón

Ruth Consuelo Chaparro Gómez

Cofundadora y Directora Ejecutiva de FUCAI · Coinvestigadora

6 de octubre de 2026 · 8 min de lectura


Veintitrés años de escucha y coinvestigación en la selva amazónica · Pueblos uitoto, bora, okaina y muinane

Quiero contarte algo que tomó veintitrés años de mi vida. Durante ese tiempo recorrí el río Igaraparaná y el Predio Putumayo haciendo equipo con las comunidades de los pueblos uitoto, bora, okaina y muinane. Buscábamos algo grande y sencillo a la vez: transformar la escuela y la educación para que tuvieran pertinencia étnica, cultural y regional. Es decir, una escuela que hablara el idioma de la selva y del corazón de estos pueblos, y no una escuela de afuera pegada con alfileres. Una escuela donde la lengua propia, los saberes de los mayores y el calendario de la selva no fueran un adorno, sino la base misma de lo que se enseña.

Nunca fui una investigadora que llega, mira y se va. Fui coinvestigadora, porque todas las investigaciones las hicimos en equipo, junto a los investigadores de la Fundación Caminos de Identidad (FUCAI), los caciques sabedores y los maestros y maestras de las comunidades. En este camino, la investigación acción participativa, educativa y cultural fue nuestra piedra angular: investigar haciendo, y aprendiendo, siempre con las comunidades como protagonistas. No veníamos a estudiarlas como si fueran objetos, sino a pensar y a construir junto a ellas. Cada hallazgo se conversaba, se revisaba y se devolvía a la comunidad, para que fuera de ellos y les sirviera de verdad.

Aquí las personas se llaman a sí mismas los hijos e hijas del tabaco, la coca y la yuca dulce. Con esa frase cuentan de dónde vienen y para qué están en el mundo. Yo llegué a preguntar una sola cosa, aunque parezca enorme: ¿cómo hacen para que sus niños y niñas aprendan a vivir en la selva con tanta sabiduría? No era curiosidad, era admiración. Los colombianos fuimos testigos de cómo cuatro niños uitoto —los hermanos Mucutuy— sobrevivieron cuarenta días perdidos en la selva del Guaviare, cuidando a sus hermanitos pequeños. No fue suerte: alguien, con amor y paciencia, les había enseñado a leer la selva como tú lees un libro. Supieron qué frutos comer, cómo protegerse, cómo no rendirse. Esa fortaleza no nace de un día para otro: es fruto de toda una forma de educar. Esa búsqueda dio origen al libro Los niños de la selva y al cortometraje Kome urue — Los niños de la selva, de Mestiza Films.

Lo primero que aprendí es que para el pueblo uitoto la vida es como una escalera, y cada escalón tiene su nombre y su tarea. A eso los llamamos la escala de desarrollo o ciclo vital, y nadie salta escalones: cada etapa prepara para la siguiente. Todo empieza en Naarede, la gestación, cuando la vida es una semilla de tabaco que los padres riegan con cuidado; desde antes de nacer, la madre y el padre cuidan lo que comen, lo que piensan y cómo se tratan, porque creen que así el niño nacerá fuerte y sereno.

Sigue Kome urue, la niñez pequeña. El bebé se baña en la madrugada con la madre, recibe cantos para despertar y cantos para dormir, y aprende a hablar, a caminar y a nadar mientras el padre lo alza y le juega. A los cinco años ya sabe muchísimo: desyerba, recoge yuca, pela plátano y arregla pescado, y conoce la chagra —la huerta familiar en medio de la selva—, donde aprende las variedades de yuca, los árboles, las hierbas y el calendario ecológico, que es como el reloj de la selva. Después viene Komonaidade, cuando el niño y la niña asumen más responsabilidades y aprenden obedeciendo con cariño: al que madruga y se baña lo felicitan, al que cumple lo celebran.

Luego llega Jitokome, la juventud. Aquí se aprende a tejer canasto —porque, ¿en qué vas a recoger la yuca si no tienes canasto?—, se aprenden las oraciones para las dietas y se reciben los consejos firmes de los mayores en el mambeadero. Es una etapa hermosa y delicada, en la que los abuelos advierten con claridad sobre los caminos que hacen daño. Sigue Jeemie, la persona madura que une la palabra y el trabajo: cría a sus hijos, cuida su hogar y sabe curar con conjuros, rezos y plantas. Y en lo más alto están el Eima, maestro y modelo cuya palabra guía y corrige, y el Uzuma, el anciano que porta y reparte la palabra del tabaco y la coca como legado para toda la comunidad.

Estos pueblos no tienen pizarrón, pero tienen herramientas educativas muy poderosas, que llamamos dispositivos de formación. La palabra es el corazón de todo: la palabra del tabaco, la coca y la yuca dulce que se comparte de noche en el mambeadero; una palabra fría y sabia endulza el corazón, mientras que una palabra apresurada puede hacer daño. Por eso se aprende a hablar bien y en su momento. El baño en el río, de madrugada, no es solo limpieza: se hace antes de que vuele la mariposa amarilla y cante la chicharra, para recibir la energía limpia del agua fría, y sirve para dar fortaleza, calmar la ira y disponer a la persona a aprender.

La dieta —cuidar lo que se come, y lo que no se come, en momentos importantes— no es un castigo, sino una forma de mantener el equilibrio entre la persona y la naturaleza y de estar despierto para aprender mejor. El tejido enseña a pensar: el canasto se hace tira por tira, paso a paso, igual que se aprende la vida, y por eso decían que solo puede aconsejar quien ya es un canasto tupido, y que el joven debe llenar su canasto antes de formar familia. Y el conjuro es la palabra sagrada que cura y protege, con rezos y plantas medicinales que los sabedores aprenden con humildad. Por respeto, hay saberes que las comunidades pidieron guardar, y nosotros aprendimos a respetar ese límite.

Si me preguntas dónde está la escuela de estos niños, te respondo: en todas partes. La formación ocurre en la casa, donde se cuida y se conversa; en la maloca, donde se baila y se escucha la palabra de vida; en la selva, donde se aprende a leer los árboles y los animales; en el río, donde se baña y se pesca de madrugada; y en la comunidad, donde cada quien ocupa su lugar. Y los maestros no están encerrados en un salón: son las madres y los padres, que enseñan con el ejemplo diario, y los abuelos y abuelas sabedores, que guardan la palabra antigua, cada uno según su saber y su papel. Aprender aquí es crecer rodeado de gente que te quiere y te cuida.

Con todo esto en el canasto, pudimos imaginar juntos una escuela distinta. No se trataba de borrar el pizarrón ni de despedir a nadie, sino de tender un puente: que la palabra del mambeadero y la palabra del aula se dieran la mano; que el calendario ecológico entrara al calendario escolar; que el tejido, la chagra y el baño fueran también contenidos de aprendizaje; y que los abuelos sabedores fueran reconocidos como maestros junto a los docentes. Poco a poco, los maestros y maestras uitoto, bora, okaina y muinane se fueron apropiando de estas ideas y llevándolas a sus propias comunidades, cada una a su manera y a su ritmo.

Durante estos veintitrés años trabajé con respeto y disciplina, escuchando. Fui recibiendo en mi canasto y, cuando llegaba el momento, sacando de mi canasto lo mejor para compartirlo. Lo hice siempre desde mi rol de mujer, tratando de endulzar la vida y la palabra, como representante también de la yuca dulce, que es la que endulza el corazón de la gente. Aprendí que escuchar es un arte, y que a veces la mejor manera de aportar es callar y dejar que hable la sabiduría de los mayores.

Y lo hice como uaima, «huérfano»: sin ser de la comunidad ni heredera legítima de sus saberes, tuve que mendigar el conocimiento de maloca en maloca, con humildad y paciencia, para poder acompañar las transformaciones de fondo que las comunidades estaban buscando. No siempre fue fácil ganar la confianza, y aprendí que el conocimiento profundo no se toma: se recibe cuando uno se ha hecho digno de él. Porque de eso se trataba todo: de lograr un cambio para permanecer. No cambiar para volverse otra cosa, sino transformar la escuela para seguir siendo uitoto, bora, okaina y muinane; para que la sabiduría de la selva no se pierda con el tiempo, sino que crezca y pase a las nuevas generaciones.

“Hoy sé que la selva enseña, que la palabra endulza, que el agua fortalece y que un pueblo que cuida a su niñez está sembrando su futuro. Comprendí que una educación con pertinencia no es un lujo, sino la manera de que un pueblo siga siendo dueño de su propio camino. Volví con las manos llenas y el corazón agradecido por todo lo que me confiaron. Aprendí que para profundizar hay que hacer investigación de alto nivel. Si algún día te pierdes —en la selva o en la vida—, ojalá lleves contigo un canasto bien tejido: estos niños y niñas nos enseñaron que quien ha aprendido a vivir siempre encuentra el camino de regreso.”

La voz

Pablo Barbosa Santos

Docente y excoordinador del Colegio San Juan Bosco, Leticia

 
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