01 Caminos que se abren cuando las puertas se cierran
BOGOTÁ D.C.
Temporada I · Un comienzo entre el barro y la olla
Ruth Consuelo Chaparro Gómez
Cofundadora y Directora Ejecutiva de FUCAI
1 de octubre de 2026 · 7 min de lectura
Historia de origen de FUCAI · Etnoeducación, soberanía alimentaria y gobierno comunitario, protección ambiental, cuidado de la niñez y la familia 1991–2026
En los años noventa yo ya llevaba nueve años caminando el Vichada junto al pueblo sikuani. Había trabajado en la educación contratada, administrada entonces con la Prefectura Apostólica del Vichada, y desde ahí participé en la formulación de planes regionales, en el fortalecimiento organizativo y en la puesta en marcha de procesos etnoeducativos de primaria y secundaria. Esos nueve años me enseñaron algo que no estaba en ningún manual: que los pueblos indígenas son parte de la diversidad étnica, cultural y lingüística de este país; que cargan una historia de lucha y resistencia que merece respeto y no compasión; que tienen territorios ancestrales sobre los que ejercen derechos propios, no favores del Estado; y que tienen derecho a seguir siendo pueblos culturalmente diferenciados, con sus necesidades fundamentales satisfechas y sus derechos individuales y colectivos garantizados.
Cuando salí del Vichada llegué al Ministerio de Educación como consultora: tres años entre Caquetá, Risaralda y San Andrés de Sotavento, mientras cursaba la maestría en desarrollo educativo y social. Allí, en un grupo de trabajo, coincidí con un equipo interdisciplinario que venía sobre todo del sector público. Compartíamos una misma inconformidad: queríamos espacios donde se pudiera trabajar de primera mano con las comunidades, mostrar resultados concretos y medibles, cumplir la palabra dada, y dejar atrás las acciones sueltas, los largos procesos administrativos y los trámites para acompañar procesos de verdad, capaces de demostrar con datos los cambios que provocaban. Dicha inconformidad fue una semilla muy potente que germinó con fuerza.
Desde distintas voces, los mismos indígenas nos decían: ¿por qué no conforman una organización para que trabajemos juntos? Nosotros, que sabíamos que ya existían ONG amigas en el país, preferimos no inventar nada nuevo. Exploramos primero sumarnos a espacios ya creados. Y ahí llegaron las respuestas que hoy agradezco: «esa no es nuestra área geográfica», «esas no son nuestras líneas de trabajo», «esos no son los montos que acostumbramos manejar», «esa no es nuestra población objetivo». Puertas cerradas, una tras otra, con la misma displicencia. Cada negativa, sin que lo supiéramos, nos iba empujando hacia el único camino que deberíamos recorrer.
No nos quedó otro camino que abrir un espacio nuevo y nuestro. Así, el 18 de marzo de 1991 —cuando Colombia apenas empezaba a reconocer su diversidad cultural como un valor y no como un problema— nació la Fundación Caminos de Identidad, FUCAI: un camino propio, con la periferia como centro y la identidad como brújula, para contribuir a construir la Colombia que soñábamos, pluriétnica, multicultural y plurilingüe, capaz de encontrar en la diversidad sus mejores oportunidades. Tomamos entonces una decisión que marcaría toda nuestra historia: caminar junto a las comunidades, nunca delante de ellas.
Desde el primer día nos pusimos una regla que aún nos define: no hacemos lo que sabemos ni lo que queremos, sino lo que la comunidad identifica que hay que hacer. Y cuando no sabíamos —que fue muchas veces—, aprendíamos rápido o buscábamos a los mejores, a quienes ya tenían resultados probados en ese campo, para hacerlo bien y no a medias. Con esa disciplina fuimos convirtiendo a FUCAI en una organización de alto nivel técnico, obsesionada con los resultados concretos y con medir los cambios mediante indicadores objetivamente verificables: no nos bastaba la buena intención, necesitábamos poder demostrar, con datos en la mano, que la vida en el territorio efectivamente estaba cambiando.
En 1991, empezamos por la etnoeducación, apostando por una educación —formal y no formal— que no arrancara a niños, jóvenes y adultos de sus raíces, sino que fortaleciera su idioma, su cultura, su vínculo con el territorio y su memoria. Pero fueron las propias comunidades las que ampliaron el horizonte, no nosotros desde una oficina lejana. En 2001 nació el área de soberanía alimentaria, frente a la pérdida de los sistemas tradicionales de producción; en 2002, por solicitud directa de las comunidades, nace el área de familia, niñez y juventud; en 2003, el área de gobierno comunitario abrió su camino, porque sin autonomía territorial ni autoridades propias cualquier avance sería frágil. Cada año que pasaba, el camino se hacía más ancho, más profundo y más diverso.
Y en ese caminar aprendimos a innovar desde la tradición. En el desierto de La Guajira y en las sabanas del resguardo Saracure Río Cadá, en Vichada, impulsamos cultivos adaptados a condiciones extremas, demostrando que sí es posible generar alimento y dignidad donde otros solo veían escasez. En la Amazonía desarrollamos las Aulas Vivas: no se derriba la selva virgen, se aprovechan los rastrojos sin quemarlos, se recuperan los suelos y se fortalecen las chagras como espacios de aprendizaje. En La Guajira nació el Ayáawata, un sistema comunitario de información con el que las propias comunidades hacen seguimiento a la garantía de derechos de niños y niñas, pasando de ser receptoras para volverse productoras de información y conocimiento.
Cada una de esas experiencias nació de lo mismo: encontrar en cada problema una oportunidad para aprender y resolver, y en cada adversidad la posibilidad de hacernos más fuertes. Con los años entendí que eso era, en el fondo, lo que estábamos construyendo: un laboratorio de innovación social, una organización inteligente que aprende rápido y avanza sobre lo aprendido; en una palabra, una organización con memoria, que no repite errores porque los sistematiza, y que no improvisa porque documenta lo que funciona y lo convierte en método. Lo que ayer fue un ensayo en un territorio, hoy es una estrategia probada que ofrecemos a otro, medida y ajustada, nunca copiada sin más.
Con el tiempo comprendí algo que hoy sostengo con más fuerza que nunca: fortalecer la identidad cultural no es un lujo ni un gesto simbólico, es una estrategia para la vida. Cuando un niño danza con su pueblo, escucha los relatos de sus mayores o aprende jugando lo que su comunidad guarda, está tejiendo pertenencia, autoestima y arraigo. En territorios donde el suicidio juvenil ha golpeado con crudeza, hemos visto que la identidad se vuelve raíz profunda que sostiene la vida: un joven que sabe quién es y a qué pueblo pertenece tiene más con qué resistir. La cultura no es pasado; es protección, es presente y es futuro.
Hoy, treinta y cinco años después de aquel primer paso, seguimos caminando sin habernos detenido un solo año. Hemos ejecutado 268 proyectos, gestionado más de 58 mil millones de pesos y publicado 172 materiales pedagógicos; hemos trabajado de la mano de cerca de 32 organizaciones indígenas, con 45 financiadores, en 28 de los 32 departamentos de Colombia, junto a 52 de los 115 pueblos indígenas del país, y también en Perú, Brasil, México y Guatemala. Alrededor de 260 personas han hecho parte de esta travesía. Pero el dato que más me conmueve es otro: si en 2022 el 37 % de nuestro personal misional era indígena, hoy más del 60 % del equipo técnico lo es. Ese giro es la prueba viva de nuestro principio fundacional: que las comunidades sean protagonistas de sus propios procesos.
Ese trabajo ha sido reconocido dentro y fuera del país —el Premio CAFAM a la Mujer en 2011, el Premio Fray Bartolomé de las Casas en 2015, la distinción de la Fundación Telefónica y Compromiso Empresarial en 2018 por transparencia y buen gobierno—, pero nuestro mayor logro nunca se ha medido en cifras ni en placas, sino en la confianza construida, en la palabra cumplida y en la permanencia allí donde tantos otros solo pasaron.
Por eso, cuando alguien me pregunta cómo nació FUCAI, siempre respondo lo mismo: nació de puertas cerradas. Y se lo agradezco a quienes nos las cerraron, porque sin saberlo nos regalaron la posibilidad de construir algo propio, con identidad, desde la periferia, junto a los pueblos que nos enseñaron a nosotros primero, antes que nosotros les enseñáramos nada. Lo que empezó como la inconformidad de un grupo pequeño que no encontró dónde encajar es hoy una travesía viva, donde la identidad no es herencia estática sino semilla que se cultiva día a día.
Y detrás de cada indicador, de cada proyecto y de cada aprendizaje sistematizado hay una convicción profunda que sostengo con todo el equipo: FUCAI es un espacio para desarrollarnos como profesionales, para sostener y apoyar a nuestras familias, y para contribuir de manera efectiva a construir un mejor país. Ese es, al final, el camino que abrimos aquel día sin saber del todo que sembrábamos el desarrollo personal y social, como foco; la identidad, como camino, y la periferia, como centro.
“No nos quedó de otra que abrir camino propio, y ese camino propio se llamó FUCAI.”
“Se trataba de encontrar en cada problema una oportunidad para aprender y resolver, y en cada adversidad la posibilidad de hacernos más fuertes”
La voz
Ruth Consuelo Chaparro Gómez
Cofundadora y Directora Ejecutiva de FUCAI
