Niños del Amazonas y la Orinoquía: guardianes de la vida en medio de la selva

Por: Adán Martínez

La lección de 40 días que conmovió al mundo

En 2023, cuatro niños indígenas sobrevivieron durante 40 días en la selva amazónica tras el accidente de una avioneta. La historia ocurrió en el departamento del Caquetá, en la Amazonía colombiana, y fue seguida por el país y el mundo entero. Lo que muchos interpretaron como un milagro fue, en realidad, la manifestación concreta de saberes ancestrales transmitidos por generaciones.

La selva no fue únicamente un escenario hostil. Fue también refugio, maestra y despensa. Los niños no estaban “perdidos” en un territorio extraño; estaban en un espacio que sus mayores les habían enseñado a comprender, respetar y habitar.

La selva como escuela viva

Los pueblos amazónicos y de la Orinoquía Colombiana —como los Tikuna, Uitoto, Muinane, Bora, Piapoco, Sikuani y tantos otros— forman a sus hijos en una pedagogía del territorio sabana y selva. No se trata solo de conocimientos técnicos, sino de una relación integral con la vida.

Desde pequeños aprenden a:

  • Reconocer plantas comestibles y medicinales de una manera muy detallada.

  • Identificar huellas de animales y rutas de agua.

  • Distinguir sonidos que anuncian peligro o abundancia.

  • Orientarse por el curso de los ríos, la posición del sol y los ciclos de la luna.

  • Administrar el alimento con prudencia.

Lo que en contextos urbanos se enseña en manuales de supervivencia, en la Amazonía y la Orinoquía se aprende en la cotidianidad familiar.


La chagra y el conuco: economía de la vida

La chagra amazónica y el conuco llanero son más que parcelas agrícolas. Son sistemas complejos de producción, conservación y transmisión cultural.

En la chagra, los niños aprenden:

  • El calendario ecológico.

  • La rotación y asociación de cultivos.

  • El respeto por los tiempos de la tierra.

  • La soberanía alimentaria basada en diversidad.

La yuca brava, el plátano, el maíz, el ají, el ñame y las frutas silvestres no son solo alimentos; son parte de una red de relaciones que incluye el cuidado del suelo, la protección del bosque y la reciprocidad comunitaria.

En la Orinoquía, el conuco cumple una función similar, articulando agricultura, pesca y conocimiento del ciclo de inundaciones de los ríos.

La resiliencia demostrada por los niños que sobrevivieron 40 días no surgió de la improvisación. Nació de esta escuela silenciosa y permanente.


Fauna y flora: saber leer el territorio

Los abuelos enseñan que cada planta tiene espíritu y función. Que no toda fruta es comestible. Que ciertos insectos anuncian lluvia. Que el bosque habla.

Esta lectura del territorio es simultáneamente ecológica y espiritual. No se trata de dominar la naturaleza, sino de convivir con ella.

Cuando la crisis llega, estos saberes emergen como capital cultural acumulado.


La danza y el juego: entrenamiento para la vida

En la danza tradicional se aprende coordinación, resistencia física, memoria colectiva y sentido de pertenencia. En el juego se entrenan reflejos, cooperación, liderazgo y disciplina.

Las rondas, las carreras en el monte, el uso del arco, la pesca con anzuelo o con trampas artesanales no son simples entretenimientos. Son pedagogías corporales que fortalecen el cuerpo y la mente.

La experiencia de supervivencia demostró algo fundamental: estos niños no eran frágiles. Eran fuertes, atentos, organizados y capaces de tomar decisiones bajo presión.

Fortalezas estructurales de los niños amazónicos y llaneros

A partir de esta historia y de la vida cotidiana en sus territorios, podemos identificar varias fortalezas:

  1. Resiliencia territorial: capacidad de adaptarse a condiciones extremas.

  2. Autonomía temprana: aprenden responsabilidades desde pequeños.

  3. Memoria intergeneracional: transmiten conocimientos prácticos y éticos.

  4. Relación espiritual con la naturaleza: genera respeto y prudencia.

  5. Trabajo colectivo: el “nosotros” precede al “yo”.

  6. Equilibrio entre cuerpo y espíritu: integración de actividad física, canto, ritual y trabajo.

Más que una historia de supervivencia

Lo ocurrido en la selva amazónica no fue solo una noticia impactante. Fue una lección profunda para el país y para el mundo.

En contextos donde a menudo se subestima a la niñez indígena y se los estigmatiza, estos niños demostraron que su formación cultural constituye una fortaleza civilizatoria. La Amazonía y la Orinoquía no producen debilidad; producen guardianes del territorio.

En tiempos de crisis climática y pérdida de biodiversidad, los saberes que estos niños encarnan son estratégicos para la humanidad. Lo que aprendieron en la chagra, en la palabra del abuelo, en la danza y en el juego, puede parecer simple, pero es una ciencia de la vida.

La selva no los venció. Los sostuvo.

Y en ese sostener, nos recordó que el futuro también puede aprender de quienes han sabido vivir durante siglos en equilibrio con la tierra y cuestionó la educación que se ofrece a los niños en las ciudades y otras regiones del país.

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