La Guajira también juega en el mundial. La historia de Lucho Díaz y las miles de aves que esperan levantar vuelo

Escrito por: Ruth Chaparro

La Guajira aparece a menudo en los mapas de las carencias. Allí suelen contar las sequías, las necesidades y los olvidos. Hablan de la falta de agua, de las largas distancias, de las dificultades que enfrentan muchas familias. Pero pocas veces cuentan lo que también nace en sus caminos de arena: la terquedad de los sueños.

De allí vino Luis Díaz. Lucho.

Luis díaz (Futbolista Colombiano)

Nació en Barrancas, un municipio rodeado por el desierto, los cardones y los vientos que cruzan la península. Aprendió a correr detrás de una pelota en las canchas de tierra donde el polvo se levantaba con cada jugada y donde los niños juegan hasta que el sol desaparece detrás de los trupillos.

Su historia pudo haber sido una más entre miles. Sin embargo, algo ocurrió.

En el año 2015 se realizó la Copa América de Pueblos Indígenas en Chile. Para preparar la selección colombiana indígena se organizó un campeonato entre comunidades y pueblos originarios. Allí apareció un joven wayuu flaco, rápido y lleno de talento. Quienes lo vieron jugar quedaron sorprendidos por su velocidad, su habilidad y su capacidad para desequilibrar cualquier partido. Aquel torneo se convirtió en una puerta.

Los entrenadores y observadores comenzaron a hablar de ese muchacho de La Guajira que parecía volar por la banda izquierda. Poco después llegó la oportunidad de incorporarse al Barranquilla FC, filial del Junior de Barranquilla. Desde entonces su carrera no dejó de crecer.

Primero fue el Barranquilla FC. Después el Junior. Luego el Porto de Portugal. Y más tarde el Liverpool de Inglaterra, uno de los clubes más importantes del mundo.

Cada paso parecía decir lo mismo: Los sueños también saben viajar desde los márgenes hasta el centro del mundo. Sin embargo, el éxito nunca le hizo olvidar de dónde venía.

En diferentes entrevistas, Lucho ha repetido que representar a Colombia es un orgullo inmenso, pero también una enorme responsabilidad. Ha dicho que cuando se pone la camiseta amarilla piensa en su familia, en su tierra y en millones de colombianos que depositan su ilusión en la selección. También ha recordado que nunca quiere olvidar sus raíces y que todo lo que ha logrado se lo debe al esfuerzo de sus padres y al apoyo de su comunidad. Porque sin raíces no hay alas.

Quizás por eso tantos niños se identifican con él. Porque cuando Lucho juega no parece representar únicamente a un equipo.

Parece representar a todos aquellos que alguna vez escucharon que sus sueños eran demasiado grandes para el lugar donde nacieron.

Y no está solo. Antes de él, otro guajiro llamado Arnoldo Iguarán llegó a convertirse en uno de los máximos goleadores históricos de la Selección Colombia. También salió de una región periférica y demostró que el talento no reconoce fronteras.

Más recientemente, Álvaro Montero, nacido en El Molino, La Guajira, pasó de las canchas de su pueblo a custodiar el arco de la Selección Colombia y representar al país en los escenarios más importantes del fútbol internacional.

Y si miramos hacia el Chocó encontramos historias parecidas. Allí nacieron figuras como Marino Hinestroza, Jhon Córdoba, Deiver Machado y Richard Ríos, quienes también llegaron al Mundial después de crecer en territorios donde muchas veces abundan las dificultades, pero también el talento, la alegría y la capacidad de resistir.

Álvaro Montero, Richard Ríos y Jhon Córdoba

La historia de Lucho cuenta una verdad más grande que el fútbol.

Cuenta que los territorios históricamente excluidos no son solamente lugares donde faltan cosas. Son lugares donde sobran capacidades. Donde nacen niños y niñas con imaginación para inventar caminos. Con disciplina para superar obstáculos. Con fuerza para levantarse después de cada caída. Y con sueños que se niegan a rendirse.

¿Cuántos Luchos esperan todavía en La Guajira? ¿Cuántos habitan las rancherías wayuu, las montañas, las costas, las selvas y los barrios de Colombia? ¿Cuántos talentos siguen esperando una escuela mejor, una cancha, un maestro, una beca o simplemente una oportunidad?

Desierto de la Guajira

Cuando el talento y la oportunidad se encuentran, ocurre algo parecido al vuelo. Lo que parecía destinado a quedarse abajo descubre que tiene alas. Por eso el futuro no puede descansar únicamente sobre los hombros de quienes luchan. También es responsabilidad del Estado, de las autoridades locales, de las organizaciones sociales, de las empresas y de toda la sociedad. Porque cada oportunidad negada es una puerta cerrada para el país. Y cada oportunidad abierta puede convertirse en una victoria colectiva. Lucho Díaz no es una excepción milagrosa. Es la prueba de lo que puede ocurrir cuando el talento encuentra el lugar y el momento para florecer. Y también es un recordatorio. Mientras algunos siguen viendo únicamente carencias en La Guajira, miles de niños persiguen un balón en medio del polvo, el viento y el sol. Son como las aves que esperan el momento adecuado para levantar vuelo. Algunas llegarán a ser futbolistas. Otras serán artistas, maestras, científicos, líderes comunitarios, médicos o emprendedoras. Lo importante es que tengan la oportunidad de desplegar sus alas.

Porque La Guajira también juega. Y cuando juega, no solamente busca ganar un partido.

Nos recuerda que el talento humano es el recurso más valioso de cualquier territorio y que, incluso en los lugares donde muchos solo ven dificultades, siguen naciendo cada día nuevas razones para creer en el futuro.

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