Guardia indígena: cuidar el bosque en tiempos de campaña electoral.
Por Segio Martínez
sergio.martinez@fucaicolombia.org
En Colombia estamos otra vez en campaña electoral. El país entra en ese momento curioso en el que todo parece explicarse con frases cortas y certezas contundentes. Los debates se llenan de diagnósticos rápidos, enemigos fáciles y soluciones que caben perfectamente en treinta segundos de televisión.
Mientras tanto, lejos de los estudios donde se discute el futuro del país, la Amazonía sigue haciendo algo mucho más silencioso y decisivo: sostener el clima que permite que ese futuro exista.
Yo venía justamente de allí cuando entendí con claridad la distancia entre una cosa y la otra.
Habíamos acompañado una jornada de siembra con comunidades indígenas y con la Guardia. No era un evento simbólico ni una actividad diseñada para fotografías institucionales. Era trabajo real. Calor espeso, botas hundiéndose en la tierra húmeda, plantas cargadas durante horas.
Ese día quedaron sembradas más de 5.000 plántulas maderables.
Cada árbol tenía detrás meses de trabajo: semillas recolectadas en el bosque, viveros comunitarios, cuidado permanente, traslado por río. En la selva nadie habla del futuro en abstracto; el futuro pesa, se carga y se entierra con cuidado esperando que sobreviva.
Antes de comenzar ocurrió algo que siempre me impresiona cuando hay un evento importante en la comunidad. No sucede todos los días. Solo cuando la comunidad siente que el momento merece respeto colectivo.
Se reunieron. Hicieron una oración breve dando gracias a Dios. Luego alguien encendió un pequeño parlante y empezó a sonar el Himno Nacional de Colombia.
Todos se pusieron de pie.
No había protocolo oficial ni funcionarios presentes. Solo comunidad. Muy ceremoniosos. Muy patriotas. En medio del bosque amazónico el himno suena distinto: no como acto institucional sino como afirmación tranquila de pertenencia. Como decir, sin necesidad de discursos, que ese territorio también es país y que alguien lo está cuidando.
Horas después emprendimos el regreso en bote.
El río avanzaba lento y ancho. El motor repetía su vibración constante mientras las orillas verdes parecían interminables. En esos trayectos uno empieza a ordenar pensamientos sin darse cuenta. Recordaba las manos sembrando, los niños corriendo entre plantas nuevas, los guardias marcando sitios donde crecerán árboles que probablemente nosotros no veremos adultos.
Llegué a la ciudad sudando todavía el viaje. Entré a una tienda pequeña buscando algo frío y pedí una cerveza. El ventilador giraba sin mucha convicción y el noticiero del mediodía sonaba de fondo.
Entonces apareció un político.
Traje impecable. Voz segura. Declaraciones firmes.
Y dijo algo que rompió completamente el momento: afirmó que la Guardia Indígena era narcotraficante.
La frase duró segundos.
Pero a mí me llevó inmediatamente a pensar en Reinaldo.
Reinaldo tiene unos sesenta años. Es guardia indígena, agricultor, abuelo de cinco nietos y padre de tres hijos. Vive en una casa sencilla donde, en la parte alta del techo, cuelga una bandera de Colombia desgastada por el sol y la humedad.
Se levanta todos los días a las cinco de la mañana para caminar hacia la chagra. Allí revisa cultivos, limpia senderos, observa árboles jóvenes sembrados años atrás y recoge yuca, plátano y frutas que luego lleva a su casa.
Parte de su vida hoy consiste también en criar a tres de sus nietos. Sus hijos migraron buscando empleo en ciudades amazónicas donde el desempleo sigue siendo alto y las oportunidades escasas. Reinaldo y su esposa asumieron nuevamente la responsabilidad familiar, como ocurre tantas veces lejos del debate público.
Reinaldo conoce el bosque con precisión sorprendente. Puede explicar dónde crecerá mejor un maderable dentro de diez años. Habla de especies, humedad y suelos como quien describe familiares cercanos. Cuenta cómo las wara’s recogen pepas de distintos árboles y las entierran estratégicamente para ayudar a regenerar el bosque.
Y entonces pensé en doña María.
Ella estaba ese mismo día organizando alimentos para todos. Cocina lentamente, combinando productos de la chagra con frutos del bosque. Mientras cocina, selecciona semillas: las mejores, las más resistentes, las que servirán para futuras siembras.
Su cocina es también conservación.
Ha llevado a sus hijos y a otros niños a participar en procesos de reforestación y en los juegos tradicionales que promovemos en las comunidades. Porque el cuidado del territorio también pasa por algo sencillo y profundo: que las nuevas generaciones quieran permanecer en él.
Alrededor de su casa las chagras parecen pequeños ecosistemas completos. Árboles frutales antiguos, cultivos alimentarios, especies nuevas creciendo bajo sombra. Una diversidad impresionante construida sin planes estratégicos escritos, pero con décadas de conocimiento acumulado.
En nuestra última medición encontramos algo revelador: un guardia indígena que maneja sistemas agroforestales sucesionales emite cerca de una tonelada de carbono al año y puede capturar aproximadamente 46 toneladas en el suelo y en los árboles que siembra y protege.
Mientras algunos discursos políticos hablan del cambio climático, personas como Reinaldo lo están enfrentando todos los días sin nombrarlo.
Por eso la declaración del noticiero resultaba tan desconectada.
La estigmatización durante campañas políticas suele venir del oportunismo. Señalar a quienes resultan incómodos simplifica debates y evita hablar de problemas más profundos. Pero en la Amazonía esas palabras no quedan en televisión. Viajan río abajo. Aumentan riesgos. Debilitan legitimidades comunitarias.
Y eso importa porque donde existe comunidad organizada y Guardia Indígena también existen límites para intereses económicos que prefieren territorios sin control social: expansión ganadera que avanza deforestando, acaparamiento de tierras o presiones extractivas que encuentran menos resistencia cuando el territorio queda solo.
Debilitar a quienes cuidan el bosque termina debilitando al bosque mismo.
Y cuando el bosque amazónico se debilita, no pierde solo la selva. Pierde el país entero. Porque la Amazonía regula lluvias, temperaturas y ciclos climáticos que sostienen la agricultura colombiana.
Salí de la tienda pensando en la distancia enorme entre esa pantalla y la chagra al amanecer.
En medio de esta campaña electoral quizá valga la pena recordar algo sencillo: mientras los discursos pasan, hay personas que siguen levantándose cada día a sembrar árboles cuyo beneficio será colectivo.
Reinaldo no aparece en debates.
Doña María no participa en encuestas.
Pero miles de familias como ellos están sosteniendo algo esencial: el bosque que mantiene el clima que permite que Colombia siga siendo un país donde todavía se puede sembrar, vivir y esperar futuro.
Y tal vez el país debería empezar por reconocerlos antes de señalarlos.
