Por: Mauricio Torres

En la visita a nuestra Amazonía colombiana, en los territorios de las comunidades ribereñas del río Río Amazonas, comprendimos que la restauración de un bosque no inicia el día de la siembra. Comienza mucho antes: en la decisión de una comunidad de recuperar su territorio y en la voluntad de quienes entienden que todavía es posible convivir con la selva sin destruirla.

Socialización en comunidad ribereña en el Amazonas

Durante muchos años, para una familia indígena amazónica sostenerse, significaba abrir nuevas áreas de bosque llamadas chagras. Algunas familias necesitaban intervenir entre dos y tres hectáreas para garantizar el sustento durante uno o máximo tres años. Después, el suelo perdía fertilidad y era necesario avanzar hacia otro lugar. Con el tiempo, esta presión fue transformando el paisaje y debilitando la relación armónica que antes existía entre las comunidades y el territorio.

Hoy varias familias han comenzado a reducir considerablemente esa presión sobre el bosque, manteniendo producción en áreas más pequeñas y recuperando prácticas tradicionales de manejo. No ha sido únicamente resultado de la academia ni de proyectos externos; en gran parte ha significado volver la mirada hacia atrás, escuchar nuevamente a los abuelos y recuperar conocimientos que durante generaciones permitieron vivir del bosque sin agotarlo.

Ahí comienza realmente la restauración.

Antes de hablar de plántulas, herramientas o terrenos, es necesario llegar a las comunidades, conversar con sus líderes, escuchar a los curacas, caminar el territorio junto a la Guardia Indígena Ambiental y comprender cómo cada familia entiende el bosque. En muchas comunidades el deseo de recuperar áreas degradadas ya existe; lo que hace falta es acompañamiento, organización y continuidad.

Días antes de cualquier jornada de siembra iniciamos largas caminatas hacia el “centro”, como llaman las comunidades a las zonas más profundas del bosque. Allí buscamos árboles madre y, bajo su sombra, pequeñas plántulas que han germinado naturalmente. No se extraen de cualquier manera. Cada una se retira cuidadosamente para proteger sus raíces y evitar que el estrés del traslado afecte su crecimiento. Los mayores enseñan que una plántula debe tratarse con respeto porque representa una vida que continuará lejos de su árbol de origen.

Jornada de siembra

Mientras algunos realizan esta búsqueda, otras familias recorren los terrenos donde se realizará la reforestación. No se trata únicamente de escoger un espacio vacío o un bosque degradado. El área debe reunir condiciones adecuadas, contar con una familia comprometida con el cuidado posterior y coincidir con la temporada apropiada de siembra, generalmente durante las épocas de lluvia. Cada plántula tendrá seguimiento y protección por parte de las y los guardias indígenas.

Cuando el terreno corresponde a un bosque degradado, primero se realiza limpieza y manejo de vegetación competidora. Si la siembra se desarrolla dentro de una chagra aún productiva, el trabajo es diferente: se despejan pequeños espacios procurando no afectar cultivos tradicionales como yuca, plátano o ají. La reforestación no busca reemplazar la chagra, sino integrarse a ella mediante especies nativas que permitan recuperar cobertura, diversidad y alimento para las futuras generaciones.

Con las plántulas listas y el terreno preparado, todavía falta algo importante: preparar el cuerpo y la mente.

Recorrido con plántulas

En las comunidades amazónicas la siembra también tiene un sentido espiritual. Antes de iniciar, los abuelos realizan palabras de orientación y agradecimiento a la madre tierra. Se busca entrar al bosque con tranquilidad, dejando atrás pensamientos negativos y recordando que el territorio no pertenece al hombre; es el hombre quien pertenece al territorio. Compartimos bebidas tradicionales que ayudan a soportar el calor y la humedad de la jornada, mientras entre todos se organizan los alimentos para los días de trabajo.

La noche anterior a la siembra nos reunimos para organizar cada detalle. Se distribuyen las plántulas según sus tipos: maderables, frutales o palmas. También se revisan las distancias adecuadas entre especies para garantizar que cada árbol tenga espacio suficiente para crecer sin afectar los cultivos de pan coger ni competir excesivamente entre ellos. Muchas veces estas decisiones combinan conocimiento técnico y experiencia ancestral. Los mayores saben qué especies deben crecer juntas, cuáles atraen fauna y cuáles ayudan a recuperar más rápido el suelo.

Con los primeros rayos del día comienza el recorrido hacia el área de reforestación. Algunas veces los niños acompañan la caminata observando en silencio cómo los mayores orientan el trabajo. En el terreno cada grupo asume una tarea distinta. Unos avanzan abriendo huecos amplios para facilitar el desarrollo de las raíces; otros transportan y acomodan cuidadosamente las plántulas. También están quienes enseñan a los más jóvenes cómo sembrar correctamente: la profundidad adecuada, la presión correcta sobre la tierra y la importancia de proteger la raíz para garantizar la sobrevivencia.

Mientras tanto, otro grupo instala estacas de señalización que luego son marcadas con cintas de colores. Estas señales permiten identificar las especies y advertir a otras personas de la comunidad que allí existen plantas jóvenes que deben protegerse. Puede parecer un detalle pequeño, pero reduce pérdidas por pisoteo o limpieza accidental y facilita el monitoreo posterior.

Estacas de señalización

Dependiendo del tamaño del terreno y del número de participantes, la siembra puede extenderse durante varios días. Son jornadas largas, húmedas y agotadoras, pero también profundamente comunitarias. Al mediodía todos se reúnen para compartir alimentos preparados colectivamente. En esos momentos el trabajo se transforma en conversación: aparecen historias antiguas, enseñanzas sobre plantas medicinales, recuerdos de los abuelos y también anécdotas sencillas que terminan en risas, como la caída de algún compañero en el camino o la carrera improvisada para escapar de avispas alteradas por el movimiento en el bosque.

Sin embargo, la restauración no termina cuando se siembra el último árbol.

Después de la jornada inicia otro trabajo menos visible pero igual de importante: el seguimiento. Cada plántula es registrada y georreferenciada para facilitar su monitoreo. Durante los meses siguientes se realizan visitas periódicas para evaluar crecimiento, adaptación, mortalidad y necesidad de resiembra. También se realiza seguimiento satelital para observar cómo cambia la cobertura vegetal con el paso de los años y cómo el bosque comienza lentamente a recuperar su estructura.

Este proceso permite comprender que la reforestación no significa únicamente sembrar árboles, sino acompañar la recuperación del bosque. Muchas plantaciones fracasan porque se abandonan después de la fotografía inicial o porque los proyectos financian solamente la jornada de siembra, pero no el mantenimiento posterior. Sin monitoreo, reposición y cuidado continuo, la sobrevivencia disminuye rápidamente.

Restauración de bosques tropicales

Lo que falta en muchos procesos no es voluntad, sino enfoque integral. Se requiere unir criterios ecológicos, logística adecuada, participación comunitaria y seguimiento permanente. También es necesario valorar y documentar mejor los conocimientos locales: los calendarios tradicionales, las formas de seleccionar especies, las prácticas de cuidado y las enseñanzas de los mayores.

La restauración amazónica no fracasa por sembrar pocos árboles, sino por olvidar que el bosque es un sistema vivo y complejo. Reforestar puede ser una actividad de un día; restaurar exige años de trabajo, paciencia y responsabilidad compartida.

Y quizás esa sea la lección más importante que dejan estas jornadas comunitarias: el bosque no se impone, se acompaña.

Cada plántula sembrada representa mucho más que un árbol nuevo. Representa una decisión colectiva de cuidar el territorio, recuperar la memoria de los abuelos y enseñar a las nuevas generaciones que todavía es posible vivir con el bosque sin destruirlo.

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