No vamos a explicar el Amazonas con economía

Por Segio Martínez

sergio.martinez@fucaicolombia.org

Los zapatos chicos

Tenía un año la primera vez que entré a una comunidad indígena. No me acuerdo, claro. Lo que recuerdo es algo que vino después, varios años después, en otro viaje. Mis papás iban a La Chorrera, Amazonas, a acompañar el trabajo de un colegio del pueblo Uitoto: asesoría en etnoeducación para que la enseñanza fuera pertinente al territorio, gestión para legalizar la tierra donde estaba el colegio, trámites ante el Ministerio de Educación para que fuera reconocido. Yo iba con ellos. Me habían comprado unos zapatos para andar por allá durante el mes que íbamos a estar. Los zapatos me quedaron chicos a la semana —así crecen los pies de los niños— y no había a dónde ir a cambiarlos. No tuve más remedio que andar descalzo.

Al comienzo sufría. Mis pies no estaban acostumbrados, y los demás niños sí podían correr. Yo me quedaba atrás, vigilando dónde pisaba, midiendo el terreno con miedo. De noche mis papás me sacaban espinitas con un alfiler. A los pocos días, sin que yo decidiera nada en particular, mis pies aprendieron. Empecé a correr con los otros. Aprendí a leer el suelo con la planta del pie en vez de con los ojos.

El colegio funcionaba en una casa enorme. Años después me enteré de que esa casa había sido uno de los epicentros del genocidio cauchero —miles de muertos en sus pasillos y en los ríos cercanos, capital inglés financiando la operación, una empresa peruana ejecutándola—. Casa Arana se llamaba. La habían convertido en colegio porque algo había que hacer con un edificio así. Pero los niños del pueblo Uitoto que estudiaban ahí cargaban sin saberlo —y a veces sabiéndolo— una historia que ningún currículo del Ministerio iba a explicarles. El trabajo de mis papás era, en parte, ayudar a que ese currículo cambiara. Yo no entendía nada de eso entonces. Para mí era el lugar donde estaban mis amigos y donde aprendí a correr descalzo.

Cuento esto porque es lo más cerca que estoy de explicar de dónde sale esta serie. No de un seminario. No de un descubrimiento académico. De unos pies que tuvieron que aprender otra forma de pisar.

La risa en el salón

Años más tarde, en otro colegio, en una ciudad, una profesora pidió que cada uno pasara al frente y contara en qué trabajaban sus papás. Cuando me tocó, dije que mis papás trabajaban en el Amazonas con las comunidades indígenas, y dije —no sé por qué se me ocurrió eso y no otra cosa—que en el Amazonas había serpientes muy venenosas. Mis compañeros se rieron. Dijeron que estaba loco, que me lo estaba inventando, que eso no era un trabajo.

Esa risa la entendí mucho después. No era crueldad de niños. Era la risa de un país entero que no sabe qué hacer con la información de que en su propio territorio pasan cosas que no encajan en el imaginario de “trabajo serio”. Si tus papás no son ingenieros, médicos, comerciantes o funcionarios, lo que hacen no se cuenta. Y si lo que hacen tiene que ver con indígenas, peor: eso es ONG, eso es sentimentalismo, eso es —en el lenguaje que después aprendí en la universidad— externalidad.

Lo que aprendí en la universidad y lo que tuve que reaprender

Estudié finanzas y comercio exterior. Después, marketing. Aprendí a manejar el vocabulario que aquí me toca usar con todo su peso: portafolio, riesgo, tasa de descuento, externalidad, cadena de valor, valor percibido, posicionamiento, intangibles. Lo aprendí bien. Lo defiendo cuando hay que defenderlo, porque sé lo que hace.

Pero hubo un momento en el que algo dejó de cerrar. No fue una clase. Fue una película: Margin Call. Una noche en una sala de cine donde un grupo de banqueros pasa unas horas decidiendo si va a hundir a sus clientes para salvarse a sí mismo, y lo deciden, y no se hunden. Salí del cine con la sensación —que los años me han ido confirmando— de que buena parte de lo que se hace en finanzas no es resultado de comprobación rigurosa sino de inercia. Cosas que se hacen porque siempre se han hecho así. Modelos que se aplican porque están en el syllabus. Decisiones que parecen técnicas y son, en el fondo, gestión de la propia carrera.

Por esos años apareció también un profesor chileno —de los que iban contra la corriente, esos profesores raros que cualquier formación necesita y no siempre tiene—. Él me enseñó a Manfred Max-Neef. Desarrollo a escala humana, las nueve necesidades fundamentales, la idea de que el desarrollo se mide en satisfactores, no en PIB. Después fui a la biblioteca de mis papás y encontré el resto. Empecé a leer a economistas que en mi facultad no aparecían porque no eran rentables para nadie en el sentido en que rentable se define en mi facultad.

Y entonces algo se volvió incómodo. Yo había crecido viendo, sin saber que estaba viendo, sistemas económicos completos funcionando en chagras, malocas, asambleas y cocinas. Sistemas que no eran “informales”, no eran “preindustriales”, no eran “subdesarrollados”. Eran otros sistemas. Con su propia lógica. Con sus propios indicadores. Con su propia teoría —aunque nadie en mi salón los habría llamado teoría—. Y en mi facultad esos sistemas, cuando aparecían, aparecían como ejemplo simpático, como folclor económico, como caso curioso al final de un capítulo. Nunca como autoridad. Nunca como interlocutores legítimos de Adam Smith o de Keynes.

Aquí me toca decir algo desde mi formación financiera, y lo digo con todas las letras: la economía dominante no opera por comprobación. Opera por inercia. Sus paradigmas centrales —el crecimiento como fin, el descuento del futuro, la separación entre economía y política, la idea de que el mercado encuentra precios eficientes— no son verdades comprobadas. Son supuestos heredados que ya nadie revisa porque hacerlo cuesta carrera. Y cuando esos supuestos se mezclan con política, como pasa hoy en buena parte del continente, se vuelven dogma. El reduccionismo financiero por un lado y el desarrollismo rural por el otro funcionan exactamente así: no como tesis a debatir sino como artículos de fe que cualquier crítica vuelve hereje.

El plato y el gobernante

Mi mamá repite una frase que vale toda esta serie: a un gobernante hay que juzgarlo por el plato que comen sus gobernados. No por su PIB, no por su prima de riesgo, no por sus rankings de competitividad. Por lo que come la gente que vive bajo su gobierno.

Es una frase que parece de cocina y es de economía política. Pone el resultado por encima del modelo. Obliga a mirar lo concreto. Ridiculiza, sin necesidad de adjetivos, a los presidentes que niegan el cambio climático mientras sus territorios se queman, a las empresas que reportan utilidades trimestrales mientras destruyen los suelos sobre los que se paran, a los gobiernos que importan ultraprocesados a comunidades que tenían sus propios sistemas alimentarios. La pregunta es siempre la misma: ¿qué está comiendo la gente? ¿Cómo? ¿De dónde sale lo que come? ¿Quién se queda con el margen?

Latinoamérica, con sus recursos, con su capital humano, con su capacidad probada de adaptarse a lo que sea, no logra entrar como jugador relevante al tablero global. Las explicaciones que se nos ofrecen suelen ser dos: o nos faltan reformas, o nos sobra Estado. Ninguna de las dos resiste un examen serio. Lo que falta —y la serie va a sostener este argumento pieza por pieza— es poner a prueba teorías que se aplicaron durante décadas como si fueran ciencia, sin que nunca cumplieran lo que prometían. Teorías que tienen costos que no se contabilizan, beneficiarios que no se nombran, fracasos que se traducen siempre como “el país no estaba listo”.

Lo que esta serie no va a hacer

No va a explicar el Amazonas con economía. Eso se ha hecho por décadas y los resultados están a la vista: el Amazonas reducido a “capital natural”, a “servicios ecosistémicos”, a “activo estratégico”, a “región de oportunidad”. Cada una de esas categorías es un intento de meter al territorio en una caja que no le queda, igual que aquellos zapatos que me quedaron chicos a la semana. Lo que se hace después con el territorio reducido a esas categorías está documentado: extractivismo verde, créditos de carbono mal diseñados, proyectos de cooperación que llegan con buenos modales y se van con los datos.

Tampoco va a hacer lo contrario, que es la otra trampa. No va a pintar a las comunidades como si fueran perfectas. No va a decir que en las chagras no hay conflicto, que en las asambleas no hay disputas de poder, que en los territorios indígenas no hay desigualdades, errores, decisiones malas. Las comunidades con las que crecí no son museos de virtud. Son sociedades, con todo lo que eso implica: aciertos, tensiones, debates abiertos, contradicciones que ellas mismas saben nombrar mejor que nadie. Idealizarlas es otra forma de no tomarlas en serio. Tomarlas en serio es lo que esta serie se propone.

Lo que sí va a hacer es lo siguiente: a lo largo de aproximadamente veintidós piezas, tomar conceptos centrales de la economía contemporánea —el portafolio, la tasa de descuento, los activos intangibles, los commons, la cadena de valor, el branding territorial, el etnoturismo, los créditos de carbono, los indicadores de bienestar— y ponerlos a conversar con sistemas económicos amazónicos que llevan operando, sin nuestro permiso ni nuestra teoría, mucho más tiempo que cualquier escuela económica vigente. La conversación no va a ser cortés en todos los casos. En algunos, la categoría occidental va a salir más pobre de lo que entró. En otros, va a aprender algo. En otros más, va a tener que reconocer —como Elinor Ostrom tuvo que reconocer, ya tarde— que lo que estaba describiendo como hallazgo lo sabía un montón de gente desde hacía siglos.

Volver a los pies

Hay una imagen que me sigue acompañando, ya cuando vuelvo al territorio. Veo a los niños correr descalzos por los caminos del resguardo y me acuerdo de mis pies de entonces. De cómo aprendieron, sin teoría, a leer el suelo. De cómo dejaron de necesitar zapatos no porque despreciaran los zapatos sino porque encontraron otra manera de pisar.

Esta serie es eso. Un intento de pisar la economía con los pies que aprendí a tener en el territorio, después de haberlos forzado durante años en zapatos que me apretaban. No es un rechazo de las herramientas que me enseñó la universidad: es el reconocimiento de que esas herramientas, usadas sin el suelo, pinchan. Y de que hay otro suelo, y otras formas de pisarlo, que llevan milenios funcionando y que esta cultura nuestra —tan segura de sí misma, tan corta de pruebas— hizo todo lo posible por no ver.

A esa risa de mis compañeros del salón, que no era de ellos sino del país que los educaba, le contesto esta serie. No con indignación —ya pasó el tiempo de eso—. Con análisis. Con datos. Con territorio. Con nombres propios.

Y con los pies en el suelo.

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