A ti te da igual la COP, a ellos no. Drogas, madereros y sangre: la última patrulla de los Guardianes de la Selva.
Por
Héctor Estepa. San Martín de Amacayacu (Amazonas)
23/11/2025 - 05:00
EC EXCLUSIVO
La casa de Jairo Vargas es una construcción de dos pisos de madera desnuda abierta a la inmensidad del Amazonas. Apenas se ha disipado la neblina que ha cubierto la espesura durante la noche y se ha filtrado algo de luz entre los árboles cuando las pisadas del corpulento indígena ticuna comienzan a retumbar sobre el vetusto y ajado material, ennegrecido con el paso de los años, efecto también de los medios escasos para mantener el esplendor de la madera recién cortada.
Son las siete de la mañana y Jairo se prepara para salir a patrullar. Se pone las botas de agua, anuda con delicadeza una pañoleta a su cuello, se cuelga su machete y recoge de un estante su bastón de mando. Sobre una mesa, dentro de una caja, guarda como oro en paño un pequeño walkie talkie. No sale de la casa sin antes hablar con sus compañeros.
Jairo es coordinador de la guardia indígena de su resguardo. Tiene a su mando a más de 360 personas a lo largo de una veintena de comunidades en Aticaya. La reserva comprende 171.000 hectáreas del Amazonas colombiano y está situada en la zona del trapecio amazónico, donde confluyen las fronteras de su país, Brasil y Perú.
Son la primera línea de defensa de la mayor selva húmeda del mundo y el principal escudo de conservación de la biodiversidad. Ponen la cara y el cuerpo ante los actores armados y no armados que amenazan su territorio, un ecosistema básico para el equilibrio climático del mundo y a la vez amenazado por narcotraficantes, madereros, mineros ilegales, la sobrepesca y la trata.
Foto Héctor Estepa
"Nosotros hacemos control territorial. Hacemos vigilancia en los ríos y lagos, a las personas que llegan a destruir", dice el indígena ticuna, mientras abre la puerta de madera de su casa y se cuela en toda la estancia la luz de la mañana.
Jairo recorre unos pocos metros por su caserío, San Martín de Amacayacu, antes de encontrarse con un puñado de compañeros guardias, también preparados con su machete (no van armados, salvo con ese elemento básico para la supervivencia en la selva) y su bastón de mando que indica que forman parte de la autoridad indígena.
La mayoría son más jóvenes que el coordinador, de 45 años, pero también hay guardias de avanzada edad y algunos menores. Son hombres y mujeres. Todos prestan mucha atención a sus indicaciones. Ese día harán una patrulla por los afluentes cercanos para comprobar si alguna persona ajena se ha metido en el territorio. Caminarán también entre las casas de madera de San Martín, a través de sus intrincadas veredas sobre pasto verde y barro, para ver si hay algún enfermo o una disputa que haya que dilucidar. Finalmente comprobarán el estado de sus chagras, los espacios indígenas de cultivo.
Así velan por la naturaleza mientras en la desembocadura del Amazonas, en Belém do Pará, al norte de Brasil, se reúnen dignatarios y expertos climáticos de todo el mundo en el marco de la COP 30.
Tanto los indígenas de San Martín como las organizaciones que les dan apoyo tienen pocas esperanzas puestas en esa cumbre.
Foto Héctor Estepa
Denuncian que las voces indígenas no son escuchadas cuando la evidencia científica ha certificado que una de las vías más efectivas y también baratas para lograr la conservación de la amazonía es precisamente demarcar y resguardar territorios indígenas. Dar poder a los pueblos que habitan en Amazonas es la vía más eficaz para reducir "significativamente" la deforestación y los incendios, según un estudio publicado en 2024 en la revista Nature.
Y es que proteger la naturaleza no es fácil ni tampoco seguro para los indígenas en territorios tradicionalmente abandonados a su suerte por los respectivos estados.
Los guardias socioambientales del Amazonas tienen que vérselas cara a cara en muchas ocasiones con actores violentos.
En San Martín preocupa especialmente el narcotráfico. El resguardo de Aticoya, del que hace parte, está encajonado entre dos importantes corredores de droga. Uno está situado al sur, porque la porción amazónica de Perú en la triple frontera se ha convertido en los últimos años en el principal epicentro de la droga que produce el país vecino. Las hectáreas cultivadas en esas comunidades se han llegado a triplicar desde 2018. Otro está situado al norte, porque en la región colombiana del Putumayo se han multiplicado también los cultivos y los intrincados afluentes que llevan al Amazonas son perfectos para ocultar el tráfico.
A las comunidades del río llegan en algunas ocasiones actores que trafican con drogas, no solo en labores de tránsito, sino también de reclutamiento, y los guardias se ven obligados a afrontar esas situaciones.
Foto: Héctor Estepa
"Nosotros estamos en una línea de trayectos. Como guardias indígenas no queremos tener choque con ellos pero sí que nos consulten. Que no nos toquen a los jóvenes más que todo, porque los jóvenes son débiles y de pronto a veces les pagan y les convencen incluso con drogas y nosotros como autoridad no queremos eso", señala Jairo.
"A veces me da miedo. Hay que hablar bonitamente con ellos, pero es algo muy peligroso y que no nos compete a nosotros, aunque tampoco queremos que se nos metan en las comunidades", añade el indígena ticuna mientras supervisa una suerte de torre de vigilancia que han construido en la ribera del río con madera desnuda, una muy humilde joya de la corona de su grupo de vigilantes de la selva.
En resguardos como el suyo siempre han existido personas que velaban por el bien de la comunidad, y hace dos décadas se revitalizó e institucionalizó la guardia indígena bajo el amparo de la Constitución colombiana de 1991, que recoge el derecho de las comunidades indígenas a organizar políticamente el territorio y la comunidad. Varios tratados internacionales también los reconocen.
No tienen, eso sí, elementos para enfrentar a los actores armados más que la palabra y el poder de la comunidad. Cualquier problema de índole mayor ha de ser resuelto por las autoridades estatales en zonas donde la institucionalidad no ha logrado penetrar históricamente.
Entre los guardias indígenas reconocen que evitar la entrada de narcotraficantes, madereros y mineros ilegales es complicado por la falta de financiación. No solo porque carecen de medios básicos para el patrullaje como canoas y combustible, sino porque su trabajo es voluntario y los guardias necesitan dinero para mantener a su familia. Algunas personas de sus comunidades son convencidas para colaborar con esos actores ilícitos por la precariedad económica.
Su temor, además, está sustentado. Al menos 70 guardias indígenas han sido asesinados en toda Colombia en la última década.
Por eso una de las mayores exigencias que los indígenas han trasladado a la COP es acceso a financiación para poder proteger efectivamente la selva y a la vez llevar un plato de comida a sus casas.
Aseguran que se les está dejando a ellos el grueso de la responsabilidad de defender el pulmón del planeta.
"Nosotros somos padres de familia y tenemos hijos que de pronto se ven sin nada y es difícil convencerlos de trabajar la cosa legal, porque no hay un beneficio y lo necesitamos. Ellos nos dicen ‘pa, entonces ¿Por qué hacemos este trabajo?’ Eso es algo muy duro para nosotros", asegura Jairo.
Han reclamado también, por medio de una flotilla multinacional formada por 5.000 indígenas amazónicos que llegó a Belem tras recorrer más de 3.000 kilómetros del Amazonas, un mayor avance en la demarcación y la protección de los territorios indígenas.
En Colombia se han dado avances recientes -en 2024 se amplió el territorio de cuatro resguardos indígenas amazónicos en más de 169.000 hectáreas- pero los indígenas consideran que queda mucho camino por recorrer.
"Nosotros necesitamos ser más reconocidos en el derecho participativo ante el Estado colombiano para poder desarrollar nuestra economía y organizarnos bien", dice Orlando Noriega, curaca de la comunidad de San Martín de Amacayacu, o lo que es lo mismo, líder elegido por los indígenas por un periodo de tiempo específico.
Él también es, a la vez, guardia indígena, y reclama a quienes estos días negocian en la COP que haya protección para los defensores del Amazonas, otra de las exigencias también de quienes recorrieron el río para acudir a la cumbre de Belém.
Reconoce la amenaza en su territorio no solo del narcotráfico sino también de la minería ilegal, una gran preocupación porque no tiene que estar teniendo lugar ni siquiera cerca de la aldea para que los habitantes de la comunidad resulten afectados: el mercurio utilizado en esa actividad baja por los afluentes y acaba siendo ingerido por personas y animales.
Él también ha tenido que hablar con actores que realizan actividades ilegales. "Nosotros hacemos asambleas para que cada uno se quede en sus espacios. Si ellos quieren seguir en lo que hacen no pueden estar dentro de la comunidad", asegura, después de haber celebrado una charla informativa con sus vecinos en la maloca de la aldea, una monumental estructura de madera, de planta rectangular, que sirve como lugar de reunión en cada caserío amazónico.
Después de esa cita, muy temprano en la mañana, el grupo se une a los guardias en una "minga", como se conoce entre los indígenas un día de unión para hacer algún trabajo comunitario en el que se necesitan muchas manos.
Alrededor de medio centenar de personas caminan por la selva bajo la amenaza de la lluvia, entre la humedad, cruzando quebradas, y apartando ramas con sus machetes hasta llegar a una zona de chagras, los cultivos de los pueblos amazónicos. En sus manos han portado durante todo el camino decenas de plántulas que van a sembrar para reforestar la selva y también para producir su propia madera.
Jairo lidera la operación de siembra, organizando pequeños grupos y difundiendo la importancia de la operación. "Un guardia que no tenga cultivo para nosotros no es autoridad", asegura el corpulento guardia.
No lo hacen solos y, a falta de mayor presencia estatal, dependen de la asistencia de las oenegés. El esfuerzo en esta siembra en particular es, por ejemplo, parte de una iniciativa promovida por la Fundación Caminos de Identidad (Fucai), una organización colombiana en defensa de los pueblos indígenas que busca aportar mejorando la cobertura forestal en áreas degradadas y que ha logrado la siembra de más de un millón de plántulas en los últimos tres lustros en el Amazonas colombiano.
También ellos son escépticos en los resultados de la COP. "No asistimos directamente esta vez porque ya hemos estado en varias y en los encuentros de los presidentes del área amazónica y son actos masivos que no producen resultados medibles a pesar de las declaraciones y compromisos de buena voluntad", señala Ruth Chaparro, directora ejecutiva de esa organización.
Foto: Héctor Estepa
Esas mingas forman parte también de la identificación cultural de las comunidades. Otro de los reclamos indígenas a los líderes mundiales reunidos en Brasil es que se escuche a los indígenas y que en las estrategias de conservación se tenga presente su conocimiento.
El factor sociocultural es importante para la guardia. "Nosotros no no podemos dejarnos completamente en manos de otras personas que no tienen nuestra visión del territorio. Dependemos de la cacería, dependemos de las chagras. Eso no se puede contaminar simplemente por un recurso, o dejarlo todo muy abierto a gente que tiene mucho dinero, porque sabemos que, de pronto, aquí vendría la ganadería extensiva. Habría minerías ilegales y cosas que podrían dar incumplimiento a las normas y sobrepasarnos", dice el curaca Orlando.
Creen que es importante que a los niños se les enseñe en la escuela cómo sobrevivir en su entorno. "Los pequeños tienen que formarse aprendiendo cómo se hace una canoa, cómo pescar, cómo hacer una casa. Hemos perdido nuestros vestuarios, pero queremos rescatar la cultura", añade el líder de la comunidad.
La tarde ya caía sobre San Martín de Amacayacu nublada y apenas con los últimos rayos de sol se desata una tremenda tormenta. El concierto natural hace retumbar incluso las maderas de las casas de la aldea antes de que un torrente de agua caiga durante toda la noche. Sin esos aguaceros, el Amazonas no podría ser el mayor sumidero de carbono del mundo.
Parte del mundo científico cree que la amazonía podría estar a apenas dos décadas del punto de no retorno, el momento de que la selva llegue a perder su poder de auto regeneración y se vaya transformando en sabana.
Los rayos recuerdan el poder de la naturaleza, pero también lo dependiente que es el planeta a que esas lluvias continúen cayendo regularmente en esa zona del mundo, y no se espacien, para la estabilidad del clima global. Los indígenas que pueblan la Amazonía reivindican un rol más amplio para conservarla.
La casa de Jairo Vargas es una construcción de dos pisos de madera desnuda abierta a la inmensidad del Amazonas. Apenas se ha disipado la neblina que ha cubierto la espesura durante la noche y se ha filtrado algo de luz entre los árboles cuando las pisadas del corpulento indígena ticuna comienzan a retumbar sobre el vetusto y ajado material, ennegrecido con el paso de los años, efecto también de los medios escasos para mantener el esplendor de la madera recién cortada.
