AMAZONAS · LA GUAJIRA · CAUCA · VICHADA
Temporada III · El gobierno de la casa
Fany Kuiru Castro
Abogada · Coordinadora General de la COICA, pueblo uitoto, clan Jitomagaro.
Tres palabras que lo contienen todo: la historia de exterminio, la voluntad
de resistencia y la victoria de estar vivos. Centenario del genocidio cauchero 2012
Soy hija del tabaco, la coca y la yuca dulce. Soy hija del sol y del río Igaraparaná. Y por eso, cuando hablo de FUCAI, no hablo de una fundación que llegó a ayudarnos: hablo de un aliado que caminó con nosotros el trecho más difícil, ese en el que un pueblo aprende a mirar de frente su propia herida y, en lugar de morir en ella, decide convertirla en fuerza.
Durante más de un siglo cargamos un canasto que no se podía destapar: el Canasto de la Tristeza. Dentro estaba lo innombrable. Estaba la Casa Arana, la empresa del caucho que convirtió nuestros ríos —el Igaraparaná, el Caraparaná, el Cahuinarí, el Caquetá, el Putumayo— en un territorio de muerte. Estaban los latigazos, el cepo, las hogueras, los niños arrancados de los brazos de sus madres, los cuerpos que quedaron sin sepultura en la selva. Estaban los cuarenta mil muertos que contaron los ingleses con sus números fríos, y los setenta mil, los cien mil que contamos nosotros con nuestro dolor, porque la barbarie siguió veinte años más después de que ellos dejaron de contar. Cuando en 1934 levantaron el primer censo en La Chorrera, apenas quedamos ciento sesenta y dos personas donde antes vivían decenas de miles. De esa dimensión fue el exterminio.
A ese árbol lo llamamos el árbol que llora. El caucho lloró savia blanca que para Europa fue riqueza, poder, ropa mandada a lavar hasta Londres; y para nosotros fue sangre, orfandad y silencio. Porque el olvido también mata. Colombia nos había dejado en el olvido, y el olvido de un país sobre sus pueblos es otra forma de la muerte.
“Pero los hijos del tabaco, la coca y la yuca dulce no vinimos a este mundo a desaparecer. Vinimos a permanecer.”
Cien años después, con el acompañamiento de FUCAI, decidimos hacer memoria. No para quedarnos llorando, sino para llorar por fin a nuestros muertos —que durante un siglo no habíamos podido llorar— y luego cerrar el Canasto de la Tristeza para siempre. Levantamos la memoria viva como un grito: el grito de los hijos del tabaco, la coca y la yuca dulce. Un grito que no pide venganza, sino que recuerda al mundo lo que jamás debe repetirse contra ningún pueblo ni contra ningún ser humano en ninguna parte de la Tierra.
En esa conmemoración del centenario, sobre las paredes mismas de la que fue la Casa Arana, se pintó el gran mural de Santiago y Rember Yahuarcani, artistas de nuestra propia sangre amazónica. En sus colores de sueño y manigua quedaron plasmados los tres tiempos de nuestra historia: el antes, el durante y el después del horror. Ese mural dice, sin una sola palabra, lo que somos capaces de hacer con el dolor: convertirlo en arte, en pensamiento, en futuro. El pueblo perdura. El arte sostiene la vida.
Y para que la memoria no fuera solo palabra sino también rostro y mirada, hicimos la Galería de la Memoria, «100 años después», con el fotógrafo Julián Lineros. Allí quedaron las caras de los sobrevivientes y de sus nietos, la prueba de que seguimos aquí, de que la Casa Arana ya no es la casa de la muerte.
También quisimos que nuestra verdad viajara más allá de la selva, que llegara a los ojos del país y del mundo. Por eso, en alianza con el programa Contravía, realizamos la producción audiovisual «El genocidio del oro blanco», donde quedó registrado para siempre lo que la historia oficial había callado durante un siglo. El caucho fue llamado el oro blanco; nosotros pusimos rostro y voz al precio humano de esa riqueza.
Y dimos un paso que nuestros ancestros no pudieron dar: viajamos a reunirnos con el gobierno inglés para pedir la reapertura del caso, buscando verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Porque la Casa Arana no fue solo peruana ni solo colombiana: fue la Peruvian Amazon Company, con sede en Londres, con capital inglés, y los gobiernos de Colombia, Perú e Inglaterra supieron lo que ocurría y no lo detuvieron. Fuimos, entonces, a decirle a Inglaterra que la deuda sigue abierta, y que un pueblo con memoria no se conforma con el silencio de los poderosos.
Porque el milagro que hemos obrado juntos es este: la casa de la muerte se reconstruyó en casa del conocimiento, pasamos de la Casa Arana al Colegio Casa del Conocimiento. Donde hubo cepo, hoy hay aula. Donde hubo látigo, hoy hay lengua materna enseñándoles a los niños. Donde quisieron borrarnos, hoy formamos maestros.
Ese día dejamos de ser solamente víctimas. Ese día nos reconocimos victoriosos: porque para nuestros pueblos, sobrevivir ya es la primera victoria, y permanecer con identidad es la victoria definitiva.
Con el apoyo técnico de FUCAI también recuperamos las 802 hectáreas del Colegio que aparecían como propiedad de la Caja Agraria y de esta manera ampliamos y saneamos el gran Resguardo Predio Putumayo, el mayor del país, el territorio donde miles de nuestros ancestros entregaron la vida. Recuperar ese suelo fue devolverle sentido a su sacrificio: la tierra que fue regada con su sangre hoy es nuestra, es autonomía, es casa.
Y en el trabajo de cada día, FUCAI sigue siendo nuestro aliado. Lo es en la generación de ingresos para las mujeres indígenas cabeza de familia, a través de la Casa de la Mujer. Lo es en la defensa de los enfermos que remiten a las ciudades, a quienes hemos acompañado para garantizarles atención médica, transporte, medicamentos, albergue y acompañantes bilingües, salvando así muchas vidas y despertando conciencia en la sociedad dominante sobre los derechos que tenemos como pueblos. Lo es en la soberanía alimentaria, recuperando suelos, semillas nativas, chagras de pancoger, frutales y maderables en la frontera con Brasil y Perú, para la pervivencia y la autonomía de nuestros pueblos. Lo es en el cuidado de nuestros niños, enfrentando la mortalidad y la desnutrición con programas que comprometen a las autoridades indígenas y a los padres de familia contra el hambre y la dependencia. Y lo es en la educación propia: en cada río hay maestros indígenas formados por FUCAI, y las cartillas y textos que hicimos juntos, con participación de las comunidades, hoy enseñan en las escuelas nuestros idiomas y nuestras culturas.
Hacemos memoria porque si la humanidad no aprende sobre los hechos, va a repetir la historia. Nuestros muertos podrán descansar en paz solo si su muerte contribuye a que la humanidad aprenda lo que jamás debe permitir ni repetir. Esa es la ofrenda que les debemos: que su dolor se convierta en lección para todos los pueblos de la Tierra.
Por eso digo, con la voz de mi pueblo y desde la coordinación de la COICA, que representa a los pueblos indígenas de los nueve países de la cuenca amazónica: FUCAI, después de 35 años, continúa fortaleciendo la identidad de los pueblos indígenas, para que sigamos siendo lo que somos.
