La campesinidad en el ADN de los colombianos
Escrito por: Ruth Chaparro
Yo soy hija del campo.
No lo digo como quien recuerda un lugar lejano. Lo digo como quien reconoce una raíz que todavía está viva.
Soy hija de Carlos Isaac Chaparro Castañeda, un hombre de origen campesino que dedicó su vida a la educación y al servicio de los campesinos. Hizo de la educación un camino de dignidad. Creyó que las comunidades rurales no necesitaban una educación de segunda categoría, sino una educación de la más alta calidad, capaz de reconocer su inteligencia, sus saberes, su cultura y su capacidad para transformar su propia realidad.
Mi padre llevó consigo la fuerza de su origen.
Y yo recibí esa fuerza.
Antes de mí estuvieron mis padres, mis abuelos (Fracisco Gómez y Matilde Suárez), mis bisabuelos, mis tatarabuelos y todos aquellos ancestros cuyos nombres quizá no quedaron escritos en los libros, pero quedaron inscritos en la tierra.
De ellos no heredé una condición de inferioridad.
Heredé una identidad.
Heredé capacidad.
Heredé fuerza.
Heredé dignidad.
Por eso me resisto a que la palabra campesino sea reducida a la expresión “pequeño productor”.
¿Pequeño frente a quién?
¿Pequeño porque trabaja una parcela y no miles de hectáreas?
¿Pequeño porque produce alimentos y no especulación?
¿Pequeño porque conoce el nombre de las semillas, los ciclos de la lluvia, los secretos del suelo y los caminos del agua?
No.
El campesinado de Colombia y de América Latina nunca ha sido pequeño.
Ha sido, muchas veces, silenciado.
Durante siglos, mientras América Latina construía sus ciudades, sus gobiernos y sus grandes economías, millones de campesinos y campesinas construían algo todavía más elemental: la posibilidad de comer.
Sembraron maíz, yuca, papa, fríjol, arroz, plátano, batata, ñame, ají, …
Criaron animales.
Guardaron semillas.
Abrieron caminos.
Cuidaron aguas.
Levantaron familias.
Sostuvieron comunidades.
Y cuando llegaron las guerras, muchas veces fueron ellos quienes pagaron el precio más alto sin haberlas provocado.
Colombia conoce demasiado bien esa historia.
Somos un país que puede tener grandes ciudades, grandes empresas y grandes carreteras, pero que sigue teniendo alma rural.
La campesinidad corre por las venas de Colombia.
Corre por las venas de quienes viven en el campo y también por las de quienes llegaron a las ciudades con una maleta pequeña, unas fotografías, unas semillas guardadas y la memoria de una finca, una vereda o un pueblo.
Corre por las manos de nuestras abuelas.
Por el modo en que cocinamos.
Por las palabras que todavía usamos.
Por las fiestas.
Por las músicas.
Por las formas de ayudarnos.
Por la manera de entender que nadie se salva solo.
Y las cifras también cuentan esta historia.
El DANE estimó para 2024 alrededor de 5,4 millones de hogares campesinos, que reunían aproximadamente 16,1 millones de personas. Y entre diciembre de 2024 y febrero de 2025, más de 11,2 millones de personas de 15 años y más se reconocieron como campesinas.
No estamos hablando, entonces, de un residuo del pasado.
Estamos hablando de una parte enorme de la Colombia de hoy.
Y Colombia finalmente comenzó a reconocerlo también en su Constitución.
El Acto Legislativo 01 de 2023 reconoció al campesinado como sujeto de derechos y de especial protección constitucional, reconociendo su dimensión económica, social, cultural, política y ambiental y su particular relación con la tierra y el territorio.
Pero una cosa es reconocer un derecho en el papel y otra muy distinta es transformar la mirada.
Porque todavía hay quienes pronuncian campesino como si dijeran atraso.
Todavía hay políticas que hablan del campesino como beneficiario, pero no como sujeto.
Todavía hay instituciones que llegan al campo llevando respuestas antes de haber escuchado las preguntas.
Todavía llamamos “pequeños productores” a quienes producen una de las cosas más grandes que puede producir una sociedad:
alimento, comunidad y vida.
Por eso hoy levanto mi voz.
La levanto desde mi propia historia.
Desde mi padre, Carlos Isaac Chaparro Castañeda, educador de origen campesino que comprendió que servir al campo significaba creer en la inteligencia y en la dignidad y en la capacidad de su gente.
Ilustración de Carlos Isaac Chaparro Castañeda
La levanto por mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos, mis tatarabuelos y por todos los que estuvieron antes.
La levanto por las mujeres campesinas que trabajaron sin aparecer en las estadísticas.
Por los hombres que hicieron producir la tierra con sus manos.
Por quienes tuvieron que abandonar el campo y llevaron consigo su memoria.
Por quienes permanecieron.
Por quienes regresaron.
Por quienes siguen sembrando.
Y la levanto también por América Latina.
Porque nuestra América no nació solamente en las capitales.
Nació también en las montañas, en las sabanas, en las selvas, en los valles, en las costas y en las pequeñas comunidades donde alguien, desde hace siglos, puso una semilla en la tierra y esperó.
Esperó la lluvia.
Esperó la cosecha.
Esperó el futuro.
Quizás esa sea una de las mayores enseñanzas del campesinado: saber trabajar para un futuro que todavía no existe.
Una semilla es eso.
Una apuesta por lo que vendrá.
Yo llevo esa semilla conmigo.
Por eso hoy, en esta Colombia que todavía tiene alma rural, levanto mi voz.
No para hablar en nombre de los campesinos.
Sino para decir, desde mi propia raíz, que yo también soy parte de esa historia.
Que la campesinidad corre por mis venas.
Que no reniego de ella.
Que no la escondo.
Que no la disminuyo.
Que no acepto que la llamen pequeña.
Porque vengo de una estirpe que aprendió a hacer grande la vida con las manos.
Y mientras esas manos sigan sembrando, mientras alguien conserve una semilla, mientras una mujer campesina enseñe a sus hijos de dónde vienen, mientras un hombre mire el cielo para saber cuándo sembrar, el campo seguirá vivo y Colombia seguirá teniendo raíces.
Y yo, hija de esa historia, seguiré levantando mi voz.
No somos pequeños productores.
Somos pueblo campesino.
Somos memoria.
Somos territorio.
Somos dignidad.
Y somos futuro.
