Mutis llegó tarde

Por Segio Martínez

sergio.martinez@fucaicolombia.org

Colombia celebra el Día Nacional de la Biodiversidad cada 11 de septiembre. Conviene mirar la fecha de cerca, porque la vida que celebramos no empezó el día en que alguien la puso por escrito.

José Celestino Mutis murió un 11 de septiembre de 1808 y por eso Colombia celebra ese día su biodiversidad, lo cual no deja de ser raro: conmemoramos la vida más desbordada del planeta en el aniversario de un entierro. El homenaje, de todos modos, es justo. Mutis se pasó veinticinco años herborizando, midiendo, peleando por la quina y montando en Mariquita un taller donde pintores criollos y mestizos aprendieron a dibujar una flor con precisión de relojero. De ahí salieron más de seis mil láminas y un herbario de unos veinte mil ejemplares, el inventario más ambicioso que se había hecho de este país.

Y aun así llegó tarde.

Llegó tarde porque muchas de las plantas que la Real Expedición Botánica bautizó en latín ya tenían nombre en tikuna, en wayuunaiki, en nasa yuwe, en sikuani. Cuántas exactamente, no lo sabemos, y ahí está parte del asunto, porque los archivos guardaron los nombres de los botánicos y casi ninguno de los baquianos que los llevaron hasta la planta. Alguien sabía cuál hoja bajaba la fiebre, cuál raíz se siembra con luna nueva y cuál árbol no se tumba porque ahí vive alguien. La Expedición hizo su propio trabajo y produjo conocimiento nuevo, eso está fuera de discusión, pero también tradujo un saber que ya existía, y la traducción se firmó sin citar la fuente.

Durante dos siglos nos contaron que la Amazonía era una selva prístina, intocada, virgen, palabra que dice más de quien la usa que del bosque que describe. La ciencia le fue quitando la razón a esa idea. Un estudio publicado en Science en 2017 analizó más de 1.170 parcelas de bosque amazónico y encontró que 85 especies de árboles domesticadas por los pueblos precolombinos tienen cinco veces más probabilidad de ser hiperdominantes que las silvestres, y que su abundancia crece justo alrededor de los sitios arqueológicos. Es decir que buena parte de la selva que hoy defendemos es obra humana, un jardín de ocho mil años sembrado por gente que no escribía en latín. El debate metodológico sigue abierto y hay que decirlo, pero la dirección en que apunta la evidencia resulta incómoda para el relato oficial, porque lo que Mutis catalogó como naturaleza salvaje era en buena medida agricultura antigua.

Ese jardín no se cerró. Se llama chagra y es una parcela pequeña, casi nunca de más de dos hectáreas, sembrada en policultivo y sincronizada con los ciclos del bosque. En las chagras Magüta del Amazonas contamos en 2024 entre 62 y 124 plantas distintas por chagra, entre yuca, plátano, ñame, batata, ajíes, frutales, maderables y medicinales, y al juntar a todas las familias del proyecto aparecieron más de 240 plantas sembradas. Cada familia mantiene además dos o tres chagras en fases distintas. Las dueñas de la chagra son las mujeres, que guardan las semillas, ensayan variedades y deciden qué se intercambia y con quién. Los hombres escogen el sitio con los mayores, abren el monte, hacen la tumba y cuidan los frutales y maderables que se dejan en pie, y en la siembra y la cosecha trabaja la familia entera. Un banco de germoplasma vivo, administrado sin nevera y sin presupuesto.

Los números también sirven, para quien desconfíe de la poesía. Colombia tiene 767 resguardos indígenas sobre unos 28,9 millones de hectáreas, el 25,3% del territorio nacional según la Agencia Nacional de Tierras, y cerca del 53% de sus bosques naturales está en resguardos, territorios colectivos de comunidades negras y zonas de reserva campesina.

Que eso sirva no es una intuición. La FAO y el FILAC revisaron más de 300 estudios de dos décadas y encontraron que la deforestación en bosques indígenas con propiedad asegurada es dos veces menor en Colombia que fuera de ellos. En la cuenca amazónica, los territorios indígenas y las áreas protegidas cubren el 52% del bioma y guardan el 58% del carbono. En Perú, titular comunidades redujo la tala en cerca de tres cuartas partes en apenas dos años.

Nada de esto autoriza a cambiar una caricatura por otra. El indígena en armonía perpetua con la naturaleza es un estereotipo, y los estereotipos resultan cómodos para todo el mundo menos para quien los carga. La evidencia dice algo más exigente y más interesante, y es que la conservación en territorio indígena depende de condiciones: tenencia segura, autonomía real, instituciones colectivas fuertes y financiación sostenida. Donde eso existe, el bosque queda en pie. Donde el título llega solo, sin gobierno propio ni capacidad de hacerlo cumplir, no alcanza.

Esas condiciones están hoy bajo presión. La deforestación nacional de 2024 llegó a 113.608 hectáreas, un 43% más que en 2023, con dos terceras partes concentradas en la Amazonía, y el dato preliminar de 2025 vuelve a subir un 6%. Los motores tampoco son los que repite el discurso de siempre, sino la ganadería extensiva, las vías ilegales y el acaparamiento de tierras. A eso hay que sumarle lo que no aparece en ninguna estadística forestal: Colombia fue el país más letal del mundo para quienes defienden el territorio durante tres años seguidos, con 79 asesinatos en 2023 y 48 en 2024, y una impunidad que supera el 94%.

El dinero, mientras tanto, viaja despacio y con escalas. Del compromiso de 1.700 millones de dólares anunciado en Glasgow para tenencia forestal, apenas el 7% del primer desembolso llegó directamente a organizaciones indígenas y cerca de la mitad se fue por intermediarios. El Fondo de Cali, nacido de la COP16, destina un mínimo del 50% a pueblos indígenas y comunidades locales; el fondo de bosques lanzado en Belém garantiza al menos un 20% directo, aunque movilizó 6.700 millones frente a una meta de 125.000. En octubre, en Ereván, la COP17 hará la primera revisión global del marco de biodiversidad. Habrá diapositivas. Ojalá haya también giros bancarios.

En la Fundación Caminos de Identidad llevamos más de tres décadas caminando con comunidades Tikuna (Magüta), Cocama y Yagua en el Trapecio Amazónico, con el pueblo Piapoco en Guainía y Vichada, con el pueblo Wayúu en La Guajira y con comunidades del Cauca. Nadie llevó allá la conservación, que ya estaba hecha y sostenida desde mucho antes. Nuestro trabajo es más modesto y muchas veces se parece a cocinar: recuperar recetas que estaban a punto de perderse, volver a sembrar en la chagra especies que se habían quedado por fuera, acompañar el monitoreo del territorio, fortalecer el gobierno propio y pelear para que la plata anunciada en las cumbres aterrice donde de verdad se decide el futuro del bosque. Buena parte del oficio consiste en sumarle ganas a un territorio que tiene todo el potencial y a gente que ya tiene las capacidades.

Yaguas- Trapecio Amazónico

Cuando decimos que nuestro centro es la periferia estamos describiendo el mapa. Ese 25% del país donde mejor se conserva la vida queda, en el lenguaje de Bogotá, “lejos”.

Las láminas de la Expedición Botánica duermen desde hace dos siglos en Madrid. Son magníficas y son, exactamente, lo que su nombre indica: plantas secas, sin savia, ordenadas por gente que ya murió.

El otro herbario sigue abierto. Está en las chagras del Amazonas, en el bosque seco que le queda a La Guajira, en las sabanas de la Orinoquía y en las montañas del Cauca. No tiene vitrina ni catálogo. Lo administran abuelas que reparten semillas y jóvenes que aprendieron a leer una alerta satelital sin dejar de leer el río, y se actualiza cada cosecha.

Por eso el 11 de septiembre no celebramos solo un inventario. Celebramos las chagras y los modos de vida que protegen la biodiversidad y que en muchos casos son la razón de que siga existiendo, y celebramos cada resguardo titulado y saneado, porque el papel bien hecho también sostiene el bosque.

Y aprovechamos la fecha para pedir lo que hace falta. A las instituciones públicas, políticas que aseguren la tenencia de la tierra, que respeten el gobierno propio y que lleguen a tiempo. A la cooperación internacional y a la empresa privada, que financien esas condiciones con menos intermediarios y con plazos que se parezcan a los del bosque y no a los de un proyecto de dos años. Nadie tiene que inventarse nada, porque ya sabemos qué es lo que funciona.

Mutis dedicó veinticinco años a nombrar lo que encontró y le debemos ese trabajo enorme, pero llegó tarde. Que haya llegado tarde quiere decir que alguien había llegado antes. Y que todavía está ahí, sembrando.

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