14 De la tiza al bastón

AMAZONAS · LA GUAJIRA · CAUCA · VICHADA

Temporada III · El gobierno de la casa

Alfredo «Lucho» Acosta

Del pueblo nasa, excoordinador nacional de la guardia indígena y exmininistro de la igualdad.


El fogón pedagógico que, junto a FUCAI, formó docentes y guardias indígenas protectores de la vida



Yo soy hijo de un pescador, Moisés Acosta, que me enseñó desde niño a ir a pescar para poder comer y para poder ir a la escuela. Y soy hijo de una guerrera, Ana Tulia Zapata, que me enseñó que uno nunca puede decir que no puede. De esas raíces grandes y fuertes vengo yo.

FUCAI llegó a mi vida en 1994, cuando yo era profesor de una escuela de niños en Toribío. Me acuerdo mucho de su símbolo: dos tulpas y una ollita. Ahí vi el fogón de mi abuela. Para mí, FUCAI se convirtió en un fogón de aprendizaje, un fogón para cocinar mejor el alimento que ya traíamos, pero al que le faltaba sazón. Fue la pedagogía, la didáctica, el aprestamiento, la motricidad fina de la enseñanza: enhebrar botones, recoger granos de maíz. Así fuimos construyendo, desde la pedagogía, la defensa de la vida en el territorio.

El 28 de mayo de 2001 se oficializó la Guardia Indígena en el norte del Cauca y las autoridades me dijeron: «Profe Lucho, deje la tiza, el tablero y coja el bastón». Mi mamá no entendía por qué un profesor nombrado iba a dejar su cargo. Yo le dije que había que abrir la escuela, salir del aula, coger un rumbo más amplio. El guardia es el maestro, el protector de la vida, el que cuida el territorio. Armé ese trabajo desde una estrategia colectiva, formativa, pedagógica y de control territorial y socioambiental: la guardia indígena.

Eran los años más duros del conflicto en el norte del Cauca. Decidimos no salir del territorio por el paramilitarismo, por el desplazamiento, y tocó consolidar esa estrategia para poder permanecer. Pero un guardia que protege la vida se vuelve amenaza para quien quiere imponer la guerra: nos han matado los distintos actores armados ilegales y legales. Todos nos matan porque defendemos la vida. Tristemente hemos tenido que sembrar a varios guardias en los mismos territorios que cuidaron con su propia vida.

Y muchas veces la sociedad no nos conoce, y por no conocernos nos estigmatiza: nos dicen «esos de los bastoncitos, esos de los palitos», como si no entendieran lo que significa cuidar el territorio sin armas. Por eso hemos tenido que reorganizarnos una y otra vez frente a esas amenazas: construir reglamentos propios, fortalecer la formación, cuidarnos entre nosotros. Hoy somos cerca de 120.000 guardias en el país; empezamos siendo apenas 7.000.

“Hay espíritus violentos que no entienden de diálogo ni de paz. Solo quieren controlar nuestros territorios por los recursos que contienen.”

Con FUCAI nos volvimos a encontrar en las escuelas de formación de guardias en el Guainía, en el Amazonas, en la Orinoquía, en La Guajira, en el Cauca, desde la Coordinación Nacional de la Guardia Indígena de la ONIC. Seguíamos enhebrando botones, dándole motricidad fina a la enseñanza, pero ahora sobre el cuidado de la vida y del territorio. Seguimos con la tiza y el tablero, pero también con el bastón. Le agregamos el bosque, las semillas, los árboles, el agua, la biodiversidad, y varios años después podemos ver miles de árboles sembrados con la fuerza colectiva de los guardias. Le agregamos también la cocina, porque somos guerreros milenarios, y un guerrero milenario no empuña un arma; cocina, siembra, cuida a los niños en el bosque. FUCAI me quitó los miedos de hablar y de enseñar, y ayudó a despertar lo que ya estaba en las comunidades.

De ahí salieron los reglamentos internos de la guardia en varias regiones, con nuestra asesoría. Y de ahí salió un mandato más grande: «FUCAI, ayúdenos a hacer un plan de educación superior para la guardia indígena. Queremos ser profesionales en el cuidado de la vida y el territorio». En alianza con la Universidad Antonio Nariño, la Universidad Veracruzana de México y la Universidad Católica del Maule de Chile, acompañamos a un grupo de guardias a diseñar ese programa de educación superior. Ya está diseñado. Ahora falta la voluntad política para que se reconozca formalmente, se implemente y que los guardias alcancen el nivel de formación superior que ellos mismos están buscando.

¿Para qué profesionalizar? Para cuidar el saber y fortalecer la cabeza, el corazón, el estómago, los brazos, las piernas y el espíritu. Para hacer fuerte el cuerpo de la resistencia. Hay una sabiduría enorme en los territorios y los tiempos avanzan. Si Lucho no hubiera sido profesor bilingüe, si FUCAI no hubiera llegado al norte del Cauca con la formación de maestros, yo hoy podría estar diciendo otras cosas, sin reconocer mi ser indígena. Por eso hay que profesionalizar: para mantener el legado de los mayores, para que jóvenes, guardias, mujeres y hombres tomen ese saber y lo vuelvan cuidado y protección.

Cuando a los abuelos les entregan un trabajo, una sabiduría, un camino, les entregan un bastón. Para mí el bastón es un símbolo de responsabilidad, de cuidado, de vida. Todos llevamos un bastón adentro que nos invita a despertar: el bastón de la alimentación, el bastón de la tierra, el bastón del conocimiento, el bastón de la alegría, el bastón de la madre tierra, el bastón de la abuela agua, el bastón de la medicina ancestral, el bastón de la espiritualidad y el bastón de la esperanza. Creo que ese es el mejor árbol que ha sembrado FUCAI: no solo semillas, también ha sembrado hombres y mujeres que son bastones, en el corazón de las comunidades.

El camino apenas continúa. Hay que seguir prendiendo el fuego de esa tulpa, que no es solo de FUCAI: es la tulpa de los pueblos. Ahora quiero concentrarme en los niños, en la pedagogía con los más pequeños, con la misma paciencia con que un día un pescador me enseñó a esperar frente al río.

“Un guardia milenario no empuña un arma. Cocina, siembra, cuida a los niños en el bosque. ”

 
Siguiente
Siguiente

13 Vinimos a permanecer