Crianza  respetuosa: cuando el territorio y la comunidad acompañan a la niñez

Por: Adán Martínez

Cuando pensamos en crianza respetuosa, solemos imaginar decisiones que toman madres y padres puertas adentro: qué comen los niños, cómo duermen, qué límites se les ponen. Pero en los resguardos indígenas de la margen colombiana del río Amazonas, la Fundación Caminos de Identidad (FUCAI) ha aprendido, junto a las comunidades, que criar bien a un niño o una niña nunca es una tarea solitaria. Es un tejido que se sostiene entre familias, sabedores, autoridades tradicionales y organizaciones aliadas, cada una aportando su hilo.

Una pandemia que puso a prueba el tejido comunitario

La pandemia del Covid-19 dejó una huella profunda en la niñez de las comunidades del Amazonas colombiano. Las escuelas cerraron, los espacios de juego con los compañeros desaparecieron y el aislamiento se instaló en la vida cotidiana de niñas y niños que, hasta entonces, habían crecido rodeados de primos, vecinos y actividades comunitarias. El malestar era evidente: se sentían mal, extrañaban su comunidad, extrañaban moverse y compartir.

FUCAI, con el apoyo de Kindermissionswerk (KMW), decidió actuar. Pero en lugar de diseñar una respuesta desde un escritorio, hizo lo que su enfoque intercultural siempre indica: preguntar a quienes saben. Consultó a los líderes indígenas de la comunidad de Nazareth sobre qué se podía hacer con los niños y las niñas. La respuesta llegó sin dudar: danza tradicional y juego. Cuando la misma pregunta se llevó a los líderes de Lomalinda, la respuesta fue distinta pero igualmente concreta: sembrar plántulas de frutales y maderables.

Estas dos respuestas, aparentemente sencillas, contienen una lección central sobre la crianza responsable: no existe una única fórmula. Cada territorio, cada pueblo, sabe qué necesita su niñez para sanar y crecer con fuerza.

Confiar en el saber propio

FUCAI no tenía experiencia previa trabajando estos temas específicos con niñez indígena en contexto de pandemia. Aun así, aceptó el reto apoyándose en personas de confianza de las propias comunidades, quienes conocían el territorio, el idioma y las formas propias de cuidado. Esta decisión refleja un principio de la crianza responsable que muchas veces se olvida: acompañar no significa imponer soluciones externas, sino potenciar los saberes que ya existen.

La respuesta de las familias fue contundente. Padres, madres y niños aceptaron la propuesta de manera total. Participaron alrededor de 140 niñas y niños en Nazareth y 60 en Lomalinda, Santa Sofía y Nuevo Jardín, con edades entre los cinco y los diecisiete años. El entusiasmo se notaba en cada encuentro: los más pequeños se sentaban en el suelo, completamente concentrados, mirando a los danzantes mayores, aprendiendo con los ojos antes que con las palabras.

Danza, juego y siembra como formas de cuidado

La danza tradicional y el juego no son actividades recreativas aisladas de la crianza: son, para estas comunidades, herramientas de transmisión cultural y de sanación emocional. A través del movimiento colectivo, la niñez de Nazareth recuperó algo que la pandemia le había arrebatado: el encuentro con el otro, el ritmo compartido, la pertenencia.

En Lomalinda, sembrar plántulas de frutales y maderables cumplió una función similar, aunque con otro lenguaje. Poner las manos en la tierra, cuidar una semilla y ver crecer un árbol conecta a niñas y niños con el territorio, con el tiempo largo de la naturaleza y con la idea de que ellos también son responsables de cuidar lo que siembran. Es una forma de crianza que enseña paciencia, responsabilidad y arraigo, sin necesidad de un aula ni un manual.

Ambas respuestas —la danza y el juego en un territorio, la siembra en otro— muestran que la crianza responsable, entendida desde la cosmovisión indígena, está profundamente ligada al territorio, a la palabra de los mayores y a la participación activa de la niñez en su propia recuperación.

Corresponsabilidad: el corazón de una crianza que protege

El éxito de estas actividades fue tal que los propios padres de familia y niños solicitaron continuar, y así se ha hecho, con el apoyo sostenido de KMW. Esta continuidad confirma un principio central de la Política de Salvaguarda de la Niñez de FUCAI: la protección y el buen desarrollo de niñas y niños es una responsabilidad colectiva, no un asunto que recae solo en la familia nuclear ni solo en una organización externa.

La crianza responsable, vista así, se sostiene en varios pilares que esta experiencia demuestra con claridad:

  • Corresponsabilidad colectiva: familias, líderes comunitarios, promotores y aliados como FUCAI y KMW articulan esfuerzos en lugar de actuar por separado.

  • Participación infantil significativa: niñas y niños no son receptores pasivos de un programa, sino protagonistas que danzan, juegan, siembran y piden continuar.

  • Enfoque intercultural: la respuesta a la crisis no vino de un protocolo estándar, sino de la consulta directa a los sabedores y autoridades propias de cada comunidad.

  • Buen trato y cuidado colectivo: actividades como el juego, la danza y la siembra fortalecen el vínculo entre generaciones y sanan el malestar emocional que dejó el confinamiento.

Una lección para pensar la crianza más allá del hogar

La experiencia de Nazareth y Lomalinda muestra que criar de forma responsable en contexto de crisis no exige inventar soluciones desde cero, sino escuchar a quienes ya tienen las respuestas: los líderes, los mayores, las familias mismas. FUCAI, junto a KMW, no llegó con un programa cerrado, sino con la disposición de acompañar lo que las comunidades ya sabían que sus niñas y niños necesitaban.

Hoy, cuando se habla de crianza responsable, esta historia recuerda que el bienestar de la niñez no se construye únicamente con reglas o cuidados individuales, sino con territorio, comunidad, cultura y participación. Una danza, un juego, una plántula sembrada: gestos pequeños que, sostenidos en el tiempo, tejen entornos protectores donde niñas y niños pueden crecer con identidad, arraigo y alegría.

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