Cooperación amazónica en tiempos de De la Espriella: lo que Colombia puede perder

Por: María Alejandra Soto

Hace poco, mientras miraba Instagram, leí el siguiente titular que acompañaba una fotografía: "Un día en la playa pese a los incendios". La imagen parecía una escena digna de algún capítulo de Black Mirror. Mostraba dos turistas, relajados, disfrutando de un día en la playa como cualquiera, mientras de fondo se elevaba una enorme columna de humo provocada por un incendio forestal, tiñendo el cielo de un resplandor anaranjado . Lo que marcaba la imagen era un tono cálido, amarillento, que eventualmente se convertía en un rojo ardiente conforme se conducía la vista hacia el centro de la foto.

Fuente: Foto de Maximilien Lamy (AFP), tomada el 24 de julio de 2026 en Lacanau, Francia.

Lo primero que me pasó por la cabeza es que quizás la imagen era producto de IA, así que me propuse investigar su veracidad (dado que ya no alcanza con una observación profunda de la imagen, pues la IA lo hace cada vez mejor). Lo que encontré fue devastador: las imágenes de los incendios en Europa eran cada vez peores, caracterizadas por ese rojo incandescente rodeado de un grisáceo que se iba desvaneciendo. Con unos cuantos clics en internet, constaté que los incendios de verano no son algo nuevo, pero lo que sí es nuevo es su intensidad. Ahí el cambio climático jugó como multiplicador del color rojo en el paisaje caluroso europeo, y a ello se le debía sumar débiles políticas públicas que, aunque efectivamente crearon más bosque, no consideraron que la creación de bosques homogéneos iba a generar una biomasa mucho más propensa a incendios voraces. Pero la verdadera pregunta es: ¿cómo se relacionan los incendios de Europa con Abelardo, Trump y la Amazonía?

Fuente:Imagen tomada de Asuntos Legales (Diario La República), en el artículo «Abelardo de la Espriella oficializó su candidatura presidencial junto a José Manuel Restrepo»

Como todos conocemos, la Amazonía es una selva húmeda; el mero hecho de que pueda haber la posibilidad de un incendio forestal es casi inconcebible… o bueno, eso aún se puede decir, si se toma su cuidado como se debe, con políticas serias. Y aquí conviene detenerse, porque el contraste con Europa no es de escala sino de naturaleza. En el Mediterráneo el fuego es nativo: ese paisaje ha convivido con incendios durante milenios y hay especies que se adaptaron a arder y a rebrotar. Lo que cambió allá no es que el fuego exista, sino su intensidad y la capacidad de gobernarlo. En la Amazonía, en cambio, el fuego es ajeno, la humedad que el propio bosque produce y recicla es su cortafuegos. Por eso un incendio amazónico no significa que una emergencia se salió de control, significa que el bosque ya dejó de ser selva húmeda antes de la primera chispa. Europa perdió el control del fuego. La Amazonía perdería algo distinto y peor, la capacidad de no arder.

Con el cambio en la cabeza de gobierno, veremos cómo se planea hacer frente a una crisis que nos afecta colectiva e internacionalmente. Abelardo, en su plan ABC de Agua, Biodiversidad y Comunidades, tiene más de 20 propuestas con la coautoría de la ambientalista Sandra Bessudo, mostrando como eje central combatir la deforestación, la minería ilegal y los cultivos ilícitos. Enmarca así su política ambiental con un enfoque doméstico y securitario; es decir, vende una propuesta con un razonamiento simple: el problema ambiental se soluciona atacando a los enemigos de esta, que en parte es verdad. Pero la protección amazónica es mucho más compleja que eso. Uno de los principales causantes de que la Amazonía pierda su humedad es la ganadería. De hecho, en esta región se estima que hay cerca de 5,6 millones de cabezas de ganado para 2024, siendo la cifra más alta en cinco años. Por otro lado, se ha perdido entre el 17 y el 18 % de la superficie del bioma y un 38 % de los bosques en pie están degradados. Hay un serio riesgo de que, si se pasa a una mayor deforestación, podríamos ver un daño irreversible hacia el ecosistema: es decir, ver pastizales en medio de la selva y con ello la posibilidad de incendios voraces en medio de la Amazonía.

Por otro lado, la gobernanza internacional es imperativa aquí. En comparación con Europa, que tomó medidas locales cuestionables en su tratamiento de bosques, acá la región amazónica abarca cerca de nueve países; es decir, hay una línea transfronteriza que obliga a que nos pongamos de acuerdo en cómo vamos a preservar este territorio. Volviendo a Abelardo, ha demarcado una gran sincronía con Estados Unidos y la derecha regional, como Milei. Lo cual deja, a decir verdad, un mal sabor de boca. Es sabido que Trump ha declarado en múltiples ocasiones su negacionismo frente al cambio climático; no solo eso, sino su salida del Acuerdo de París y su insistencia en la búsqueda de petróleo a través del fracking (algo que nuestro presidente electo también ha usado de emblema). De igual manera, Abelardo ha manifestado explorar la posibilidad de retirar a Colombia de la ONU y de la OEA (algo que tendría serias afectaciones, no solo a la protección ambiental, sino también a muchas otras esferas).

Ciertamente, a nivel regional hay diversos acuerdos, tales como la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica, que agrupa ocho países. Su secretario general, Martin von Hildebrand, señala que hoy el 47 % de la Amazonía está bajo alguna figura de protección, más de lo que exige la meta global del 30 % de biodiversidad protegida, pero advierte que ese 47 % no funciona bien: son áreas desconectadas entre sí que hace falta consolidar. Está también el Fondo de la Amazonía (BNDES), que tuvo sus complejidades de financiamiento con Bolsonaro y hasta ahora está recuperando inversión, así como el Tropical Forest Forever Facility (TFFF), lanzado oficialmente en la COP30 y concebido como un fondo de dotación y financiamiento para la reducción de la deforestación, la degradación y la participación de pueblos indígenas y comunidades locales. De igual manera, cabe decir que el gobierno que está a puertas de salir posicionó a Colombia como un país que quería llevar a cabo la transición energética, pues en abril de este año se organizó la primera conferencia para la transición más allá de los combustibles fósiles, esto en colaboración con Países Bajos en Santa Marta.

Y vale la pena anotar algo más: ninguna de las dos campañas que llegaron a segunda vuelta mencionó el Acuerdo de Escazú, el tratado regional sobre información, participación y justicia ambiental. En un país donde defender el territorio sigue siendo una actividad peligrosa, el silencio fue de ambos lados.

Los recientes nombramientos del presidente electo han dejado mucho que desear, empezando por el del ministro de Relaciones Exteriores, Omar Bula, que posee una hoja de vida amplia, con 20 años de experiencia diplomática en la ONU, así como su ocupación en cargos directivos del Programa Mundial de Alimentos, pero con preocupantes (por decir poco) declaraciones en redes sociales, manifestando que el cambio climático es una idea woke e incluso publicando diversos posteos sobre teorías de conspiración, como el posicionamiento de una "agenda globalista" o poner en duda las vacunas del Covid. Al otro lado de la cancha tenemos a Fabio Arjona como ministro de Ambiente, con una amplia carrera profesional, trabajando desde la ONG Conservation International hasta ser consultor del Banco Mundial, y es un duro crítico de las políticas que ha optado el gobierno Petro en materia ambiental.

Nada de esto significa que venga un desmonte de la política ambiental colombiana. Es más probable algo discreto, como una mirada hacia adentro, pragmática, donde la Amazonía se administra como frontera que hay que controlar y no como sistema que hay que mantener. Eso puede funcionar contra la minería ilegal. Pero se queda insuficiente frente a un ciclo hidrológico que atraviesa nueve países. Y tampoco es que el gobierno saliente deje la casa en orden, pues después de tocar el punto más bajo en 23 años, la deforestación repuntó 43 % en 2024 y volvió a subir 6 % en 2025, concentrada precisamente en la Amazonía. Abelardo no hereda un logro que pueda destruir. Hereda una curva que ya venía subiendo, y llega con menos herramientas para frenarla, con un canciller que considera el cambio climático parte de una agenda globalista, y una Cancillería que —como recuerda la exjefa de la oficina de Asuntos Internacionales del Ministerio de Ambiente, Daniela Durán— pesa más que el Ministerio de Ambiente cuando se trata de negociar afuera. Y consolidar ese 47 % fragmentado, en un bioma transfronterizo, es toda una tarea diplomática. La cuestión es quién queda sentado en la mesa mientras se debate, y qué se decide sin nosotros. Europa ya no debate, apaga incendios. Nosotros todavía estamos en el momento anterior, el único que realmente importa.

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