Colombia: memoria, mezcla y destino — una nación que todavía está por construirse

Por: Ruth Consuelo Chaparro

Hay una verdad que los colombianos llevamos tatuada en los huesos sin saberlo: que somos, de todas las criaturas que caminan sobre esta tierra, los seres más imposibles y los más reales. En nuestra sangre conviven siglos que no se conocieron, dolores que nunca se pidieron perdón, y una belleza mestiza tan densa que no cabe en ningún mapa ni en ningún atlas de biología. Somos el resultado de una historia que nadie hubiera imaginado escribir, y sin embargo aquí estamos, vivos y contradictorios, porfiados como la ceiba y efímeros como las mariposas amarillas que precedieron los presagios de Macondo.

Dicen los genetistas —esos chamanes modernos que descifran el lenguaje secreto de las células— que la sangre colombiana es un río de tres corrientes: la corriente de los primeros, la corriente de los traídos, y la corriente de los llegados. Pero lo que no dicen, porque la ciencia todavía no ha aprendido a medir el alma, es que esas tres corrientes no se mezclaron apaciblemente como aguas que se encuentran en una desembocadura feliz. Se encontraron en el torbellino de la historia, muchas veces con violencia, muchas veces con llanto, y a veces —solo a veces— con el silencio profundo de dos cuerpos que se reconocen en la oscuridad como si ya se hubieran amado en otra vida.

La primera sangre · Los ancestros originales

Antes de que existiera Colombia como nombre, existía Colombia como milagro. Existían los muiscas con su oro y sus rituales de agua, los taironas que construyeron ciudades entre las nubes, los zenúes que esculpieron canales donde el río obedecía a la mano del hombre, los wayuu que enseñaron al viento a tejerse en hamacas, los emberas que hicieron del bosque húmedo una catedral sin paredes. Eran pueblos distintos entre sí como lo son el jaguar y la danta, pero compartían ese don antiguo de saber que la tierra no es una posesión sino un parentesco.
En nuestra sangre indígena duerme una sabiduría de diez mil años: que el mundo es un ser vivo, que el silencio tiene idioma, y que la comunidad es la única inmortalidad verdadera.

Esta sangre primera, la más antigua, la que conoce el nombre verdadero de cada río, es el fundamento sobre el cual todo lo demás fue construido. No como cimiento inerte sino como raíz viva que sigue alimentando, aunque la historia intentara arrancarla. Es la sangre que recuerda cómo curar la fiebre con plantas que no aparecen en ningún formulario médico, la que sabe orientarse por las estrellas antes de que existiera el GPS, la que entiende que gobernar es servir y no servirse. Honrarla no es romantizar el pasado ni volver a vivir en bohíos: es reconocer que en cada colombiano que camina por este mundo late todavía ese conocimiento milenario, aunque no lo sepa nombrar.

Los Muiscas

La sangre del dolor · Los ancestros arrancados

Y luego llegaron en los barcos, no como pasajeros sino como mercancía, los hijos e hijas de África. Vinieron los bantúes del Congo y Angola que traían en la garganta ritmos más viejos que la escritura. Vinieron los wolof del Senegal con su altivez de reyes, los yoruba del Nigeria con sus dioses que bailaban, los akan de Ghana que sabían fundir el oro como si fuera música sólida. Los arrancaron de su tierra, les robaron el nombre, les prohibieron el idioma. Pero no pudieron robarles lo que llevaban adentro. Eso no tenía cerrojo

En el Pacífico colombiano, en las playas de Cartagena, en los palenques que fueron las primeras repúblicas libres de América, esa sangre africana encontró la manera de sobrevivir y florecer con una dignidad que la historia oficial tardó siglos en reconocer. El mapalé, la cumbia, el currulao: no son simplemente géneros musicales, son sistemas filosóficos completos donde la resistencia se volvió fiesta y el dolor se convirtió en ritmo. Es la sangre que nos enseñó que se puede bailar incluso en medio de la injusticia, no como resignación sino como acto político de sobrevivencia

La deuda más grande de Colombia no es económica ni territorial: es el reconocimiento pleno, sin adornos ni condescendencia, de que parte de lo mejor que somos nos llegó encadenado, y que esas cadenas son la vergüenza de unos pocos y la herencia liberada de todos.

La sangre del cruce · Los ancestros llegados

Los españoles llegaron creyendo que descubrían cuando en realidad encontraban lo que ya existía. Vinieron con sus espadas y su latín, con sus enfermedades y su ambición, pero también —y esto es lo que la memoria debe sostener sin simplificaciones— con su lengua, que es hoy el instrumento con que Colombia piensa y sueña y se pelea consigo misma. Vinieron con Aristóteles y Cervantes, con la arquitectura barroca y el derecho romano, con el vino y el trigo y ese apasionado amor por las palabras largas y las discusiones que no terminan nunca. Junto a ellos llegaron también los árabes camuflados en apellidos castellanos, los judíos sefardíes que traían siglos de sabiduría en los libros que escondían bajo la cama.

No se puede honrar a estos ancestros sin nombrar también el horror que muchos de ellos cometieron. La Conquista fue una tragedia. El exterminio de millones de indígenas, la esclavitud, la negación sistemática de humanidad a quien no tuviera la piel del color correcto: esos hechos no deben borrarse del relato para hacerlo más cómodo. Pero tampoco la culpa histórica puede convertirse en la única historia. En los siglos siguientes, de ese encuentro terrible nacieron también personas que amaron, construyeron, pensaron, crearon, y que con su mezcla de sangres inauguraron algo que no existía antes en ningún lugar del mundo.

Lo que somos los colombianos no cabe en ninguna casilla de un formulario. Somos el Carnaval de Barranquilla y el Corpus Christi de Pamplona. Somos el mito del Dorado y la realidad del aguapanela. Somos la cumbia y el bambuco y el vallenato y el rap de las comunas de Medellín. Somos el oro muisca del Museo del Oro y el oro mal habido de siglos de inequidad. Somos lo que nos hicieron y lo que decidimos ser a pesar de lo que nos hicieron. Somos, sobre todo, una pregunta que todavía no ha terminado de formularse.

Colombia no es el resultado de su historia sino la posibilidad de su futuro. Y ese futuro solo puede construirse desde la honestidad de saber de dónde venimos, sin vergüenza ni nostalgia, sino con el valor de quien conoce sus raíces y por eso no le teme al viento.

Honrar a nuestros ancestros indígenas no es folclor de vitrina: es aprender de su relación con el territorio en tiempos de crisis climática. Es recuperar la medicina tradicional sin despreciar la ciencia moderna. Es entender el cabildo y la minga no como arqueología sino como democracia viva. Es escuchar a los mayores de las comunidades antes de firmar contratos mineros sobre sus tierras. Es, en la práctica cotidiana, actuar como si la tierra fuera un pariente y no una mercancía.

Honrar a nuestros ancestros africanos es leer la historia negra de Colombia no como un capítulo aparte sino como columna vertebral de lo que somos. Es reconocer que Benkos Biohó fue un libertador tan grande como cualquier prócer de bronce. Es garantizar que el Chocó tenga el mismo acceso a la salud y la educación que el resto del país, sin que eso sea noticia de excepción sino exigencia de justicia. Es sentir la cumbia como propia, no como folclor de los otros.

Honrar a nuestros ancestros europeos es quedarse con su amor por la palabra y dejar atrás su obsesión por el orden jerárquico. Es tomar de ellos el pensamiento crítico y soltar el complejo de inferioridad que nos dejó siglos mirando hacia Europa como si allá viviera la verdad y aquí solo la copia torpe. Es entender que nuestra versión del castellano, enriquecida de voces indígenas y africanas y caribeñas, no es un español menor sino uno de los más vivos y hermosos del mundo.

Hay una tentación muy colombiana, que es la de buscar en alguno de esos tres ancestros al culpable de todo lo que salió mal y al responsable de todo lo que salió bien. Es una tentación comprensible pero estéril. Los pueblos que avanzan son los que son capaces de mirar su historia completa —la gloriosa y la vergonzosa— sin apartar los ojos, y de decir: esto ocurrió, esto fue lo que nos formó, y ahora nos corresponde a nosotros decidir qué hacemos con esa herencia.

El sueño colombiano —si es que existe algo así, si es que tiene derecho a existir— no puede ser una copia del sueño americano ni una versión empobrecida del sueño europeo

Tiene que ser nuestro, construido desde nuestra complejidad específica, desde nuestra mezcla única, desde la sabiduría de los que llegaron primero y la resiliencia de los que llegaron en cadenas y la inventiva de los que llegaron buscando fortuna. Un sueño que no sacrifique a nadie en el altar del progreso, que no llame desarrollo a la destrucción, que no confunda crecimiento económico con dignidad humana.

Somos el único país del mundo donde el mismo río lleva en sus orillas los vestigios de una ciudad prehispánica, los tambores de un palenque africano y la torre de una iglesia colonial. Y esa rareza extraordinaria no es una carga: es nuestra vocación de mundo.

Los principios éticos que necesitamos para caminar hacia adelante no hay que importarlos. Ya los tenemos: la reciprocidad que nos enseñaron los pueblos indígenas, la solidaridad que sobrevivió en los palenques africanos, el pensamiento crítico que llegó con los libros europeos. Lo que falta no es saber sino voluntad. No es conocimiento sino valentía. La valentía de un país que se mira en el espejo sin retoque, que reconoce en su cara múltiple a cada uno de sus ancestros, y que decide ser, por primera vez en su historia, completamente fiel a sí mismo.

Los colombianos llevamos en el ADN la prueba irrefutable de que la mezcla no destruye: transforma. De que el encuentro, incluso cuando fue violento, produjo algo que ninguno de los que se encontraron podría haber producido solo. Somos el experimento más audaz de la historia humana en este rincón del mundo, y todavía no sabemos bien qué podemos llegar a ser si por fin dejamos de pelearnos con nuestra propia sangre.

Ese día, cuando Colombia se reconcilie con todos sus muertos y con todos sus vivos, cuando honre a los indígenas no solo el doce de octubre sino los trescientos sesenta y cuatro días restantes, cuando reconozca a sus afrodescendientes no solo en el carnaval sino en la constitución práctica del poder, cuando deje de avergonzarse de su acento y de su color y de sus contradicciones y las transforme en proyecto de nación: ese día, este país de mariposas amarillas y ríos que sueñan, de cordilleras imposibles, de selvas diversas, llanuras infinitas y costas que cantan, cumplirá finalmente la promesa que lleva en los genes desde antes de que existiera su nombre.

Colombia no nació en 1810. Nació la primera vez que una mano indígena tocó una mano africana y ambas supieron, sin necesidad de palabras, que el dolor compartido es el comienzo de toda fraternidad verdadera.

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