Colombia: el país que habla en muchas vocesDía nacional de los idiomas nativos
Escrito por: Ruth Chaparro
Colombia no es un país que tenga una sola lengua.
Colombia es un país que respira en plural.
Mientras en las oficinas del centro se firman decretos en castellano, en la selva alguien canta al río en una lengua que no aparece en los noticieros. En la Sierra, una abuela le explica al nieto por qué el viento no se toca. En el Caribe, la palabra viaja con sal en la piel. En el Vaupés, el silencio también habla.
Somos una nación que se oye en muchas direcciones.
Los idiomas que sostienen el mundo
En Colombia viven 68 idiomas nativos: 65 indígenas, dos criollos —la palenquera y el creole sanandresano— y el romaní del pueblo Rrom. Cada uno es un universo. Cada uno es un modo de ordenar el tiempo, de entender la enfermedad, de nombrar la lluvia, de contar la historia.
Un idioma no es solo un diccionario.
Es una manera de sembrar.
Es una forma de perdonar.
Es una manera de decidir en asamblea.
Es un mapa invisible del territorio.
Cuando un idioma desaparece, no muere solo una gramática. Se apaga una biblioteca entera que nunca fue escrita en papel, pero que estaba grabada en la memoria de los mayores. Se pierde una forma de decir “nosotros”.
Y un país que pierde sus idiomas se queda con menos futuro.
La Constitución que aprendió a escuchar
En 1991, Colombia escribió una Constitución que por primera vez reconoció que este no era un país de una sola raíz. El artículo 7 habló de diversidad étnica y cultural. El artículo 10 dijo algo que parecía sencillo pero era revolucionario: las lenguas de los pueblos indígenas son oficiales en sus territorios y la educación debe ser bilingüe donde haya tradición lingüística propia.
No era un gesto poético.
Era una promesa jurídica.
Después vino la Ley 1381 de 2010, llamada Ley de Lenguas Nativas, que convirtió esa promesa en obligación: el Estado debía protegerlas, promoverlas y garantizar los derechos lingüísticos de quienes las hablan.
La letra estaba escrita.
El desafío era —y sigue siendo— convertirla en vida cotidiana.
Porque un idioma no se salva con un aplauso ni con un discurso el 21 de febrero.
Se salva cuando puede hablarse sin miedo.
Se salva cuando la escuela no la corrige, sino que la honra.
Se salva cuando el hospital entiende al paciente en su propia voz.
Se salva cuando el juez escucha en el idioma del territorio.
Las palabras que resisten
Muchos idiomas nativos han sobrevivido a la colonia, al desprecio, al internado misionero que castigaba la lengua materna, al desplazamiento forzado, al conflicto armado que rompió comunidades y obligó a migrar a las ciudades.
Han sobrevivido al silencio impuesto.
En algunos lugares, la transmisión se ha debilitado. Los jóvenes migran. El castellano domina la televisión, el celular, la universidad. Y el idioma ancestral empieza a quedarse en boca de los mayores.
Pero también hay resistencia.
Hay planes de vida que incluyen revitalización lingüística.
Hay escuelas propias que enseñan ciencias en idioma ancestral.
Hay radios comunitarias que transmiten noticias en idioma propio.
Hay jóvenes que hacen videos, canciones y podcasts en su lengua.
El país adoptó un Plan Decenal de Lenguas Nativas (2022–2032) para articular esfuerzos de protección y fortalecimiento. El Instituto Caro y Cuervo y el Ministerio de las Culturas impulsan programas de documentación y producción de materiales pedagógicos. La etnoeducación y la educación intercultural bilingüe buscan que la escuela no sea una fábrica de olvido.
Son pasos importantes.
Pero una idioma no vive en los archivos. Vive en la cocina, en el consejo de mayores, en la ceremonia, en el juego de los niños.
Los desafíos que no caben en un decreto
Para los hablantes, el mayor desafío no siempre es lingüístico. Es social.
La discriminación sigue siendo una herida abierta. A muchos niños indígenas les enseñaron que su lengua era “atraso”. Que hablarla era motivo de burla. Que el éxito estaba en olvidarla.
Ese mensaje todavía circula, aunque nadie lo firme.
La pobreza, la falta de servicios básicos, el desplazamiento y la violencia también golpean la transmisión lingüística. Cuando una comunidad pierde su territorio, pierde el escenario donde el idioma respira.
Para el Estado, el reto es aún más complejo: pasar del reconocimiento simbólico a la garantía efectiva.
Eso implica formar docentes bilingües, financiar procesos comunitarios a largo plazo, garantizar intérpretes en salud y justicia, producir materiales en idioma propio, asegurar conectividad digital que no homogenice, sino que fortalezca la diversidad.
Implica entender que el idioma no es un adorno cultural.
Es un derecho fundamental.
La identidad que se teje en plural
Colombia suele presentarse al mundo como país de biodiversidad. Pero hay otra biodiversidad que no aparece en los parques naturales ni en los folletos turísticos: la biodiversidad lingüística.
Cada lengua es una manera distinta de clasificar las plantas, de entender los ciclos del agua, de nombrar los suelos, de explicar el origen del día y la noche. Allí hay conocimientos ecológicos que el país necesita para enfrentar la crisis climática y la devastación ambiental.
Perder un idioma es perder también una forma de cuidar la tierra.
En un tiempo en que el planeta se calienta y los ríos se agotan, tal vez necesitamos escuchar más a quienes han nombrado la naturaleza durante siglos sin destruirla.
Los idiomas nativos no pertenecen solo a los pueblos que las hablan.
Son patrimonio vivo de toda la nación.
Pero no como pieza de museo.
Como palabra activa.
El país que decide escucharse
La pregunta no es cuántas lenguas quedan.
La pregunta es qué país queremos ser.
Uno que uniforma.
O uno que dialoga.
Uno que tolera la diversidad como curiosidad folclórica.
O uno que la asume como fundamento de su identidad.
Colombia no nació monolingüe. Se volvió monolingüe por imposición histórica. Hoy tiene la oportunidad de reconciliarse con su pluralidad.
Eso exige políticas públicas coherentes, presupuesto sostenido, respeto a la autonomía cultural y, sobre todo, un cambio de mirada: dejar de ver las lenguas indígenas como problema y empezar a verlas como riqueza.
Porque un país que habla en muchas voces no está fragmentado.
Está completo.
Y tal vez el día en que podamos escuchar sin miedo todas esas voces —en la escuela, en el Congreso, en la radio, en la calle— entenderemos que la diversidad no es una carga.
Es la música profunda de Colombia.
Moenchi
