3 de marzo: La biodiversidad en la sala de espera

Por Segio Martínez

sergio.martinez@fucaicolombia.org


Hoy es 3 de marzo, Día Mundial de la Vida Silvestre, y la retórica habitual nos invita a celebrar la biodiversidad como si fuera un tesoro guardado en una caja fuerte. Pero la realidad es menos brillante y mucho más urgente. No estamos ante una fiesta, sino ante una cuenta regresiva. En Colombia, la vida silvestre no es un adorno del paisaje; es el sistema de soporte que evita que el país entero se convierta en un erial. Y este año, la efeméride cae justo en la antesala de unas elecciones que decidirán si terminamos de cruzar el umbral hacia el desastre o si logramos frenar en seco.




Se habla mucho en los foros internacionales del "punto de no retorno" de la Amazonía, ese momento en el que la selva deja de ser selva para transformarse en una sabana seca. No es una profecía bíblica, es un cálculo científico. Si perdemos un fragmento más, el ciclo del agua se rompe y, con él, la agricultura, el clima de las ciudades y la vida misma de millones de colombianos.

Hay que reconocer que en el último tiempo se han dado pasos, algunos avances desde la gestión pública que intentan poner orden al caos de la deforestación. Sería ciego no admitirlo. Pero el ritmo de la política suele ser desesperantemente lento frente a la velocidad de la motosierra. La vida silvestre —desde el insecto que poliniza hasta el gran depredador que equilibra el bosque— no tiene tiempo para esperar a que la burocracia se ponga de acuerdo.




En FUCAI hemos insistido siempre en que la selva no se cuida sola. La salud de la fauna y la flora está amarrada, por un hilo invisible pero resistente, a la identidad de los pueblos que la habitan. No se trata de figuras heroicas, sino de comunidades humanas que han entendido lo que a las ciudades se nos olvidó: que el Buen Vivir es, simplemente, no agotar la fuente de la que se bebe. Cuando un pueblo mantiene su cultura y su territorio, la vida silvestre florece. Cuando la identidad se desdibuja, el ecosistema queda a merced de la especulación.

En cinco días, el 8 de marzo, los colombianos iremos a las urnas para elegir un nuevo Congreso. Y aunque los debates suelen perderse en la anécdota o el ataque personal, lo que está en juego es la viabilidad misma del territorio.

El voto de este domingo no es solo un trámite administrativo; es la decisión sobre quiénes van a legislar en el momento más crítico de nuestra historia ambiental. Necesitamos un legislativo que entienda que la protección de la Amazonía no es un favor que le hacemos al mundo, sino un seguro de vida para nosotros mismos. La pregunta en el cuarto oscuro debería ser sencilla: ¿Quién garantiza que el punto de no retorno siga siendo una amenaza evitable y no un hecho consumado?

Celebrar la vida silvestre hoy tiene sentido solo si el compromiso llega hasta el domingo. La Amazonía y su biodiversidad son el patrimonio más real que tenemos, mucho más que las cifras del PIB o las promesas de campaña.

En la Fundación Caminos de Identidad (FUCAI) seguimos trabajando para que ese vínculo entre la cultura y el bosque no se rompa. Porque si permitimos que la selva muera, no habrá gobierno, por más avanzado que sea, que pueda devolvernos el agua, el aire y la vida que hoy damos por sentados.

Este 3 de marzo, celebremos la vida silvestre. El 8 de marzo, votemos para salvarla.






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