EL SUELO: EL PRIMER BOSQUE QUE NO VEMOS
La vida que se sostiene, comienza bajo nuestros pies
Por: Mauricio Torres
Todos caminamos sobre él. Lo pisamos cada día, sembramos sobre su superficie y construimos nuestras viviendas sin detenernos a pensar que, bajo nuestros pies, existe uno de los ecosistemas más complejos y esenciales para la vida. Aunque solemos llamarlo simplemente "tierra", el suelo es mucho más que eso. Es un organismo vivo donde millones de bacterias, hongos, insectos, lombrices y raíces trabajan silenciosamente para sostener el bosque, producir alimentos, almacenar agua y regular procesos ecológicos que hacen posible la vida.
Por eso podría decirse que el suelo es el primer bosque que no vemos.
Durante mi trabajo con las comunidades indígenas de la Amazonía colombiana entendí que la academia y el conocimiento ancestral hablan idiomas distintos, pero llegan a una misma conclusión. Mientras la academia explica el suelo mediante conceptos como textura, estructura, materia orgánica, capacidad de intercambio catiónico o actividad microbiológica, los abuelos lo describen como la madre que alimenta, protege y sostiene toda forma de vida. Ninguna de estas visiones contradice a la otra; por el contrario, juntas permiten comprender que conservar el suelo significa conservar el bosque.
Cuando el bosque desaparece, el suelo también enferma
Hace apenas unas décadas, muchas familias amazónicas practicaban sistemas agrícolas que permitían largos períodos de descanso del suelo. Sin embargo, la necesidad creciente de producir alimentos y los cambios introducidos por modelos externos hicieron que la tala y la quema se convirtieran en prácticas cada vez más frecuentes.
Cada vez que el bosque desaparece, el suelo pierde su principal protección. La copa de los árboles deja de amortiguar el impacto de la lluvia, las raíces dejan de sostener la estructura del terreno y la capa de hojas que durante años alimentó la vida del bosque desaparece en cuestión de horas.
Lo que queda parece tierra fértil; Pero no lo es.
Después de la quema, los primeros cultivos suelen responder gracias a los nutrientes liberados por las cenizas. Sin embargo, ese beneficio dura poco. Con el paso de las lluvias, los nutrientes son arrastrados, la materia orgánica disminuye y el suelo pierde lentamente su capacidad de sostener nuevas cosechas. Entonces llegan las malas cosechas, los frutos pequeños y la necesidad de abrir nuevos espacios de bosque.
Así comienza un ciclo difícil de romper.
Figura 1. Área degradada después de la tala y la quema. La pérdida de la cobertura vegetal deja expuesto el suelo a la erosión, reduce la biodiversidad y acelera la pérdida de fertilidad. La restauración comienza reconociendo el estado real del terreno que se busca recuperar.
La vida que no vemos
Cuando hablamos del bosque solemos pensar en árboles gigantes, aves, mamíferos o ríos. Pocas veces pensamos que la mayor parte de la biodiversidad se encuentra bajo nuestros pies. En apenas un puñado de suelo viven miles de organismos microscópicos que transforman hojas en nutrientes, descomponen materia orgánica, regulan enfermedades y ayudan a las raíces a absorber agua y minerales.
Ellos son los verdaderos ingenieros del bosque, sin su trabajo silencioso, ningún árbol podría crecer. Por eso el suelo no puede entenderse únicamente como un soporte físico. Es un ecosistema vivo que respira, que almacena carbono, filtra agua y conecta todos los componentes del bosque, cuando desaparecen esos organismos invisibles, el bosque empieza a perder su capacidad de regenerarse.
Escuchar antes de enseñar
Uno de los mayores aprendizajes que me ha dejado el trabajo con las comunidades indígenas es comprender que la conservación comienza escuchando. Antes de explicar conceptos técnicos sobre fertilidad o degradación, caminamos junto a los mayores para conocer cómo ellos interpretan el comportamiento del suelo.
Ellos observan el color de la tierra.
Reconocen el olor de la materia orgánica.
Identifican cuándo un suelo "está cansado" mucho antes de que aparezcan los resultados de laboratorio.
Lo que para la ciencia representa un indicador físico o químico, para ellos es el lenguaje del territorio.
Nuestro trabajo consiste en construir un puente entre ambos conocimientos.
Conocer el suelo también es una forma de cuidarlo
La restauración no puede depender únicamente de la intuición. Por esa razón, durante las jornadas comunitarias también realizamos evaluaciones sencillas que permiten conocer el estado del suelo. Tomamos muestras para analizar sus características físicas y químicas, registramos condiciones ambientales como temperatura y humedad y observamos la cantidad de materia orgánica presente. No buscamos convertir a las comunidades en laboratorios.
Buscamos que las decisiones sobre restauración estén respaldadas tanto por el conocimiento tradicional como por información técnica.
Figura 2. Toma participativa de muestras de suelo. Antes de restaurar es necesario comprender el estado del suelo. La evaluación física y química permite orientar las acciones de recuperación y hacer seguimiento a los cambios con el tiempo. Fuente: FUCAI
Aprender con las manos en la tierra
La educación ambiental tiene mucho más sentido cuando las personas pueden observar directamente aquello que se intenta explicar. Por eso, durante los talleres evitamos largas presentaciones y preferimos trabajar alrededor del suelo mismo.
Figura 3. Medición de variables ambientales durante el monitoreo. A la observación tradicional se suman herramientas sencillas para registrar temperatura, humedad y otras variables que ayudan a interpretar la recuperación del ecosistema. Fuente: FUCAI
Lo tocamos.
Lo desmenuzamos.
Comparamos colores, texturas y humedad.
Observamos raíces, hojas en descomposición y pequeños organismos que aparecen entre la materia orgánica.
En ese momento la ciencia deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una experiencia compartida.
Los niños hacen preguntas.
Los jóvenes relacionan lo aprendido con sus chagras.
Los mayores complementan cada explicación con historias que aprendieron de sus abuelos.
Es allí donde el conocimiento técnico encuentra verdadero sentido.
Figura 4. Aprendizaje participativo sobre las propiedades del suelo. Manipular el suelo permite comprender sus características, reconocer sus diferencias y valorar la vida que alberga. La restauración también es un proceso de educación comunitaria. Fuente: FUCAI
Restaurar el suelo es restaurar la comunidad
Con frecuencia pensamos que recuperar un suelo depende únicamente de fertilizantes o prácticas agrícolas. En realidad, depende principalmente de las personas, ningún proceso de restauración funciona si la comunidad no participa.
Cada decisión sobre dónde sembrar, cómo proteger una parcela o cuándo intervenir un terreno requiere acuerdos colectivos, eso explica por qué la restauración amazónica no puede limitarse a sembrar árboles, es necesario fortalecer la organización comunitaria, recuperar conocimientos tradicionales y construir compromisos de largo plazo.
Figura 5. Encuentro comunitario para la planificación de la restauración. Las decisiones sobre el manejo del territorio se construyen colectivamente. La restauración comienza con el diálogo entre comunidades, autoridades tradicionales y equipos técnicos.
El bosque comienza donde nadie lo mira
Con frecuencia hablamos de conservar árboles, sembrar plántulas o proteger animales, pero pocas veces hablamos del lugar donde todo eso comienza.
El suelo tarda cientos o incluso miles de años en formarse, puede perder gran parte de su fertilidad en apenas unos pocos años de manejo inadecuado. Recuperarlo exige paciencia, conocimiento y tiempo, por eso, cuando hablamos de restauración amazónica, no basta con contar árboles sembrados.
Debemos preguntarnos si el suelo volvió a tener vida, si regresó la materia orgánica, si aumentó la infiltración del agua, si volvieron los insectos, los hongos y las raíces. En otras palabras, si volvió el bosque invisible.
Porque antes de existir un bosque que todos admiramos, existe otro que permanece oculto bajo nuestros pies.
Ese bosque invisible sostiene todo lo demás.
Y quizá protegerlo sea una de las acciones más importantes que podemos emprender para conservar lo que está bajo nuestros pies..
