Lo que el Satélite No Puede Comprar

Por: Ruth Consuelo Chaparro

Carta encíclica Magnifica Humanitas y los pueblos indígenas ante el tiempo de la inteligencia artificial

Hay una imagen que no abandona a quien trabaja con comunidades indígenas en la Amazonía: un joven Tikuna, sentado en la banca de madera frente a la maloca, mirando su teléfono. No sabemos si está coordinando con la organización indígena una acción de defensa territorial, o hablando con su hermana que estudia en Leticia, o viendo un video de baile en una red que no tiene nada que ver con él. Las tres posibilidades ocurren al mismo tiempo. Y esa simultaneidad es el nudo del tiempo en que vivimos.

El 15 de mayo de 2026, en el 135° aniversario de la Rerum novarum, el Papa León XIV firmó Magnifica Humanitas — "sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial". El texto advierte contra el riesgo de construir una nueva torre de Babel: un mundo donde la tecnología concentra el poder en pocos actores globales y deja a las mayorías sin voz, sin datos, sin territorio. El Papa propone en cambio el camino de Nehemías: una comunidad que trabaja unida, escucha, dialoga y reconstruye desde la solidaridad. Para los pueblos indígenas del mundo — guardianes del 80% de la biodiversidad del planeta, habitantes del 22% del territorio global, portadores de miles de lenguas y cosmovisiones — ese dilema no es metáfora. Es la pregunta que atraviesa su vida cotidiana y sus luchas históricas.

El territorio como dato, el dato como extracción. Quien controle satélites, algoritmos, plataformas digitales y sistemas de información geográfica ejercerá una forma inédita de soberanía sobre el siglo XXI. Las imágenes satelitales identifican yacimientos minerales bajo resguardos ancestrales antes de que las comunidades sean consultadas. Los sistemas de análisis de biomasa calculan el valor en carbono de bosques que los pueblos indígenas han cuidado durante siglos, transformándolos en activos financieros negociables sin su consentimiento. Cuando un algoritmo decide que un territorio es "sin habitantes permanentes" porque sus pobladores se desplazan estacionalmente siguiendo los ciclos de la naturaleza, la injusticia no tiene cara. Es neutral. Es objetiva. Es una estadística.

La Magnifica Humanitas lo nombra con claridad: confiar a un algoritmo el poder de seleccionar quién es digno y quién no, sin que nadie asuma el peso de la decisión, implica encomendarle la tarea de redefinir los límites de las posibilidades humanas. Así la injusticia se realiza en silencio — quedan aislados la compasión, la misericordia, el perdón — porque los gestos políticos desaparecen del horizonte.

Este es el nuevo extractivismo. No solo de minerales y petróleo, sino de información, de saberes, de identidades. Los datos ambientales recopilados con sensores en territorios indígenas, los conocimientos sobre plantas medicinales registrados en bases de datos académicas, las lenguas entrenadas en modelos de inteligencia artificial sin autorización ni compensación — todo eso es extracción. Y opera con la misma lógica de siempre: primero se toman los recursos, después — si acaso — se negocia la compensación.

El celular en la maloca. El teléfono celular no es un fenómeno de frontera en los territorios indígenas. Es la realidad cotidiana. Y genera posibilidades reales: comunicación familiar entre quienes viven en el territorio y quienes migraron a las ciudades; coordinación organizativa en territorios sin carreteras; documentación de derrames y de invasiones de garimpeiros; acceso a información jurídica sobre derechos territoriales. La misma tecnología que las empresas usan para mapear sus selvas, ellos la usan para documentar y denunciar.

Pero la arquitectura de las plataformas digitales no está diseñada para el ejercicio de la ciudadanía. Está diseñada para el consumo. Y ese diseño opera con la misma eficacia en una ciudad de Europa que en una comunidad del Mirití. El río de información que llega a través de las redes está producido desde lógicas culturales ajenas — con estéticas, valores y temporalidades que corresponden al consumismo urbano del norte global. El resultado es una sobreinformación que no solo ocupa tiempo y energía, sino que desplaza el foco: del territorio al scroll, de la asamblea comunitaria al feed, de la tradición oral al video de treinta segundos.

Las afectaciones culturales, espirituales y sociales del abuso de la tecnología en comunidades indígenas están, en gran medida, por estudiar. Pero los ancianos ya lo dicen con otras palabras: los jóvenes ya no se sientan a escuchar. Ya no aprenden los cantos. Ya no conocen los nombres de los árboles. Y mientras tanto, los planes de datos tienen un costo que las familias indígenas deben pagar. No hay conectividad gratuita por ser guardianes de la biodiversidad. Son mercado. Son datos. Son métricas de audiencia. Raramente son protagonistas de los contenidos que consumen.

La vigilancia que mata. En Colombia, en Brasil, en Honduras, en México, los defensores del territorio son vigilados digitalmente, sus comunicaciones son interceptadas, sus redes de solidaridad son mapeadas por algoritmos de inteligencia aplicada. La tecnología que debería protegerlos se convierte en instrumento de su persecución. La encíclica denuncia las armas autónomas controladas por IA. Pero la violencia no necesita ser letal para ser eficaz. La criminalización digital, la desinformación orquestada, el uso de plataformas para coordinar ataques contra organizaciones indígenas — todo eso también es violencia. Y ocurre hoy, mientras los fondos de carbono se negocian en cumbres climáticas y los satélites mapean las selvas que esos líderes defienden con su vida.

El desafío que nadie ha nombrado todavía. A los múltiples frentes que enfrentan hoy los pueblos indígenas del planeta — la defensa del territorio frente al extractivismo, la crisis climática, la criminalización de sus líderes, la precariedad del acceso a servicios básicos, la presión sobre sus lenguas y culturas — se suma uno que apenas comienza a formularse con la urgencia que merece: la necesidad de construir políticas propias de manejo, dominio e interacción con las nuevas tecnologías y los nuevos sistemas de información, incluida la inteligencia artificial. No se trata de rechazar la tecnología ni de aceptarla sin condiciones. Se trata de algo más exigente y más profundo: decidir colectivamente, desde la autoridad de cada pueblo y desde sus planes de vida, qué tecnologías entran al territorio y en qué términos, quién tiene acceso a los datos que se generan sobre ese territorio y sus habitantes, cómo se protegen los conocimientos ancestrales de la apropiación algorítmica, y qué límites deben trazarse para que la conectividad no colonice los espacios de la vida que ninguna pantalla puede sustituir — el círculo de fuego, la asamblea bajo el árbol, el silencio del abuelo que todavía sabe algo que ningún modelo de lenguaje ha aprendido a decir. Esto implica que los organismos internacionales, los Estados y las empresas tecnológicas reconozcan el derecho de los pueblos indígenas a una soberanía digital real: no solo el derecho a usar la tecnología, sino el derecho a regularla en sus territorios y a beneficiarse de los datos que producen.

Lo que el algoritmo no sabe. La Magnifica Humanitas no nombra a los pueblos indígenas con la frecuencia que merecen. Pero su diagnóstico — la concentración del poder tecnológico, la instrumentalización de los datos, la exclusión de los más vulnerables, la urgencia de recuperar la dimensión comunitaria y espiritual del progreso — describe con precisión el mundo en que viven esos pueblos. Los pueblos indígenas llevan siglos diciendo lo mismo con otras palabras. El buen vivir no es un ideal abstracto. Es una práctica. Es el territorio cuidado, la lengua hablada, el río limpio, el niño que conoce el nombre de los árboles. Es, como hemos aprendido a decir en FUCAI, la periferia que da consistencia al centro.

El Papa propone el camino de Nehemías. Los pueblos indígenas proponen algo más antiguo y más radical: aprender a escuchar a la tierra antes de mapearla. Entender que el territorio no es un dato. Es una relación. Y que ningún algoritmo, por sofisticado que sea, puede reemplazar la sabiduría de quien ha vivido en ese territorio durante generaciones y lo ha cuidado no porque sea productivo, sino porque es sagrado.

"Ninguna máquina podrá reemplazar jamás la riqueza espiritual y moral de la persona humana."  Esas palabras del Papa son verdaderas. Y son más verdaderas aun cuando la persona que las encarna lleva en su cuerpo la memoria de siglos de resistencia, habla una lengua que el algoritmo no conoce, y defiende un territorio que el satélite cartografía pero jamás comprenderá.

Todo lo demás es mercado.

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