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El futuro no valía menos
La primera vez que estuve en la casa de José Ramón Teteye yo era un niño y él todavía no era cacique. Era una casa de maderas finas, amplia, en mitad de la selva, y lo que más recuerdo de ella es que era fresca. Afuera el calor pesaba; adentro, por la arquitectura y por la madera, corría siempre un aire fresco. Me acosté en el piso de tablas y pegué el cachete contra la madera —olía bien, estaba fría— y sentí ese frío como una de las cosas más ricas del mundo. Uno no piensa, de niño, que está acostado sobre una idea de abundancia. Pero lo estaba.

