El futuro no valía menos
Por Segio Martínez
sergio.martinez@fucaicolombia.org
Sobre el supuesto de que el porvenir vale menos que el presente, y lo que todavía nos distingue de la inteligencia artificial.
La casa fresca
La primera vez que estuve en la casa de José Ramón Teteye yo era un niño y él todavía no era cacique. Era una casa de maderas finas, amplia, en mitad de la selva, y lo que más recuerdo de ella es que era fresca. Afuera el calor pesaba; adentro, por la arquitectura y por la madera, corría siempre un aire fresco. Me acosté en el piso de tablas y pegué el cachete contra la madera —olía bien, estaba fría— y sentí ese frío como una de las cosas más ricas del mundo. Uno no piensa, de niño, que está acostado sobre una idea de abundancia. Pero lo estaba.
Porque eso era la casa de José Ramón: abundancia. No el lujo de catálogo —madera labrada, no comprada; frescura de diseño, no de aire acondicionado—, sino la holgura de quien tiene de sobra y recibe bien. Todavía no era cacique. Estaba en el largo camino para serlo: una vida entera de preparación para poder, algún día, dar la palabra. Y ya entonces había construido esa casa para que durara más que él. Un hombre organizado, desde joven, alrededor de algo que no iba a alcanzar a ver del todo.
Un cuarto que no era el suyo
Pasaron los años. Un día me llamaron para decirme que había un cacique muy importante muriéndose en el hospital cancerológico de Bogotá, y que no había quien le recibiera la palabra. ¿Podía ir yo? Dije que sí antes de pensarlo. Tomé un bus hasta el barrio Las Cruces sintiéndome, casi seguro, la persona equivocada para el encargo: no hablo huitoto, no soy de su pueblo.
La enfermera me señaló la habitación. Me asomé, y era él. El dueño de aquella casa fresca era ahora un cacique de un pueblo que el Auto 004 de la Corte Constitucional declaró en riesgo de desaparición física y cultural, acostado en una cama del Hospital Cancerológico, con una chaqueta azul oscuro un poco deportiva, sin fuerza para hablar fuerte, lejos de su selva, de su gente, de su madera. El frío de ese cuarto no se parecía en nada al de su casa. Me senté a su lado. Y empezó a hablarme en huitoto.
No entendí casi nada. Ahí estaba yo, el que había venido a recibir la palabra, sin poder seguir una sola frase, asintiendo apenas. Estuve así un rato largo, escuchándolo decir, en una lengua que no era la mía, cosas que no comprendía, y entendiendo, sin embargo, lo esencial: que ese hombre estaba gastando su último aliento en dejar algo para los que venían.
Esto no lo voy a ver yo
He visto ese mismo gesto, en otra forma, muchas veces. Ya hablé en otra entrega de la chagra de Doña Leonor y de los maderables que sembró para sus hijos y sus nietos, no para ella. Cuando un comunero me muestra los árboles que ha sembrado, casi siempre me dice lo mismo: esto no lo voy a ver yo, esto quizás ni mis hijos lo aprovechen. Y enseguida, sin contradicción: pero a mí me gusta sembrar, me gusta ver brotar las matas.
Aquí me toca decir algo desde mi formación. En finanzas hay un supuesto tan básico que casi nunca se discute: que el futuro vale menos que el presente. Un peso hoy vale más que un peso mañana; por eso descontamos, por eso exigimos retorno, por eso un proyecto que solo da frutos en treinta años es, en el papel, peor que uno que los da el año entrante. Ese supuesto —la preferencia por el presente— sostiene buena parte de cómo decidimos qué se hace y qué no se hace. Cuánto exactamente se castiga el futuro, y qué cambiaría si lo midiéramos al revés, es una conversación entera que esta serie tendrá aparte.
José Ramón no descontaba el futuro. El comunero que siembra el castañal tampoco. Para ellos el mañana no vale menos que el hoy: vale igual, o más, porque es donde van a estar los que importan. No es que calculen mal. Es que parten de otro supuesto. Y un supuesto distinto produce una economía distinta: una que se mide por lo que deja sembrado, no por lo que cosecha este trimestre.
Lo que la máquina no haría
Cuento esto ahora, y no hace cinco años, porque ha aparecido algo que vuelve la pregunta urgente. La inteligencia artificial es, en buena medida, ese supuesto financiero llevado al extremo: una máquina extraordinaria para optimizar lo medible, para encontrar el camino más corto al mejor retorno. No hace más que perfeccionar lo que aprendí a hacer en la universidad. Y al hacerlo tan bien, deja una pregunta sobre la mesa: si optimiza mejor que nosotros todo lo optimizable, ¿qué nos queda de propiamente humano?
Nos queda, entre otras cosas, esto. Una máquina que optimiza el retorno jamás sembraría un árbol que no va a cosechar: no existe función objetivo que lo justifique. Jamás gastaría su último aliento en dejarle una palabra a alguien que ni siquiera puede entenderla. Apostarle a un futuro que uno no va a ver, hacer algo porque sí, por gusto, porque se quiere, por fuera de todo cálculo de retorno: esas son, precisamente, las decisiones que ninguna optimización produce. No son un error del sistema. Son lo que el sistema no alcanza.
Conviene no malentenderlo. Los pueblos amazónicos no son el antídoto cálido contra la máquina fría, la reserva espiritual que nos consuela de la técnica. Son la teoría previa: llegaron hace milenios a la pregunta que el presente apenas nos obliga a formular —cuánto vale el futuro, y qué se hace por fuera del cálculo— y la respondieron con una economía entera orientada hacia adelante. La misma costumbre de descontar el porvenir, dicho sea de paso, explica por qué tardamos tanto en tomarnos en serio el clima: castigar el futuro es, también, castigar a quienes lo van a habitar.
El frío
José Ramón murió en Bogotá, lejos de su casa fresca de maderas finas. La palabra que me dejó esa tarde no la entendí, y sin embargo la cargo todavía: no me eligió para que entendiera, me eligió para que la llevara hacia adelante, que es lo único que se puede hacer con algo destinado a un tiempo en el que uno ya no va a estar.
De niño, el frío de su casa me pareció lo más rico del mundo. Era el frío de un hombre que tenía de sobra y construía para durar más que él. El del cuarto de hospital era otro frío. Y sin embargo ese mismo hombre, sin nada de sobra ya, hacía en él exactamente lo mismo que en la casa: dejar algo sembrado para después. No descontó el futuro ni siquiera al final. Le valía tanto como el presente. Más, quizás.
Una máquina habría calculado que ya no valía la pena. Él habló de todos modos. Y esa diferencia —pequeña, terca, sin retorno— es, tal vez, lo que todavía nos distingue.

