El día del niño: Una carta que llega tarde

Escrito por: Ruth Consuelo Chaparro

Luchas infantiles en un mundo roto

Hay países donde los niños juegan a ser grandes. En Colombia, demasiados niños han tenido que aprender a sobrevivir antes de saber jugar.

Hoy, en el Día del Niño, el país se llena de colores, de risas programadas, de discursos bien intencionados. Se reparten dulces, se inflan globos y se pronuncian palabras que duran lo mismo que una tarde soleada. Pero hay algo que no cabe en las celebraciones: el silencio profundo de millones de niños que no han sido escuchados.

Porque este no es un día para festejar sin memoria. Es un día para detenernos y escuchar con el corazón el murmullo que viene de los territorios olvidados, de las rancherías donde el hambre tiene nombre propio, de los barrios donde la noche no termina nunca, de las selvas donde los niños aprenden a esconderse antes que a soñar.

Es el clamor de los niños que han muerto por desnutrición en medio de la abundancia prometida.
El miedo de los que han sido reclutados por la guerra que no se fue.
La soledad de quienes crecen acompañados de nadie, incluso cuando están rodeados de gente.
El abandono de los que nunca entraron en las cifras oficiales o que solo aparecen cuando ya es demasiado tarde.

Es también el susurro de los niños que han sido convertidos en mercancía en redes de trata, en rutas invisibles de turismo sexual que atraviesan el país con la complicidad del silencio.
El de aquellos que viven atrapados en una nueva forma de encierro: la era digital, donde muchos se consumen frente a una pantalla que los distrae, los aísla o, en los casos más graves, los expone y los explota.
El de los niños que, sin palabras para nombrarlo, cargan con la tristeza profunda de la depresión, esa que no siempre se ve, pero que se instala temprano cuando el mundo no ofrece refugio.

No es una tragedia reciente ni accidental. Es una historia que hemos aprendido a normalizar.

Como sociedad civil, debemos decirlo sin rodeos: hemos permitido que esto ocurra. No solo por lo que hicimos, sino —sobre todo— por lo que dejamos de hacer. Nos acostumbramos a las cifras, a los informes, a los escándalos que pasan como una tormenta breve y luego se disuelven en la costumbre.

Hemos visto cómo los recursos destinados a la infancia se pierden en los laberintos de la corrupción. Programas diseñados para alimentar, educar o proteger a los niños terminan siendo una cifra inflada, una firma irregular, un contrato sin rostro. Y mientras tanto, en algún lugar de La Guajira, del Chocó, del Cauca, del Vichada, del Casanare, del Vaupés, del Guainía, del Guaviare o del Meta, un niño espera lo que nunca llega.

Lo más grave no es que ocurra. Lo más grave es que no nos escandalice lo suficiente.

Porque cada peso desviado no es un número: es un plato que no se sirvió, una vacuna que no llegó, una escuela que no se abrió, una vida que se fue apagando sin que nadie la nombrara a tiempo.

Este país ha sido capaz de medir su crecimiento en kilómetros de carretera, en cifras macroeconómicas, en discursos de progreso. Pero hay un indicador que no admite maquillaje: la condición en la que viven sus niños. Y en ese indicador, Colombia todavía tiene una deuda que no se puede ocultar ni justificar.

Hoy no basta con reconocer. Hoy hay que pedir perdón.

Perdón a los niños y a las niñas que no protegimos.
Perdón por haberles fallado desde el Estado, desde las instituciones, desde las comunidades, desde nuestras propias casas.
Perdón por haber mirado hacia otro lado.
Perdón por haber llamado normal a lo que nunca debió serlo.

Pero el perdón, si no se convierte en acción, es apenas otra forma de olvido.

Este es un llamado a retomar el rumbo, no desde la retórica, sino desde la responsabilidad. Cada quien debe ocupar su lugar: el Estado garantizando derechos sin excusas, las instituciones cumpliendo su función sin corrupción, las empresas respondiendo por sus impactos, y la sociedad civil dejando de ser espectadora.

Porque proteger a la infancia no es un acto de caridad, es una obligación ética, política y humana.

Escuchar a los niños no es solo oírlos hablar; es entender lo que su silencio grita.

Tal vez aún estamos a tiempo de cambiar esta historia. Pero no será con celebraciones vacías, sino con decisiones que toquen la raíz del problema. Decisiones que incomoden, que transformen, que redistribuyan no solo recursos, sino responsabilidades.

Hoy, más que felicitar, el país debería guardar un minuto de conciencia.
Y después, empezar a actuar.

Porque un país que no cuida a sus niños no está en camino al desarrollo: está en camino al olvido.

Y los niños de Colombia ya han esperado demasiado.

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