El día en que celebramos a quienes nos están salvando
Por Segio Martínez
sergio.martinez@fucaicolombia.org
Colombia celebra el Día Nacional del Árbol. La fecha no es casual: el 29 de abril de 1813, Antonio Nariño sembró un arrayán en lo que hoy es la Plaza de Bolívar, en Bogotá, como símbolo de la emancipación. Lo llamaron árbol de la libertad. Más de un siglo después, en 1941, un decreto fijó esa fecha como la fiesta nacional del árbol, y desde 1971 la FAO la asumió como Día Forestal Mundial.
La elección dice algo. En el momento fundacional de la república, los próceres no plantaron una bandera ni un monumento de piedra: plantaron un árbol. Sabían, aunque tal vez no lo habrían dicho con esas palabras, que la libertad necesita raíces para sostenerse.
Los árboles que nos contaron la historia
La humanidad lleva milenios contándose a sí misma con árboles. Antes de Nariño y su arrayán, ya había muchos otros.
Está el árbol Kaliawirinae de los sikuani, en la Orinoquía colombiana: el árbol inmenso del que colgaban la yuca, el ají, el plátano, el chontaduro, y que la comunidad —reunida en la unuma, el trabajo colectivo— derribó para repartir las semillas por toda la sabana. Está el árbol Wone de los tikuna, en el Trapecio Amazónico: el árbol cuyo follaje cubría el cielo, y cuya caída —tras setenta días de tala— abrió la luz al mundo y dio cauce al río Amazonas. Está el Moniya Amena de los uitoto, en el medio Caquetá-Putumayo: el árbol de la abundancia del que nació la selva amazónica.
Está el árbol del Bodhi, la higuera bajo la cual Siddhartha Gautama alcanzó la iluminación y se volvió el Buda. Están los olivos del Huerto de Getsemaní, algunos de los cuales —según los análisis de carbono— tienen más de novecientos años. Está el roble de Guernica, en el País Vasco, bajo el que durante siglos se reunían los señores de Vizcaya a jurar las leyes; el árbol que Picasso convirtió en símbolo cuando los aviones nazis bombardearon el pueblo. Está el General Sherman, la secuoya gigante de California, el ser vivo más grande del planeta por volumen, con unos 2.200 años. Está el Árbol del Tule, en Oaxaca, un ahuehuete cuyo tronco mide más de catorce metros de diámetro. Está el Pando, en Utah: un bosque entero de álamos temblones que en realidad es un solo organismo conectado por raíces, con unos 80.000 años de existencia. Y está la Ceiba de San Jorge, en Magangué, Bolívar, bajo la cual se firmaron acuerdos comunitarios durante generaciones.
Cada uno de estos árboles cuenta algo sobre nosotros. La filosofía, la espiritualidad, la política, la cosmología. Donde hubo civilización hubo un árbol nombrado.
Lo que les estamos haciendo
Y sin embargo, mientras los celebramos, los estamos perdiendo a un ritmo sin precedentes.
El planeta perdió 6,37 millones de hectáreas de bosque tropical primario en 2024 — un récord histórico, casi el doble del año anterior. Solo Colombia, según el IDEAM, pierde entre 120.000 y 170.000 hectáreas de bosque al año, con la Amazonía concentrando más del 60 % de la deforestación nacional. Cada minuto que pasa desde que empezaste a leer este artículo, en algún lugar del trópico cae un área equivalente a varios estadios de fútbol.
Los olivos milenarios de Palestina —algunos con más de mil años— están siendo arrancados por colonos. Los cedros del Líbano, mencionados en la Biblia, sobreviven apenas en parches. El Pando de Utah se está muriendo porque los herbívoros se comen los retoños jóvenes y el bosque-organismo no logra renovarse. El árbol del Tule sufre por la contaminación del agua subterránea. Los manglares del Caribe colombiano retroceden ante la expansión turística. La palma de cera del Quindío, árbol nacional, está clasificada como vulnerable.
Mientras tanto, la crisis climática se acelera y los árboles son justo lo que necesitamos. Capturan dióxido de carbono — los bosques tropicales almacenan el equivalente a varias décadas de emisiones globales en su biomasa y suelos. Regulan el ciclo del agua: la Amazonía genera, por evapotranspiración, los ríos voladores que riegan buena parte de Suramérica. Protegen los suelos, evitan deslizamientos, refrescan ciudades, sostienen biodiversidad, cuidan la salud mental de quienes viven cerca.
Es una paradoja desoladora: justo cuando más los necesitamos, más rápido los estamos tumbando.
palma de cera del Quindío
El árbol que sigue cayendo
Quizá la lección más profunda esté en los mitos amazónicos con los que abrimos. En esos relatos, el árbol del principio cae —pero no se pierde. Sus astillas se vuelven los raudales del Orinoco. Su tronco se vuelve el cauce del Amazonas. Su corazón, plantado, da origen a una mujer y a un pueblo. La caída no es catástrofe; es redistribución.
En las versiones modernas del mito, en cambio, el árbol cae y desaparece. Se vuelve madera para tarima, ganadería para hamburguesas, soya para piensos, palma africana para biocombustibles que se anuncian como verdes. No hay raudales, no hay ríos, no hay corazón plantado. Solo un suelo erosionado y una factura climática que se acumula.
La diferencia entre las dos versiones no está en los árboles. Está en nosotros.
La esperanza no es ingenua
Y sin embargo, hay razones para la esperanza. No el optimismo —que cree que las cosas se arreglarán solas—, sino la esperanza, que sabe que se pueden rehacer porque ya se rehicieron antes.
Comunidades indígenas amazónicas siguen siendo, según los datos de la RAISG y de Global Forest Watch, los mejores guardianes del bosque: en sus territorios la deforestación es hasta cinco veces menor que fuera. En Colombia, los resguardos indígenas protegen casi la mitad de la Amazonía. Costa Rica recuperó la mitad de su cobertura forestal en cuarenta años. Los bosques de paz en zonas posconflicto colombianas han sembrado millones de árboles. Las ciudades empiezan a entender que un árbol urbano vale más que un parqueadero. La iniciativa 30x30 —proteger el 30 % del planeta para 2030— avanza, lenta pero avanza.
Y, sobre todo, sigue siendo cierto lo que sabían los sikuani y los tikuna: la transformación grande no la hace un héroe solitario. La unuma sigue siendo posible. Setenta días de trabajo colectivo siguen siendo capaces de tumbar la oscuridad y abrir cauces de luz.
Mañana, 29 de abril, no hay que limitarse a celebrar a los árboles. Hay que sembrar uno. Defender uno. Aprender el nombre de uno. Sentarse bajo uno. Contarle a un niño la historia de uno.
Porque la libertad de Nariño, la iluminación de Buda, las leyes de Guernica, las semillas de Kaliawirinae, el cauce del Amazonas — todas las grandes cosas que ha hecho la humanidad empezaron con alguien que entendió que un árbol no es madera en pie. Es tiempo, es agua, es memoria, es futuro plantado.
Y todavía estamos a tiempo de plantarlo bien.

