Caminar para cuidar la vida: crónica de los talleres de formación en el Resguardo Saracure Río Cadá

Por: Fernando Acosta

Llegar al Resguardo Saracure Río Cadá no fue solamente cumplir una ruta logística; fue entrar, poco a poco, en un territorio donde la formación comunitaria no puede separarse del camino, del tiempo, de la palabra y de la vida cotidiana. El proceso inició el 26 de abril, cuando el equipo conformado por el conductor, el coordinador del proyecto y una persona de apoyo salió desde Bogotá a las 6:00 de la mañana, tomando la ruta Bogotá–Villavicencio–Puerto Gaitán–La Cristalina, hasta llegar hacia las 5:00 de la tarde al corregimiento de Planas, en el municipio de Puerto Gaitán. Allí se pernoctó y se hicieron ajustes logísticos necesarios: compra de víveres, abastecimiento de combustible y preparación para ingresar al día siguiente al resguardo. El 27 de abril, a las 8:30 de la mañana, con guía local, comenzó el ingreso hacia Saracure Río Cadá, llegando a la comunidad de El Viento hacia las 5:00 de la tarde. Ese primer tramo ya anunciaba una verdad sencilla: en estos territorios la formación empieza antes del taller, porque el camino también enseña.

El proyecto que enmarcó estos encuentros fue el Programa de fortalecimiento de valores tradicionales y nuevos en ecología, deporte e identidad cultural para niños indígenas en el Resguardo Saracure en el Río Cadá, específicamente mediante la actividad de talleres de formación con padres de familia, autoridades, gestores y docentes. Las jornadas se desarrollaron en dos momentos: los días 28, 29 y 30 de abril de 2026 en El Viento y Belén Central; y los días 3, 4 y 5 de mayo de 2026 en Tres Esquinas, Tetemi y Las Marías. El plan contemplaba dos talleres principales: el primero sobre crianza protectora, nutrición infantil y cuidado de la primera infancia; y el segundo sobre prevención de la violencia intrafamiliar y construcción de hogares protectores.

Antes de iniciar formalmente los talleres, el 28 de abril se realizó un encuentro con las cinco gestoras locales del proyecto, correspondientes a los sectores de El Viento, Belén Central, Lejanías/Tetemi, Tres Esquinas y Las Marías. Esta reunión fue clave porque permitió fortalecer la base operativa y comunitaria del programa. Allí se trabajaron temas administrativos, especialmente el manejo de equivalentes, y se entregó dotación, materiales, papelería, camisetas, gorras, mallas y balones de voleibol y microfútbol para el desarrollo de actividades con niños y niñas beneficiarios. Este momento mostró que el programa no se limitaba a una capacitación puntual, sino que buscaba activar capacidades locales para sostener acciones en cada sector.

La apertura de los espacios estuvo acompañada por la autoridad indígena y los pastores de la comunidad, lo cual le dio al encuentro un sentido de legitimidad territorial y espiritual. No se trató de entrar al territorio con un paquete de contenidos ya cerrado, sino de abrir la palabra con quienes sostienen la vida comunitaria. Esa apertura permitió que la formación se ubicara dentro de una preocupación compartida: cómo están creciendo los niños y niñas, qué se está debilitando en la alimentación, qué está pasando en los hogares, qué papel deben jugar la escuela, las autoridades, las gestoras, la familia extensa y la comunidad. En estos escenarios, la pedagogía no se mide solo por lo que se explica, sino por lo que la comunidad se atreve a decir en voz alta.

El primer taller tuvo como eje la crianza protectora, la nutrición infantil y el cuidado de la primera infancia. Su propósito fue fortalecer capacidades familiares y comunitarias para mejorar la nutrición, el cuidado cotidiano y las prácticas de prevención frente a la desnutrición y el sobrepeso, articulando saberes locales, cocina saludable y compromiso familiar. El enfoque partía de una idea fundamental: la nutrición no es únicamente comida; también es cuidado, tiempo, atención, conocimiento, relación con el territorio y responsabilidad compartida. Desde esta perspectiva, un niño mal alimentado no expresa solo la ausencia de alimentos, sino también la pérdida de productos tradicionales, la monotonía alimentaria, la falta de señales de alerta, las rutinas débiles de cuidado y el debilitamiento de las redes familiares y comunitarias.

Una de las primeras dinámicas invitó a responder la frase: “Quisiera que nuestros niños crecieran con…”. Las respuestas fueron profundas y reveladoras: sano y bien alimentado; con buena salud; con amor y buena alimentación; con respeto, responsabilidad, educación y bienestar en la familia; con dignidad, calidez humana y derechos en salud, educación y alimentación; con cultura, humildad, saberes ancestrales, identidad, sentido de pertenencia, soberanía alimentaria, liderazgo y oportunidades. En esas respuestas apareció una imagen integral de la niñez: no se pidió solamente comida, ni solamente escuela, ni solamente salud. La comunidad habló de una niñez que necesita crecer con territorio, afecto, derechos, cultura, protección y futuro.

Luego vino la lectura comunitaria de la situación de la niñez. A la pregunta sobre cómo están creciendo los niños, aparecieron preocupaciones directas: falta alimentación, falta respeto, falta salud y no se les tiene suficientemente en cuenta en la toma de decisiones. También se identificaron alimentos frecuentes del territorio: pescado, ceje, mañoco, batata, casabe, yare, ají, yucuta, plátano, mojojoi, mango, moriche, manaca, coco y frijol. Esta lista mostró una riqueza alimentaria importante, pero también abrió una pregunta crítica: ¿por qué, existiendo memoria alimentaria y productos propios, persisten situaciones de desnutrición y debilidad nutricional? La respuesta no está solo en el alimento disponible, sino en la producción, el acceso, la preparación, la transmisión de saberes, la estabilidad familiar y la capacidad organizativa del territorio.

El trabajo por grupos permitió organizar un mapa de problemas desde tres miradas: padres y madres; docentes y gestoras; autoridades, líderes y Guardia Indígena. La metodología propuso identificar problemas, causas, consecuencias y posibles soluciones, para luego construir un árbol comunitario de problemas. Esta estrategia fue acertada porque permitió que la comunidad no se quedara en frases generales, sino que conectara las raíces con los efectos. En términos pedagógicos, el árbol ayudó a mostrar que la desnutrición no nace sola; tiene raíces en la pérdida de semillas, la escasa siembra, la falta de empleo, el abandono institucional, el descuido familiar, la falta de atención médica oportuna y el debilitamiento de saberes ancestrales. Y como ocurre con los árboles reales, cuando la raíz está enferma, las ramas también lo sienten.

El problema más priorizado fue la desnutrición infantil, la mala alimentación y el debilitamiento del cuidado nutricional. Los tres grupos coincidieron en señalarlo como una preocupación central. Entre las causas aparecieron la mala alimentación, la irresponsabilidad o descuido familiar, la falta de conocimiento sobre saberes ancestrales, el abandono de entidades, la falta de alimentación balanceada, el desempleo, la escasez de alimentos, la pérdida de semillas nativas y la baja siembra de alimentos tradicionales como plátano, yuca, maíz, caña y patilla. Las consecuencias fueron graves: niños enfermos, bajo crecimiento, dificultades de aprendizaje, bajo rendimiento escolar, deserción, afectaciones emocionales y muertes por falta de atención médica oportuna.

El taller no abordó la nutrición desde una mirada fría o exclusivamente técnica. Por el contrario, la situó en contexto territorial. Se habló de la diferencia entre “llenar el estómago” y alimentar bien; de la importancia del agua segura, la higiene y la preparación adecuada; de los riesgos de dietas repetitivas; y de señales de alerta como pérdida de peso, debilidad, falta de apetito, diarreas frecuentes, cansancio o aumento de peso inadecuado. También se propuso trabajar con alimentos locales, muestras comunitarias y recetas posibles con productos del territorio. Allí la cocina dejó de ser un asunto doméstico menor y se convirtió en una estrategia pedagógica y política: cocinar bien con lo propio también es defender la vida.

El segundo gran bloque de reflexión giró alrededor de la crianza protectora y la corresponsabilidad comunitaria. La pregunta dejó de ser únicamente qué comen los niños y pasó a ser quién los cuida, cómo los acompaña, qué rutinas tienen, quién escucha sus preocupaciones y qué papel cumplen los adultos. En las respuestas comunitarias se reconoció que el cuidado suele recaer principalmente en la mamá, el papá, la abuela, las tías o la hermana mayor. Esto permitió abrir una discusión importante: el cuidado no puede quedar solamente sobre los hombros de una persona, y mucho menos de las mujeres o niñas mayores. La protección de la infancia requiere familia, escuela, autoridad y comunidad. Cuando todos se lavan las manos, al final el niño queda cargando el balde.

El segundo taller profundizó en la prevención de la violencia intrafamiliar y la construcción de hogares protectores. Su propósito fue fortalecer capacidades comunitarias para reconocer, prevenir y tramitar de manera protectora las distintas formas de violencia que afectan a niños, niñas, adolescentes y mujeres. El plan planteó reconocer la violencia física, verbal, psicológica, sexual, económica, la negligencia, el descuido y el control excesivo, diferenciando conflicto de violencia. Esta distinción fue fundamental, porque no todo desacuerdo familiar es violencia, pero toda práctica que humilla, somete, agrede o silencia produce daño.

En este taller se abordó una idea clave: muchos problemas del proyecto no aparecen aislados. La desnutrición, el abandono, el embarazo adolescente, la deserción escolar, los silencios frente al abuso y el uso inadecuado del tiempo libre pueden estar conectados con hogares tensionados o violentos. Por eso, hablar de violencia intrafamiliar no era abrir un tema aparte, sino mirar una raíz profunda que afecta la salud, la educación, la protección, el proyecto de vida y la convivencia comunitaria. La violencia no solo deja marcas en el cuerpo; también deja miedo, silencio, bajo rendimiento, aislamiento, repetición de patrones y pérdida de confianza.

Los mapas de problemas mostraron que la violencia intrafamiliar y los hogares no protectores fueron priorizados de manera directa por padres, madres, autoridades, líderes y Guardia Indígena, y de manera indirecta por docentes y gestoras al relacionar abuso, violaciones, manipulación y pérdida de derechos. Entre las causas se señalaron la falta de acuerdos entre parejas, el alcoholismo, los celos, el maltrato físico y verbal, los conflictos familiares, la división interna de comunidades y la normalización de formas violentas de corrección. Las soluciones propuestas incluyeron concientización intercultural con sabedores, autoridades, docentes, pastores y Guardia Indígena; cartillas de orientación; armonizaciones; acuerdos para no usar golpes como forma de corrección; escucha a niños y adolescentes; apoyo en casos graves; protección primero a la víctima; y fortalecimiento del diálogo entre escuela, familia y autoridad.

Otro interés fuerte de las comunidades fue la prevención del embarazo adolescente, la maternidad temprana, las madres solteras y el desconocimiento de la sexualidad. Este problema fue priorizado por los tres grupos, aunque con diferentes énfasis. Las causas identificadas incluyeron falta de orientación sexual, desconocimiento de métodos de planificación, falta de concientización intercultural en familia y escuela, desconocimiento de derechos, desigualdad de oportunidades, pérdida de autonomía de niñas y ausencia de proyectos de vida claros. Las comunidades propusieron orientaciones con sabedores, médicos tradicionales, salud pública, ICBF, docentes, gestoras, capitanes y cabildo gobernador, además de procesos de capacitación sexual desde lo cultural y lo occidental.

La sistematización dejó una lectura analítica muy importante: los problemas no deben entenderse como fallas individuales, sino como parte de una cadena territorial, familiar, productiva, cultural y organizativa. La desnutrición se conecta con la pérdida de soberanía alimentaria; el embarazo adolescente con falta de orientación y proyectos de vida; la violencia intrafamiliar con hogares no protectores; la deserción escolar con debilidad nutricional y falta de acompañamiento; y la inseguridad comunitaria con debilidad del gobierno propio. Por eso, las soluciones tampoco pueden ser aisladas. No basta con una charla, un taller o una entrega de materiales. Se requiere continuidad, seguimiento y organización comunitaria. Las charlas solas, como se sabe en territorio, a veces se van más rápido que el tinto cuando la reunión se alarga.

En términos de continuidad, el programa debe avanzar en seis líneas articuladas. La primera es fortalecer la nutrición infantil y la soberanía alimentaria comunitaria, recuperando semillas, conucos, chagras, alimentos propios, preparación saludable e higiene. La segunda es prevenir el embarazo adolescente mediante orientación sexual intercultural, proyectos de vida y acompañamiento de familia, escuela, sabedores y salud pública. La tercera es consolidar hogares protectores, rutas comunitarias de apoyo y prácticas de autoridad sin maltrato. La cuarta es fortalecer proyectos productivos, empleo comunitario y producción propia. La quinta es robustecer el gobierno propio, los liderazgos, el Plan de Vida y las rutas de protección. La sexta es recuperar el trabajo comunitario, la convivencia y la aplicación de normas internas.

La continuidad también exige reconocer el papel de las gestoras locales. Ellas no son solamente apoyo operativo; son puente entre el programa y la vida diaria de cada comunidad. Su trabajo puede permitir seguimiento a compromisos, identificación de casos, acompañamiento a familias, activación de actividades deportivas y culturales, organización de encuentros y comunicación con autoridades. En territorios extensos y de difícil acceso, una gestora bien acompañada puede hacer más que un informe bonito guardado en computador. El programa debe invertir en su formación, seguimiento, herramientas y legitimidad comunitaria.

Finalmente, estos talleres dejan una enseñanza mayor: cuidar la niñez indígena en Saracure Río Cadá no es solo atender síntomas, sino reconstruir relaciones. Relación entre alimento y territorio; entre familia y escuela; entre autoridad y comunidad; entre saber ancestral y orientación técnica; entre protección y derechos; entre deporte, cultura e identidad. La comunidad no pidió una infancia asistida, sino una infancia fortalecida: con salud, alimentación, amor, cultura, respeto, soberanía alimentaria, educación, protección, liderazgo y oportunidades. Esa es la ruta que queda abierta.

Los encuentros de abril y mayo de 2026 no fueron un cierre, sino una siembra. Quedaron preguntas, compromisos, preocupaciones y tareas. Quedó claro que la niñez no puede esperar a que todos los problemas estén resueltos para empezar a ser cuidada. También quedó claro que el territorio tiene memoria, alimentos, autoridades, gestoras, docentes, familias y saberes para avanzar. La continuidad del programa dependerá de convertir lo conversado en práctica sostenida: más conucos, más escucha, más protección, más rutas de apoyo, más escuela vinculada a la vida, más gobierno propio y menos indiferencia. Porque cuando una comunidad decide cuidar mejor a sus niños, no solamente protege el presente; también le abre camino al futuro.

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