Por Daniela Ballesteros

Daniela.ballesteros@fucaicolombia.org

Crónica de un seguimiento nutricional entre la Sabana y la Costa — y de los pasos que, sin saberlo, ya venía siguiendo.

Llegué a FUCAI por los hilos”.Lo conté en mi primer artículo para este blog: me trajeron el tejido, los colores imposibles, esa geometría que las mujeres wayuu guardan en la memoria de las manos y dejan caer, punto por punto, en una mochila. Soy diseñadora industrial; vine cautivada por ese poder artístico, por la manera en que un pueblo entero cuenta quién es mientras teje. No imaginé entonces que el mismo viaje terminaría enseñándome a leer otro tejido, mucho más callado: el del cuerpo de un niño que no termina de crecer.

Cuando elegí carrera profesional tenía una certeza casi terca: nada que tuviera que ver con la salud. Crecí en ese mundo. Mi papá fue médico —jefe de urgencias durante años en un hospital y, durante muchos más, esa figura que atiende en el consultorio a la gente que llega con miedo y se va con una explicación—. Mi mamá, administradora pública de formación, pasó buena parte de su vida en el sector salud desde la otra orilla: asesora, interventora, secretaria de salud. Los vi apasionados, admirables, agotados. Y yo, con toda la “convicción de los diecisiete años”, supe que ese no era mi lugar. Me equivoqué. La vida, que es tramposa y generosa, me tenía guardadas unas propuestas a las que no supe —ni quise— decir que no.

Aún no me graduaba cuando una empresa de servicios de salud me ofreció su cargo de diseño y comunicaciones. Acepté. Trabajé ahí antes de graduarme, durante el grado y después de graduada, y mis días siguieron, tercos también ellos, dentro del sector que yo había jurado esquivar. Después llegué a FUCAI, y aquí confirmé algo que apenas sospechaba: en las comunidades, donde tantos problemas estructurales sostienen apenas la vida, nadie hace una sola cosa. La integralidad no es una consigna que se cuelga en la pared; es lo que ocurre, sin permiso, cuando uno se queda. Quien llega por los hilos termina, tarde o temprano, de pie frente a una báscula.

Hay una herida que en La Guajira no cierra: la muerte recurrente de la primera infancia por causas asociadas a la desnutrición. Por eso cada proyecto que FUCAI promueve en este territorio lleva consigo un componente de diagnóstico y acompañamiento nutricional para las niñas y los niños de cero a cinco años. No es un anexo del proyecto: es una manera deliberada de no apartar la mirada.

A mí me enseñó el equipo. Llegaron con años de práctica y capacitaciones a cuestas y tuvieron la paciencia de explicarme lo que para ellos ya era oficio de manos. Entre Libardo, Ermelinda, Camila, Luis José y Maylena, la nutricionista, me fueron formando entrada tras entrada: cómo se pesa, cómo se talla, cómo se mide un perímetro sin asustar, cómo se anota sin equivocarse. Siempre con los estándares de la Organización Mundial de la Salud, del Ministerio de Salud y del ICBF; siempre reportando cada caso en su lenguaje, para que el dato no se quede en el formato, sino que sirva donde tiene que servir.

El equipo me enseñó a leer lo que un número esconde. Cada peso y cada talla se convierten en un puntaje Z: cuántas desviaciones estándar separan a este niño de la mediana de un niño sano de su misma edad y sexo, según los patrones de crecimiento de la OMS. Menos dos desviaciones es la frontera de la desnutrición; menos tres, la de su forma severa. Y descubrí que en el tallímetro no hay una pregunta sino tres. El peso para la talla pregunta por el presente: ¿está adelgazando ahora? Es la desnutrición aguda. El peso para la edad pregunta por el conjunto. Y la talla para la edad pregunta por el pasado acumulado: ¿creció todo lo que debía en todos estos meses? Es la desnutrición crónica, la más difícil de ver y la más difícil de devolver.


Aprendí también la urgencia del calendario. El cuerpo y, sobre todo, el cerebro de un niño se construye en los primeros mil días: desde el embarazo hasta los dos años. Es una ventana que se abre una sola vez. Lo que no se gana ahí —en talla, en conexiones, en defensas— casi no se recupera después. Por eso medir a tiempo no es un trámite: es correr contra un reloj que no se detiene.


Así salimos a campo: tres personas —dos técnicos de campo y una profesional—, báscula y tallímetro al hombro, a recorrer la Sabana y la Costa comunidad por comunidad. El sol que parte la tierra, el polvo, el viento que no descansa, el cardón, los chivos cruzando el camino, la ranchería que aparece cuando ya uno creía que no había nada. Doscientas catorce mediciones, ciento noventa y nueve niñas y niños, dieciséis comunidades. Acostados los más pequeños, de pie los que ya caminan firme, cada cual según el protocolo que su edad ordena. Porque medir, aquí, es antes que nada un acto de cuidado y de confianza: antes del tallímetro está la palabra con la autoridad tradicional, el permiso, el saludo, la enramada. Está la familia que abre su casa y entrega, por un instante, lo que más quiere para que unas manos extrañas lo pesen.

Pero este recorrido no ocurre una sola vez. En FUCAI volvemos a las mismas comunidades cada seis meses para pesar y tallar a todas las niñas y niños entre los cero y los cinco años que hacen parte de nuestros proyectos. Es un seguimiento que nos permite observar cómo crecen, identificar a tiempo los casos que requieren atención y activar las rutas de recuperación nutricional cuando es necesario. Los hallazgos que siguen corresponden precisamente a la medición realizada durante este primer semestre del año: una fotografía del momento que hoy viven estas comunidades y que, más que cifras, representa las historias de las niñas y los niños que acompañamos.


Lo que la báscula no muestra

Y entonces los números empezaron a contarnos una historia que  no esperábamos. La desnutrición aguda —la que adelgaza, la que se ve, la que cabe en un kilo perdido— resultó baja: poco más de dos de cada cien. Uno casi respira. Pero la báscula no lo dice todo. Cuando miramos la talla para la edad, el suelo se movió bajo nuestros pies: una de cada dos niñas y niños está en desnutrición crónica, y ocho de cada diez crecen por debajo de lo que su edad esperaba de ellos. Lo más desconcertante, lo que me obligó a desaprender lo que creía saber: de los que tienen talla baja, dos de cada tres pesan lo adecuado. A los ojos de la báscula están, sencillamente, bien.

Esa es la desnutrición invisible. No se mide en kilos sino en tiempo: en los meses y los años del agua que llegó tarde, de la comida que alcanzó apenas, de las enfermedades que volvían y volvían. La talla que falta es el tiempo que no llegó. Y un niño puede cargarla encima sin que nadie —salvo que el tallímetro y la paciencia de quien la sostiene— se dé cuenta.


1 de cada 2

niñas y niños evaluados está en desnutrición crónica. Y la mayoría de ellos pesa lo adecuado.



Lo que la talla se lleva

Conviene decirlo sin rodeos, porque a veces la palabra crónica suena lejana: una talla que falta no es un asunto de estatura. Un niño que no creció lo suficiente suele ser también un niño cuyo cerebro tejió menos conexiones de las que pudo. Le costará más aprender, concentrarse, recordar; le costará más la escuela que todavía no empieza. Sus defensas son más frágiles, y cada diarrea, cada infección respiratoria —la EDA y la IRA que en La Guajira encabezan los certificados de defunción— se ensañan más y duran más. Y cada enfermedad, a su vez, le roba un poco más de crecimiento, en un círculo que se muerde la cola.

Hay además un eco que viaja en el tiempo. Una niña que hoy no crece será mañana, quizá, una madre que dará a luz un bebé más pequeño, con menos reservas para empezar la vida. La desnutrición, si nadie la interrumpe, se hereda: pasa de cuerpo en cuerpo como pasa una deuda. Por eso en nuestras planillas conviven dos relojes. El de la emergencia —el niño en desnutrición aguda severa, el único que encontramos así en esta salida, que no puede esperar y debe salir ya hacia atención médica o internarse en un centro de recuperación nutricional—. Y el reloj lento, el de los muchos que pesan bien y sin embargo no crecen, cuya urgencia es callada pero no menor.

Actividad de peso y talla censal en una enramada comunitaria

Lo que se ha avanzado, y lo que falta

Sería injusto no reconocerlo: algo se ha movido. En los municipios priorizados por la Sentencia T-302, la mortalidad infantil por desnutrición ha bajado de manera notable en los últimos años —cerca de dos tercios entre 2022 y 2025— y, a escala nacional, las muertes de menores de cinco años por esta causa casi se han reducido a la mitad. En 2025 se notificaron menos casos de desnutrición aguda en los cuatro municipios que el año anterior; ha habido inversión, ha habido rutas de atención donde antes no había ninguna. Detrás de esas cifras hay niñas y niños que no se apagaron. Eso importa, y hay que decirlo con todas las letras.

Pero la misma Corte Constitucional, en sus autos de seguimiento de 2025, fue franca: declaró cumplimiento bajo en el derecho al agua de la niñez wayuu, advirtió que aún no existe una política pública de abastecimiento, señaló bloqueos institucionales y constató que las acciones para garantizar la alimentación y la soberanía alimentaria de las familias no responden a lo que ella misma ordenó. En Uribia, las cifras apenas se movieron. La talla que medimos en la enramada confirma, desde el cuerpo, lo que los autos dicen desde el derecho: mueren menos niños, pero la mayoría sigue creciendo de menos. Reducir la mortalidad es indispensable y es un logro real; no es, todavía, haber resuelto el problema. La emergencia que no mata sigue su curso, callada.


El desafío, además, no es de uno solo.Es de las comunidades, que sostienen la vida y la organización propia, y cuya palabra y autoridad tienen que estar en el centro de cada decisión —al principio, no consultadas al final—. Es de las instituciones, que necesitan coordinarse, dar continuidad más allá de cada cambio de gobierno y aplicar de verdad el enfoque diferencial e intercultural que tantas veces se nombra y tan pocas se cumple. Es de las organizaciones que, como FUCAI, debemos acompañar sin sustituir, articular en lugar de fragmentar y sostener la presencia cuando los reflectores se apagan. Y es, sobre todo, del Estado, a quien le corresponde lo estructural: el agua que no llega, el alimento con pertinencia cultural, una salud que sepa hablar wayuunaiki. Mientras esos cimientos falten, la talla seguirá faltando.

El legado, desde otra orilla

En esas jornadas, más de una vez, pienso en mi papá. Hoy ya no está. Me gustaría que estuviera para contarle de los casos que más nos marcan, para oír su opinión de médico —esa mezcla de oficio y calma que yo veía de niña sin alcanzar a entenderla—. Me gusta pensar que su espíritu anda por ahí, entre el cardón y el viento, ayudándonos a encontrar a esos niños y niñas que necesitan salir a tiempo; ayudándonos a poner las palabras justas cuando hay que explicarle a una familia por qué este niño debe recibir atención médica profesional, o por qué esta niña debe internarse un tiempo en un centro de recuperación nutricional. Y pienso, sin solemnidad, casi en voz baja, que de alguna manera sigo los pasos y el legado de mis padres. Desde otro lugar —desde el diseño, desde la palabra, desde los hilos que me trajeron—, pero alcanzando, al fin, a tocar esa orilla.

Por eso insisto, terca como a los 17 pero al revés: medir bien no es un asunto técnico. Es el primer acto de justicia, porque nombrar lo que no se ve es la única manera de empezar a repararlo. Y detrás de cada dato —lo aprendí con la báscula y el tallímetro entre las manos, enramada adentro— hay un camino recorrido y una familia que abrió su casa.

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