Diario de Viaje de una Voluntaria en la guajira

Por: Camila Sanint

El Viaje

El viaje empieza encontrándonos con todo el equipo en el aeropuerto de Bogotá. Maletas llenas, pilas cargadas y muchas ganas de llegar ya a campo. A las 8 de la noche, porque en Colombia, ya es noche, llegamos a Santa Marta. Nos dirigimos hacia el hostal donde solo nos dio tiempo de dormir. Nos despertamos, aun siendo muy temprano ya hace mucho calor. Desayunamos y nos dirigimos hacia la terminal para coger un bus hacia Riohacha. Después de un trayecto de tres horas aproximadamente, llegamos a Riohacha. El bus, a pesar de ser muy cómodo y moderno tenía una temperatura demasiado fría, cosa que a la mayoría no nos dejó descansar. Al llegar a Riohacha ya se empezó a sentir lo que era una ciudad costeña no tan turística como las que yo conocía hasta ahora. Allí, almorzamos en un centro comercial y esperamos al resto del grupo. Una vez estábamos todos juntos, empezó la larga espera. El equipo estaba formado por cuatro profesionales de campo, cinco voluntarios (entre los cuales, yo ) y tres técnicos, los tres wayuus que son los intérpretes de siempre viajan con el equipo cuando se entra a las comunidades. Mientras tomábamos café en el centro comercial, empezábamos a recibir noticias sobre los coches que nos iban a llevar hasta la comunidad de Ciruelos. Que no podríamos entrar esa noche porque el camino estaba en muy mal estado, que al final sí, falta un coche, tenemos que entrar todos juntos por si un coche se queda en el barro, que ahora mejor no, pero igual es mejor entrar hoy que mañana, qué hacemos? Y así mucho rato. Finalmente, después de un par de horas aparecieron todos los coches que nos iban a llevar hasta la comunidad. Tres coches 4x4 con conductores habituados a ese trayecto. El trayecto fue de una hora y media aproximadamente, que en vez de ir en coche parecíamos en una montaña rusa. Durante esa hora y media pensamos en más de diez ocasiones que nos íbamos a quedar en el barro, pero no, los conductores sabían lo que hacían. Por fin llegamos a la comunidad, allí nos recibió Guillermina, la Autoridad de Ciruelos, la líder de esa comunidad. Guillermina es una mujer de unos sesenta años, tiene seis hijos y es una de las pocas mujeres nombradas Autoridad de las comunidades indígenas Wayuu. Guillermina respira fortaleza, valentía, es una mujer de armas tomar; cuando Guillermina habla, todo el mundo escucha. La primera ranchería que nos encontrábamos era la de la mamá de Guillermina, y ahí era donde íbamos a dormir todos; las doce personas de la fundación, Guillermina y sus hijos (pues ellos vivan en Riohacha durante la semana y a de vez en cuando iban a Ciruelos). 

Aquí empieza la aventura...

Cuando llegamos, dejamos las mochilas dentro de la casa, nos sentamos en unas sillas y lo primero que hicimos fue mirar hacia el cielo. La noche estaba estrellada, pero no cuando en Barcelona decimos que la noche está estrellada, sino que el cielo estaba inundado de pequeños puntitos brillantes, algo impresionante. Estuvimos hablando un rato en las sillas enfocando nuestras miradas hacia el cielo constantemente y empezamos a tejer alianzas entre nosotros para ir “al baño” juntos. Aunque yo no conocía a casi nadie, la oscuridad y la ignorancia convertida en miedo hizo que sin ningún tipo de tapujo nos empezáramos a acompañar unos a otros a ir “al baño” hasta el último día en Ciruelos. Ir al baño pasó a ser una simple expresión, porqué baño no había,  había miles de kilómetros de bosque que pasaron a ser nuestro baño durante los próximos ocho días.   

Cansados, nos dirigimos a nuestra habitación, que en vez de paredes eran árboles, en vez de cama eran hamacas, y en vez de techo contábamos con un precioso cielo que de ahí no se iba a mover. Cada uno escogió su hamaca y empezamos a montar las mosquiteras en nuestras hamacas. La mosquitera, aparte de hacer su propia función, fue nuestro escudo para el miedo, el miedo del silencio, de los animales y de la oscuridad, que como buenos citadinos no estamos acostumbrados. La misma sensación cuando eras pequeño y una manta era el escudo perfecto para cualquier bestia que se escondiera detrás de la puerta, pues esa misma sensación era la que nos proporcionaba la mosquitera. Un saludo des de aquí a los inventores de la mosquitera. Cuando ya estábamos todos acomodados, una compañera se apartó de las hamacas para cambiarse de ropa, la sorpresa fue cuando se encontró una serpiente, y muy sigilosamente se apartó hasta estar a una distancia adecuada para poder gritar: - ¡UNA CULEBRA! Todos espantados enfocamos hacia la escena, y todos los wayuu que estaban allí se aceraron. Uno de nuestros compañeros la pisó con un palo, supuestamente hasta que fueran a buscar un machete para matarla. Esto lo podía hacer solo nuestro compañero o cualquiera de nosotros, pues los wayuu no pueden matar serpientes, porque si lo hacen su comunidad se queda sin agua.  Mientras la compañera iba a buscar el machete, al otro compañero se le escapó la serpiente hacia los cultivos, que por cierto, estaban a 10 metros de nuestras hamacas. (Apunte: en los cultivos suelen haber muchas muchas muchas serpientes) La serpiente era venenosa, lo supimos por sus colores rojos y negro, pero por suerte solo se quedó en un susto que a todos nos hizo demorarnos a poder conciliar el sueño.

El día empezó a las cinco y media de la mañana, cuando todos nos empezábamos a despertar de nuestras hamacas. El amanecer en la Guajira es una de las cosas más bonitas que he podido ver, además, el clima de la madrugada era perfecto para estar en la hamaca arropado por una manta. Buenos días a todos, hoy toca presentarnos a la comunidad y presentar el proyecto que nos proponíamos a hacer. El primer día nos duchamos en cuanto nos despertamos, pero el resto de los días nos íbamos a duchar de noche, por el calor y la intimidad. Esa mañana conocimos a tres mujeres, hija, sobrina y nuera de Guillermina que iban a ser las encargadas de la cocina los próximos días. Tres mujeres, dos de ellas wayuu, que iban a entrar a la universidad este mismo año. Los wayuu nos conocen a los blancos como Arijunas. Arijuna en wayuunaiki significa enemigo, pero actualmente se usa simplemente para hablar de los blancos (obviamente la simbología de la etimología siempre está presente). Las tres mujeres que cocinaban tenían apenas veinte años, pero sus experiencias vitales eran propias de una mujer de sesenta. 

Después de desayunar fuimos a reunirnos con toda la comunidad que nos estaba esperando para conocernos. En esa reunión estábamos todo el equipo de la fundación (profesionales de campo, voluntarios e intérpretes), gran parte de la comunidad (sobre todo hombres) y Guillermina. Ahí nos presentamos todos, les explicamos lo que íbamos a hacer y firmamos los pactos que teníamos con la comunidad. Entre ellos, el compromiso de usar la enramada (lo que íbamos a construir) única y exclusivamente para lo que era, una escuela para los niños y niñas de la comunidad de Ciruelos. Nosotros nos comprometíamos a construirla, pero tenía que ser con la ayuda de ellos también, seis voluntarios, que durante los días de construcción de la enramada iban a tener tres comidas al día, y un refrigerio a media mañana y otro a media tarde. Todo era para ellos y para toda su familia, ya que en la mayoría de los casos los hombres son los que llevaban los alimentos o el dinero cada día a su casa y para no causar problemas les daríamos comida a toda la familia al completo. En la cultura wayuu las familias suelen ser de cinco hijos aproximadamente, además, los hombres pueden tener más de una esposa, por lo tanto, más de una familia. Los hombres viven entre las dos casas, duermen un día en una, comen en la otra, y por lo general, reparten el dinero en todas sus familias. Las mujeres, como es de esperar, no tienen derecho a hacer lo mismo bajo ningún concepto. 

Volviendo a la reunión en la que estábamos, nos presentaron a los voluntarios de la construcción y firmamos el acta donde quedaban todos los acuerdos escritos. Des de ese mismo momento de empezaba a construir la enramada. Uno de los profesionales de campo de la fundación era el encargado de dirigir la obra y entre los otros tres dirigían el resto; la entrada a campo, la dormida, la comida, los gastos, etc. 

Esa tarde, estuvimos pintando guaduas con pintura protectora para poder empezar a usarlas, mientras otros empezaban a hacer los agujeros en el suelo donde se iba a sostener la estructura de la enramada.  La primera jornada ya se estaba acabando cuando apenas se empezaba a oscurecer. La segunda noche fue más tranquila, no tuvimos ninguna visita inesperada. 

El segundo día amaneció con nubes rojas, cosa que dicen que significa que va a llover, nos tocaba esperar a ver qué pasaba; por un lado que lloviera para la comunidad era bueno, pero para nosotros significaba un problema que solucionar. Ese día, dos compañeras y yo teníamos que levantar la línea de datos de toda la comunidad, yendo casa por casa, afortunadamente con Guillermina, que sería nuestra intérprete, pero es que fuera de intérprete era la Autoridad y eso nos facilitó mucho las cosas. Estuvimos toda la mañana casa por casa, preguntando sobre la alimentación de los niños, de los adultos, del tipo de almacenamiento de agua, entre otras cosas. Esta información nos sirve para analizarla una vez la tengamos toda recogida y poder empezar soluciones factibles y realistas, juntamente con la comunidad, para poder solucionar problemas como la escasez de agua o la pobreza extrema en la que viven los habitantes de Ciruelos. A parte de los datos, les pedíamos un dibujo de la familia y una foto, que les tomábamos nosotros. La foto servía como representación de un genograma, que después se usa para hacer un observatorio con toda la comunidad sobre la situación actual de la comunidad. Hablo del momento foto porque se convirtió en una situación muy bonita. Cuando les decíamos que les íbamos a tomar una foto, nos hacían esperar porque querían salir muy arreglados, hasta en alguna ocasión las mamás duchaban a los niños antes de tomarse la foto. Se ponían sus mejor atuendos para que les tomáramos la foto, que después les vamos a devolver.

Después de todo un día haciendo el levantamiento de línea de base, vimos cosas como que la mayoría de gente solo comía dos veces al día, una vez a la semana carne, y que en la mayoría de casos solo tenía dos o tres recipientes para almacenar el agua que sacaban del pozo. Uno de los momentos más duros era cuando preguntábamos si esa familia había perdido algún hijo, pero peor eran las respuestas. A muchas mujeres les daba vergüenza explicarlo porque la mayoría de culpaban por el hecho que su hijo hubiera fallecido a causa de la desnutrición. Corazón encogido y reflexiones muy extendidas.

Otro día más en el desierto de la Guajira volvía a llegar a su fin. La sensación de llevar dos días en el desierto empezó a generarme dudas sobre si realmente estaba hecha para esas condiciones y para ese tipo de trabajo, que dándole vueltas y vueltas empezaba a entrar la noche. Algunas de nuestras compañeras durante esa tarde habían construido una ducha improvisada con una lona y cuatro palos. En realidad era una ducha high class, porque tenía dos compartimientos con puerta incluida. Ducharse de noche era una de las mejores sensaciones del día, ya que no hacía calor y cualquier evento debajo de las estrellas se convertía en algo extraordinario.

Esa misma noche, cuando ya estábamos acomodándonos en nuestras hamacas y sacando todo los bichos que durante el día habían ido entrando tuvimos otra sorpresa inesperada, pero esta vez debajo de mi hamaca. DEBAJO DE MI HAMACA. Mi compañero, tras iluminarse los pies para quitarse la arena soltó el grito alarmando sobre la presencia de una serpiente que, para colmo, estaba debajo de mí. Los wayuu volvieron a acudir a nuestro rescate, pues siempre lo hacían, normalmente entre burlas de la inutilidad de desenvoltura de los Arijuna en el desierto. La serpiente se espantó y se fue. Entró la noche y todos nos dormimos, otra vez intranquilos, pero había más cansancio que miedo.

Al día siguiente todavía seguíamos yendo casa por casa, conociendo a todas las familias que formaban parte de la comunidad. Cada vez estábamos más habituados a Ciruelos, a los 40 grados, a la falta de agua y partir del hecho de que todos los bichos eran venenosos de primeras, que después podían resultar no serlo, pero ante la duda era mejor no arriesgarse. 

El anhelo de los primero días de volver a tu cama de la ciudad, a comer lo de la ciudad empezó a transformarse por querer volver a tu hamaca, a acostarte en tu cámara de seguridad ( God bless la mosquitera) por querer tomar chicha fría ( bebida típica de maíz), por querer sentarte con los wayuu a escucharlos y conocer su cultura, lo demás ya pasaba a ser un segundo plano, ni ciudad, ni coche, ni móvil. 

El cuarto día empezaba otra vez muy temprano, sobre las cinco de la mañana. Realmente la hora era lo de menos porque todos nos levantábamos con el primer rayo de sol. Esa mañana iba a estar destinada a hacer la multimezcla, un alimento complementario que se les da las personas que están desnutridas o en riesgo de desnutrición. Se hace tostando diferentes granos que haya en la comunidad para que puedan hacerla siempre que quieran. Ese día, entonces, era para que todas las mujeres que quisieran aprendieran a hacer multimezcla, hacerla y poder repartirla. Estuvimos toda la mañana junto con muchas mujeres de la comunidad, tostando y moliendo todo lo necesario. Parte del equipo paralelamente seguía en la construcción de la enramada. El trabajo de la multimezcla duró todo el día, ya que era duro y requería muchos pasos y mucho tiempo.

Esa noche, se había acabado el agua que los arijuna habíamos comprado para cocinar y ducharnos, unos grandes tanques que habían traído en reemplazo al carrotanque que habíamos conseguido pero que no se había atrevido a entrar hasta la comunidad por el mal estado de la carretera. O sea, teníamos que buscar un plan c. El A era el carrotanque. No había carrotanque, el B era los tanques más pequeños que habían conseguido entrar, pero esa misma noche se habían acabado, entonces teníamos el plan C; ir a ducharnos al pozo. Esa noche creamos alianzas entre las mujeres wayuu y las mujeres arijuna, que fuimos juntas a ducharnos al pozo. Sacaron el agua y la pusimos en un gran balde y de ahí nos íbamos duchando todas juntas. Digo sacaron porque las arijunas no éramos capaces de sacarla al ritmo que lo hacían ellas. Esa noche nos fuimos a dormir todas con muy buena sensación en el cuerpo, con felicidad y llenas de sororidad. 

Siguiente día. El día del peso y talla. Ese día se había convocado a todas las mamás con todos los niños menores de cinco años para pesarlos y tallarlos y poder ver, a través de una tabla, cuales niños necesitaban la multimezcla que habíamos hecho el día anterior. Ese día tuvimos otra visita inesperada, pero no precisamente de serpientes. Cuando estábamos ya terminando de analizar los datos de los niños y las niñas llegaron a la comunidad un coche con gente enviada de la secretaria de salud del departamento. En esta descripción de los hecho no me quiero extender, solo comentaré lo que significó esa visita para nosotros y para los wayuu. En la hora que duró la visita de esos médicos que supuestamente iban a visitar a todo los niños y a todas las mamás de la comunidad pudimos ver reflejada la arrogancia de los funcionarios, la falta de tacto, la ignorancia, la falta de respeto que mostraban hacia los wayuu, la poca consideración que tenían hacia esas personas, entre otras cosas más. Esa situación si era para echarte a llorar, las personas que supuestamente tienen que velar por la salud de todo ser humano que habite en el departamento, lo único que estaban haciendo era estorbar, molestar y podría decir que empeorar sus situaciones haciéndolos dependientes de medicinas que les daban cada dos años y que de poco servían. Pero de repente, los papeles se cambiaron. La hija de Guillermina y la nuera, se levantaron y ni cortas ni perezosas empezaron a cantarles las cuarenta a aquellos funcionarios, que para colmo tenían mucha prisa de irse de allí. Las dos mujeres empezaron una serie de quejas, de reproches, de demandas hacia ellos sobre todo lo que les habían prometido y nunca habían cumplido. Nosotros, detrás de todos los wayuu, que cada vez iban llegando más, nos manteníamos con los brazos cruzados sin intervenir, porque tampoco había necesidad. Guillermina, con una sonrisa en los labios, miraba orgullosa a sus mujeres, a su familia, como estaban luchando y defendiendo su territorio. La situación se empezó a tensar y los médicos recogieron rápidamente y se fueron. A raíz de ese momento que acabábamos de vivir, ellas nos empezaron a explicar, prácticamente en forma de disculpa por su comportamiento, porqué se habían puesto de esa manera, ya que nos decían que para ellas y para sus hijos sí era una cuestión de vida o muerte y que de nada les servía que ellos, los funcionarios,  llegaran a la comunidad una vez cada dos años. 

Por la tarde empezados todos a enfocarnos en la construcción de la enramada, pues ya habíamos acabado con las otras actividades y ahora todas las fuerzas tenían que estar enfocadas en terminar la escuela.

El jueves estuvimos todo el día en la construcción, todas y todos, juntos. Los hombres wayuu nos miraban perplejos al ver que las arijuna trabajábamos igual que los hombres. En esas situaciones lo más deseado era un vaso de agua, o de limonada, cualquier cosa que nos dieran al trabajar a 40 grados era bienvenida. La construcción iba avanzando pero aún quedaba mucho por hacer.

Entonces llegó el viernes, el último día, el día de la inauguración. Ese día abrimos los ojos con despertadores a las 4:40 a.m, ni siquiera había salido el sol y en esos momentos el nivel de miedo aumentaba ya que nadie quiera tener más visitas inesperadas. A las cinco ya estábamos cada uno con su tarea, trabajando a contra reloj. El desayuno nos los trajeron ahí, normalmente íbamos a nuestra casa a desayunar pero ese día no podíamos parar prácticamente ni para desayunar. Hacia las once del mediodía empezaron a llegar una cantidad de coches con todas las instituciones, que Ciruelos tanto quería, al acto de la inauguración. Iban porque esa enramada la fundación la construía a cambio de que el gobierno la nombrara escuela oficial, entonces como eso iba a pasar, tenían que venir todos a tomarse la foto con la enramada y a leer cuatro líneas que realmente a nadie le interesaban. Para nosotros, fuera de las instituciones, la inauguración era un acto muy importante, pues hacíamos entrega a la comunidad de todo lo construido. El acto empezó a las 12 del mediodía, las instituciones hablaron, blablablá, eso decían. Después la fundación dijo unas palabras de agradecimiento por el acogimiento de toda la semana, de lo bien que nos habían tratado y de la confianza que habían depositado en nosotros. Ellos nos respondieron, nos respondió Guillermina, con los ojos llenos de lágrimas, diciéndonos que nosotros traíamos hechos y que ellos (señalando a las instituciones allí presentes) solo traían palabras. Entonces, pedíamos a todos los wayuu que entraran a la enramada y que todos los arijuna salieran, y ahí se las hacia la entrega oficial de la escuela de Ciruelos. La sorpresa fue cuando la secretaria de educación nombró oficialmente a Guillermina y a su hija como las maestras de la escuela y la sobrina, la manipuladora de alimentos. Llevábamos toda la semana hablando con ellas y ellas estaban convencidas de que no las iban a nombrar, pero las cosas dieron un vuelco y si se hizo realidad su sueño.

Después se pidió a los adultos que salieran, y se quedaron los niños dentro de la enramada. En ese momento, la emotividad estaba al 100%. Se les pidió perdón a todos los niños en general, por ser las principales víctimas de las problemáticas de los adultos, por ser los primero afectados en la mala gestión de los recursos y la corrupción de los gobiernos. Por último, la directora de la fundación nos dio las gracias a todo el equipo, con lágrimas en los ojos, ella y Guillermina nos agradecieron y reconocieron todo lo que habíamos hecho durante esos días en la comunidad de Ciruelos y lo que significaba para ellos este gran paso. La inauguración termino, y ahí terminaba nuestra experiencia de Ciruelos. Ya teníamos las maletas empacadas, y los coches estaban listos para irse. Nos empezamos a despedir de toda la gente de allí, pero todos sabíamos que no era un adiós sino un hasta luego asegurado. Dentro del coche ya yéndonos empezábamos a hablar sobre la experiencia, sobre lo duro que era entrar al desierto pero lo más duro que era salir. De los atardeceres, de las noches, de las gente, de los wayuu, de las mujeres fuertes que conocimos, de las mamás valientes, de los niños luchadores, de todo. 

Me llevo una experiencia inolvidable, mucho aprendizaje y muchas lecciones de vida. Para entender a una cultura, primero tienes que conocerla. Hasta la próxima, más y mejor.